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Carta a América desde la cocina de una madre trabajadora

Su hábitat es su cocina. La ocupación de la narradora, una mujer de mediana edad, consiste en vender pasteles horneados en casa. Su mente divaga mientras prepara y mezcla los ingredientes.

 

Sean Sheehan

 

La extraordinaria novela “Ducks, Newburyport” es la ventana hacia la espontaneidad, a menudo con reflexiones idiosincrásicas sobre el pasado, presente y futuro.

El resultado es una especie de carta a América. No para América Latina y su cruda guerra de clases, ni para Canadá y su política tranquilizadora. Los destinatarios son los conciudadanos y lectores, de dondequiera que sean, que empaticen con su sufrimiento existencial.

Ella es introspectiva. Su único amigo es su esposo; algunos de sus más bellos recuerdos son sobre Pepito, un perro de la familia. Se menciona vagamente su vida sexual -“el hecho de que mi libido volvió, pero ahora me ha abandonado de nuevo”. Y, aunque esto podría estar relacionado con su tratamiento exitoso contra el cáncer, su estado insatisfactorio se registra como una sinécdoque por la angustia que habita no solo su propio ser, sino su país como un todo. El lenguaje interior se convierte en comentario cultural.

“Ducks, Newburyport” es, a primera vista, un monólogo interior excesivamente largo (más de 1.000 páginas). Pero no es la refinada corriente de consciencia, asociada a los comienzos de Joyce o Virginia Woolf.

En cambio, hay una abundante miscelánea de palabras, secuencias verbales y listas con diversos niveles, desencadenadas por algo escuchado, leído o visto.

Lucy Ellmann. Foto de Amy Jordison suministrada por la editorial.

Una historia de una anciana que falleció en su casa le recuerda la palabra ‘póstumo’ y ésta le golpea como algo aterrador, “el hecho de que te hace pensar en exhumación, exuberante, exhumación exuberante, extrusión, enajenado, ex, enorme, humus, hummus, halloumi…”

Hay repeticiones verbales que usted va leyendo, pero no siempre de forma cómoda.

Ciertos motivos vienen a la mente como recordatorios de fallas autodestructivas en su país (violencia masculina, matanzas en masa por trastornados), aumentadas por las cicatrices del racismo, los policías homicidas, los escándalos de contaminación y la presencia de Trump en la Casa Blanca. La narradora quiere olvidar  el pasado, pero no puede. La ansiedad es ineludible y su estrategia para lidiar con ella es derramar palabras compulsivamente, palabras y más palabras. El efecto es una devastación del lenguaje, un auténtico excedente, un imagen especular de la plusvalía.

Su sentido de la lamentable deficiencia del cuerpo político a la hora de lidiar con los males del país la deja desprovista de cualquier sentido de finalidad social que no sea ir a hacer los pasteles lo mejor posible y criar con cuidado a sus cuatro hijos.

Entre tanto, piensa en las películas antiguas y escarba entre los recuerdos que preferiría no tener. Existe el sentimiento de culpa por la muerte de su madre y “porque se te advierte de las cosas más importantes de la vida”. Lucha contra verdades de la vida, difíciles e imperecederas.

Photo: Pixabay

Esta es una novela sobre ser madre y tratar de mantener la cordura en una sociedad, un mundo que está terminalmente enfermo.

Es un estupendo logro (habla en nombre de nuestra época) y Galley Beggar Press merece nuestro aplauso por publicarla cuando otros pusieron excusas y la rechazaron.

“Ducks, Newburyport”, de Lucy Ellmann, publicada por Galley Beggar Press.

(Traducido por Iris María Blanco Gabás – Email: irisbg7@gmail.com)

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