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La crisis civilizatoria de Covid

Dos años atrás mis hijos le regalaron a mi esposa para la Navidad el juego de mesa “Pandemia”. Lo jugamos varias veces. Pero ahora, todo parece tan real.

 

Steve Latham

 

Parece que recientemente los científicos debatieron si etiquetar nuestra era como el “Antropoceno”, en reconocimiento a la devastación que nuestra especie estaba causando en el planeta.

Quizás ahora debería llamarse “Virus-escena” (si puedo combinar las raíces griegas y latinas de estas palabras).

Lejos de ser los seres humanos quienes dominan todas las formas de vida en la tierra, es el humilde virus. Su victoria representa lo que el teólogo Reinhold Niebuhr llamó “la ironía de la historia”.

En el punto más alto del avance tecnológico humano, cuando nunca parecíamos tan poderosos, una criatura tan pequeña nos ha llevado tan bajo.

Esta es una versión paradójica de la novela de H. G. Wells, “La guerra de los mundos”, donde, en lugar de que los invasores marcianos sean asesinados por un resfriado común, somos nosotros mismos quienes somos vencidos por el virus.

Nuestro orgullo desmesurado yace destrozado, lo que nos obliga a reconocer que nunca hemos tenido el control de nuestro destino. Al igual que en las antiguas tragedias griegas, la arrogancia ha llevado inexorablemente al justo castigo.

Las religiones mundiales reconocen el resultado de diversas maneras, como el karma en el hinduismo, o la “ley de la siembra y la cosecha” en el cristianismo. O, más prosaicamente, una versión moral de causa y efecto retributivo.

El Covid también se combina con otros desarrollos como, por ejemplo, la pérdida de biodiversidad, inmunidad creciente a anticuerpos y calentamiento global.

Como tal, es otro aspecto de lo que el líder ecologista James Lovelock llama “la venganza de Gaia”, la resistencia del mundo natural al impacto humano.

Nuestra influencia incluso exacerba algunos de estos problemas; por ejemplo, el aumento de la urbanización destruye los hábitats de los animales, por lo que ahora ellos “invaden” las ciudades, causando problemas de salud.

Sin embargo, el coronavirus ejemplifica lo que Paul Virilio llamó el “accidente total”, un accidente que, amplificado por nuestra propia tecnología, ocurre en todas partes al mismo tiempo.

Los avances en la civilización crean inevitablemente nuevas clases de accidentes. Entonces, el ferrocarril “inventa” el accidente ferroviario y descifra el accidente aéreo.

Similarmente, nuestra conectividad en red nos hace vulnerables al virus: virtualmente en computadoras, y físicamente a través de viajes internacionales, lo que ayudó a la distribución de la enfermedad. Virilio cree que esto (aunque no pudo prever el Covid-19), puede llevar a un “choque sistémico”, ya que la ilusión de progreso y de soberanía humana está derrocada.

La crisis ilustra la pérdida de límites que caracteriza nuestra cultura: el fallo de cualquier concepto de “ley natural”, para guiar nuestras ambiciones prometeicas de rehacernos nosotros y nuestro mundo como deseamos.

El libro de 1972, titulado “Los límites del crecimiento”, producido por el Club de Roma, contiene muchos errores, pero su intuición principal es correcta.

Difamado por la derecha, porque cuestionaban la posibilidad de un crecimiento económico sostenible, se refugian en la creatividad del capitalismo y en las ingeniosas soluciones tecnológicas.

Mientras tanto, la izquierda criticó el informe, porque amenazaba con incorporar las desigualdades existentes, evitando un futuro de creciente prosperidad.

Sin embargo, ahora es posible que contemplemos una economía de “bajo- sin crecimiento”, donde los beneficios se compartan, incluso ligeramente, de manera más equitativa.

(Traducido por Florencia Alvarez)Fotos: Pixabay

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