En Foco, Notas desde el borde, Opinión

¡Es la guerra!

¡Estamos realmente en guerra! ¡Alguien ha robado las flores de mi esposa! Sé que vivimos en el centro de la ciudad, pero esto nunca es así.

 

Steve Latham

 

Hay una porción de tierra delante de la puerta de nuestro jardín, alrededor de un árbol, que quizás mide 1,5 metros cuadrados. Era tierra muerta, así que ella (el amor de mi vida) decidió plantar algo allí para embellecerlo.

Ahora es terreno público, estrictamente hablando, y la práctica de plantar cosas en estos lugares a menudo se llama (irónicamente) “jardinería de guerrilla”.

No obstante, aunque posea esta ventaja radical y subversiva, no creo que sea Fred (el representante local de la autoridad estatal y encargado de nuestra propiedad inmobiliaria) quien se haya vengado.

Más bien, es una expresión de lo que eufemísticamente se denomina, “comportamiento antisocial”. A veces es puro vandalismo: destruir por destruir.

En este caso, sin embargo, el asalto tiene más matices siniestros. Solo se llevaron las plantas más atractivas, lo que nos llevó a sospechar que debió de ser alguien ansioso por poblar su jardín con su botín criminal.

¡Es tan desagradable… y vago! Ni siquiera se molestan en comprar y cultivar sus propios productos, sino que se sienten empujados a robar los de otras personas.

Si bien soy la persona menos amante de la jardinería (sospecho que de todo el mundo), tengo claro que la mayor parte de la alegría que te produce viene de ver cómo florece algo que has cuidado.

Seguramente no sea lo mismo trasplantar las plantas de otra persona, plantas que has robado, y verlas crecer (¡de forma ilegal!) en tu parcela de ladrón. ¿O tal vez sea la satisfacción de saber que has burlado a un enemigo y has ganado ventaja en una guerra no declarada de operaciones encubiertas?

Nos hemos acostumbrado a llamar al Covid un “enemigo secreto y silencioso”, pero ahora tenemos uno más cerca de casa, en nuestra propia “guerra de alcance”.

Porque es una batalla por el terreno urbano, una lucha a vida o muerte por “el imperativo territorial”, como lo denominó Robert Ardrey en la década de 1960.

Es un conflicto fronterizo, como el que se producía entre los ganaderos y los agricultores del Medio Oeste de los Estados Unidos durante el siglo XIX.

Como respuesta, mi esposa pensó en poner una rejilla sobre las plantas, para protegerlas del robo. Pero esta especie de Línea Maginot hortícola destruiría la belleza, que es en realidad su objetivo.

Tal vez podríamos poner una señal, rogándole a quien sea que NO las robe, pero en nuestro entorno urbano tal cortesía simplemente sonaría débil, patética y muy de clase media endeble. Me he planteado comprar dos perros (mastines, dóberman, rottweileres…) y usarlos para patrullar el perímetro defensivo por la noche.

Quizás podríamos instalar cámaras o reflectores gigantes en altas torres de vigilancia, dotadas de guardias armados, aumentando así el conflicto, llevándolo de un pequeño enfrentamiento a una guerra total.

Elevar nuestra participación ante nuestro desconocido oponente puede parecer un poco extremo, pero si las naciones lo hacen, ¿por qué no nosotros, retrocediendo de forma atávica a una visión hortícola propia de Clausewitz?

En estos tiempos de Trump y Johnson, Covid y Brexit, ¿qué podría ser  más apropiado? Para citar al profeta:

Por la torre de vigilancia
Los príncipes oteaban el horizonte
Mientras las mujeres iban y venían
Sirvientes descalzos, también
Fuera, en la fría distancia
Un gato montés gruñó
Dos jinetes se aproximaban
Y el viento empezó a aullar.

(Traducido por Iris María Gabás Blanco – Email: irisbg7@gmail.com) – Fotos: Pixabay

 

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