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Perdiendo la trama

En las afirmaciones de Donald Trump sobre el fraude electoral, los críticos ven una conspiración en otra de las teorías de conspiración del presidente.

 

Darrin Burgess

 

Se podría decir que el camino de Donald Trump a la Casa Blanca comenzó con una conspiración, o al menos, la teoría de una.

Primero, en 2011, llamó la atención como potencial candidato presidencial al hacerse notar, inmediatamente, por difundir la idea de que Barak Obama no había nacido realmente en los Estados Unidos.

El hecho de que Obama se hubiera negado a publicar su certificado de nacimiento parecía una prueba de encubrimiento.

“Hay algo en eso”, dijo a Fox News en marzo de ese año, refiriéndose al supuesto documento, “tal vez la religión… tal vez diga que es musulmán”.

Nueve años más tarde, es fácil reconocer en ese episodio un patrón establecido de la personalidad de Trump y una conocida fuente de su apelación, su disposición a aferrarse obstinadamente a un cierto tipo de idea, popular pero altamente dudosa, conocida como la teoría conspiratoria.

En varias ocasiones, Trump ha repetido las afirmaciones de que Obama apoyó al ISIS, que Joe Biden hizo que asesinaran a un equipo de comandos militares estadounidenses para encubrir un intento de asesinato fallido contra Osama bin Laden y que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades inflaron en secreto el número de muertes derivadas de la COVID-19 (se supone que para exagerar la amenaza del virus).

Y desde que los cálculos electorales de principios de este mes demostraron que Joe Biden iba a ganar la Casa Blanca por un margen pequeño pero relevante, Trump ha estado haciendo estragos al negarse a aceptar la derrota, alegando que las elecciones fueron amañadas por actores misteriosos a quienes hasta ahora se ha negado a identificar.

De hecho, la idea de que los conspiradores izquierdistas llenan las urnas con miles de votos fraudulentos parece tan claramente absurda para los múltiples críticos de Trump, que solo pueden imaginar que la afirmación es como un complot para mantener a Trump en el poder. Los medios de comunicación utilizan libremente la palabra “golpe” para caracterizar la situación. Imaginar que los políticos conservadores como Trump logran su popularidad exclusivamente a través de conspiraciones cínicas ha sido una hipótesis de la izquierda en Estados Unidos durante años. En general, los académicos se involucran.

Eric Oliver, un politólogo que ha estudiado teorías conspirativas, ha llamado la atención últimamente por argumentar que los trastornos sociales y económicos desde la era de la posguerra han atraído a mucha gente a la política cuyas opiniones están formadas por el pensamiento “intuitivo”, es decir, que ponen más importancia a lo simbólico que a lo fáctico, y que tienden a pensar con sus emociones. Las posiciones conservadoras sobre la religión y la tradición proporcionan un hogar natural para estas personas, según esta reflexión.

Atribuir sesenta y tres millones de votantes de Trump a un complejo emocional, sin embargo, comienza a sonar como una teoría conspirativa en sí misma. Algo más está sucediendo estos días, que hace que miles de personas ricas y altamente educadas en los EE.UU. protesten por el uso de máscaras sanitarias como un ataque autoritario a las libertades civiles.

Comúnmente se reconoce que nuestra era es una era de saturación de información y de niveles de ansiedad que habrían estado fuera de lo normal hace cuarenta años. La investigación muestra que la ansiedad se correlaciona con la creencia en conspiraciones, y también que la gente crea instintivamente visiones del mundo infalsificables cuando se priva de la capacidad de contradecir ataques contra sus creencias. Una teoría conspiratoria es un producto asombroso del ingenio humano, en ese sentido.

La izquierda no es ajena a las teorías conspiratorias propias, de ningún modo. Entre mis amigos de izquierda de la universidad, se creía comúnmente que el gobierno estaba supeditado a una hegemonía cabalística de ejecutivos corporativos y que George W. Bush conspiró en los ataques del 11S. A juzgar por varios perfiles de Facebook, parece que muchas de estas personas se dividen ahora entre apoyar a Sanders o a Trump.

El “votante Sanders-Trump” es ahora un fenómeno aceptado, de hecho. Hoy en día, en Estados Unidos, vemos la aparición de personas que rechazan la producción de OGM, pero también las vacunas contra el sarampión; que compran productos orgánicos, pero votan por Trump; que desafía la orientación política tradicional en general.

El lenguaje de la conspiración se ha convertido en instrumental para la manera en que pensamos y hablamos. En los medios de comunicación de izquierdas, palabras como “fascista”, “demagogo”, “autoritario” y “dictador” han aparecido en los últimos cuatro años en referencia a Trump, un hombre de abundantes declaraciones que se presentan como incapaces de sostener el interés en algo más allá de su propia imagen pública.

Las teorías conspiratorias tienen una tendencia, al parecer, a sobreestimar extremadamente a sus villanos imaginarios.

Para que hubiera habido una trama exitosa que le robara las elecciones a Trump solo en Pensilvania, tendríamos que asumir que se hubieran generado en secreto unos sesenta mil votos fraudulentos en una época en la que todos tienen una cámara de vídeo en el bolsillo.

Y en cuanto a la idea de que Trump promueve a sabiendas tal reivindicación como una manera de instigar un golpe de estado, tendríamos que asumir, en primer lugar, que es un estratega competente con un enfoque centrado en la atención.

Y estoy seguro de que todos los críticos del presidente estarían de acuerdo en que esa es una teoría que carece de evidencias que la apoyen.

(Traducido por Iris María Gabás Blanco – Email: irisbg7@gmail.com) – Fotos: PxHere

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