En Foco, Globo, Latinoamérica, Opinión

Lula: cárcel, dignidad y libertad

Con la premisa de que la libertad no es ahora un fin, sino un periodo de lucha para probar su inocencia, el expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva abandonó la cárcel el 8 de noviembre de 2019 tras cumplir 580 días de prisión política.

 

 

Osvaldo Cardosa

 

Cuando fue encarcelado el 7 de abril de 2018 en la sede de la Policía Federal de Curitiba, capital del sureño estado de Paraná, Lula lideraba las encuestas de intención de voto para la elección presidencial de octubre de ese año.

En 2017, el entonces juez Sérgio Moro lo sancionó a nueve años y seis meses de cárcel por supuesta corrupción pasiva y lavado de dinero.

Tal condena fue ratificada y ampliada a 12 años y un mes por un tribunal de segunda instancia y, posteriormente, fue el propio Moro quien ordenó en abril de 2018 el ingreso a prisión del exdirigente obrero.

Teniendo en cuenta el dictamen de Moro, Lula cometió una complicada violación “que implicó la práctica de diversos actos en momentos diferentes”.

La orden de prisión, expedida por Moro, fue cumplida 26 horas después del plazo indicado por el magistrado.

Antes de entregarse a la Policía Federal (PF), Lula insistió en que era inocente de todas las acusaciones y rechazó las posibilidades de exiliarse en otro país o en alguna embajada. Alegó que no daría la oportunidad a sus enemigos a que lo tildaran de fugitivo.

Remarcó entonces su crítica a los jueces del Supremo Tribunal Federal (STF) y en otro momento afirmó que el país no puede permanecer subordinado a la dictadura de un pequeño grupo del Poder Judicial.

Alertó que pretendían excluirlo de la contienda presidencial de octubre, y así ocurrió.

Consideró que sería incorrecto “paralizar el país por cuenta de una investigación”, la de Moro y como parte de la cual fueron dadas a conocer partes de las delaciones premiadas del exempresario Marcelo Odebrecht, en las cuales citó al exjefe de Estado.

Respecto a estas acusaciones dijo que eran inverosímiles y cuestionó las condiciones en que estas fueron obtenidas.

Los abogados de la defensa del expresidente también subrayaron que en las imputaciones contra su defendido se percibieron muchas suposiciones, pero ninguna prueba concreta de su presunta participación en los hechos que se le atribuyen.

Estimaron además que eran sensacionalistas las delaciones de exejecutivos de la empresa Odebrechet, las cuales apenas reforzaron el objetivo falsificado de manchar la imagen de Lula y comprometer su reputación.

La cárcel

Convencido de que nunca cambiaría “su dignidad por la libertad”, el exjefe de Estado (2003-2011) ingresó entonces en la sede policial de Curitiba en una celda especial de 15 metros cuadrados, adaptada especialmente para él tal y como establece la legislación brasileña para los expresidentes presos.

En ese calabozo se dedicó a leer libros y cartas, y a recibir a diferentes personalidades nacionales y del mundo. También encontró nuevamente el amor en la socióloga Rosângela da Silva después estar casado durante más de cuatro décadas con Marisa Letícia Rocco, quien falleció en 2017 por un accidente cardiovascular cerebral. Con ella tuvo tres hijos: Fábio Luís, Sandro Luís y Luís Cláudio, aunque también adoptó a Marcos Cláudio, fruto de una anterior relación de ella.

Durante los 19 meses que estuvo preso, Lula dejó la cárcel en dos ocasiones: para ir a un interrogatorio ante un juez en otro caso en el que está acusado, en noviembre de 2018, y para acudir al entierro de su nieto Arthur, de siete años, fallecido el 1 marzo, por una infección generalizada.

Asimismo, recibió entre rejas otra noticia muy dolorosa: a finales de enero falleció a causa de un cáncer su hermano mayor, Genival Inácio da Silva.

También tuvo que escuchar como la justicia vetaba su candidatura para las presidenciales de 2018 y la ultraderecha llegaba al poder de la mano de Jair Bolsonaro.

Desde las cuatro paredes de su cuarto especial, Lula conoció y reflexionó sobre la actualidad política de Brasil, que cambio de rumbo desde el 1 de enero con la llegada al pod

er de Bolsonaro.

El 29 de septiembre cumplió un sexto de la condena preso, lo que según la ley le permitía pasar al régimen semiabierto, que en la práctica equivale a prisión domiciliaria, condición que el expresidente se negó a aceptar.

Argumentó que la solicitud de cambio de régimen que surgió de una carta enviada a los tribunales por 15 fiscales de la Lava Jato sería otra maniobra de la operación que lo puso en prisión. Insistió que solo saldría de la cárcel “con un ciento por ciento de su inocencia probada”.

“Cuando visitas a un hombre íntegro como Lula tienes una oportunidad de inspiración. Él está absolutamente consciente de que cumple una prisión política y permanece secuestrado por una decisión ilegal”, declaró a Prensa Latina el líder de la bancada del Partido de los Trabajadores (PT) en la Cámara de Diputados, Paulo Pimenta, cuando el expresidente cumplió 500 días en el penal.

Durante ese año y 215 jornadas de cárcel, su defensa intentó múltiples recursos en distintas instancias judiciales para intentar conseguir su libertad, pero todos fueron negados.

Hasta que el 8 de noviembre se confirmó su salida de la su perintendencia policial de Curitiba.

La justicia brasileña decretó su libertad luego que una determinación del STF aprobara el derecho a que los presos, con condena en segunda instancia, puedan apelar hasta agotar todos los procedimientos legales.

En la ocasión, el juez federal Danilo Pereira Junior, de Curitiba, firmó la autorización para que el expresidente abandonara la sede policial en Curitiba y ahora espera en libertad los resultados de los recursos presentados por su defensa.

Por su dignidad y decoro, puestos a prueba, Lula figura como el único político capaz de entusiasmar a multitudes en Brasil para reorganizar un frente contra la avasalladora ultraderecha de Bolsonaro. (PL)

(Foto: Pixabay)

Share it / Compartir:

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

*