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Por qué es difícil predecir el futuro

El año pasado escribí una columna sobre China aquí; o, más bien, usé a China como caso práctico para examinar cómo podemos, o no, prever el futuro.

 

Steve Latham

 

No afirmo tener ningún conocimiento particular sobre la política china. Todas las cuestiones planteadas eran de dominio público, estaban en los medios de comunicación habituales.

Lo que quería hacer en ese momento era demostrar lo poco que podemos predecir y, por lo tanto, planificar en lo que a las próximas tendencias se refiere.

Desde entonces, como sabemos, ha habido algunos acontecimientos increíbles a nivel mundial. En el caso de China, algunos son el resultado directo de las decisiones de su gobierno, pero otros no los podíamos pronosticar.

Por ejemplo, ha surgido una guerra comercial entre China y Estados Unidos y también entre sus aliados. Empresas como Huawei y Tiktok están prohibidas por los gobiernos occidentales, lo que provoca una posible nueva Guerra Fría.

Por supuesto, gran parte de la tensión se debe a las políticas inestables del gobierno estadounidense bajo el mandato de Donald Trump y a su deseo de compensar la falta de popularidad en su terreno con una postura agresiva en el extranjero.

Pero la propia búsqueda de protagonismo por parte de China también cuenta. Los puntos conflictivos son claros. Por ejemplo, los recientes enfrentamientos con India en los territorios fronterizos en disputa podrían provocar nuevos conflictos militares.

Además, las ambiciones de China en el Mar del Sur de China, aun con la construcción de islas artificiales para poner en juego sus reivindicaciones territoriales, han preocupado a las naciones vecinas: Taiwán, Vietnam y Filipinas.

China está extendiendo su hegemonía internacional a través de acuerdos comerciales en su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, vinculando países pobres a su esfera de influencia a través de la dependencia económica.

En el ámbito político de China, la naturaleza totalitaria del régimen se ha fortalecido, especialmente desde que Xi Jinping se declaró presidente de por vida el año pasado.

Esto se agrava con las nuevas leyes represivas que afectan a Hong Kong y los posteriores arrestos de activistas y periodistas defensores de la democracia.

Esto recuerda los intentos de la URSS por acabar con las discrepancias internas e impedir el desarrollo del pensamiento independiente.

La religión también sigue siendo polémica. Los cristianos se han visto obligados a reemplazar las imágenes de Jesús por imágenes de Mao Zedong y Xi Jinping.

Pero lo más peligroso es la continua represión en Xinjiang, donde se impide que la población musulmana uigur siga su religión, aparentemente para combatir el terrorismo islámico.

Sin embargo, las políticas antirreligiosas y la red de los denominados campos de reeducación pueden provocar una mayor radicalización entre la población, pudiendo convertir a Xinjiang en el Afganistán de China.

Por supuesto, lo más destacado es la pandemia de Covid-19. Sin duda, Trump ha tratado de convertir la cuestión en un arma culpando a China, para mejorar sus posibilidades de reelección. Pero hay cuestiones genuinas en juego.

La preocupación de China por el secretismo y la estabilidad llevó aparentemente a la censura y a retrasar la información al resto del mundo.

Pero sea de quien sea la culpa, el coronavirus ha cambiado las actitudes mundiales hacia China. Junto con todos los demás factores, esto demuestra una vez más la enorme imprevisibilidad de los asuntos mundiales.

El siglo XX fue testigo, especialmente en Occidente, de la vanidad de los intentos humanos por proteger a las poblaciones acomodadas de los caprichos de la vida, creando una prosperidad y seguridad fiables.

Esas eran las ilusiones de la época. Nuestra soberbia tiene como resultado una némesis inevitable.

(Traducido por Iris María Gabás Blanco – Email: irisbg7@gmail.com)Fotos: Pixabay

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