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Oposición a la monarquía

La estima concedida a la monarca del Reino Unido de 94 años tiene mucho que ver con su longevidad. Las personas en sus ochenta y noventa años suelen no provocar una antipatía visceral contra su propia existencia. Hace falta una Margaret Thatcher o un General Pinochet para conseguir ese nivel de distinción.

 

La ejecución de  Carlos In de Inglaterra. Foto Wikimedia Commons. Public Domain

Sean Sheehan

 

Elizabeth Mountbatten-Windsor también se ha beneficiado de hábiles asesores políticos y de relaciones públicas que han gestionado su presentación. Les esperan retos difíciles cuando el bruto Carlos, su hijo, o el anodino Guillermo, su nieto, tengan que sustituirla.

El sistema se empleará a fondo para persuadir al público de querer a uno de estos miembros de su familia como rey.

La necesidad de preservar la monarquía surge de su encarnación de la jerarquía, la estructura que mantiene el sistema de clases en el corazón de la sociedad británica. Ayuda a la ideología tener a alguien cuya personalidad se preste a una admiración respetuosa, pero esto no es esencial.

La crítica a la monarquía, por tanto, no debe ocuparse de las cualidades particulares de un individuo, sino de la naturaleza del sistema que se perpetúa en su nombre.

El poeta John Milton lo comprendió y esto lo llevó a justificar la ejecución del rey Carlos I en Londres en 1649.

La evolución de un poeta y erudito serio hasta convertirse en republicano y defensor del regicidio es la preocupación de la biografía intelectual de Nicolas McDowell: “Poet of revolution”: the making of John Milton” (Poeta de la revolución: la formación de John Milton).

El joven Milton es primitivo, correcto y extraordinariamente culto, domina el griego y el latín antiguos y es voraz en su lectura de los clásicos. El sentido de la virtud de Milton es tan inexpugnable como el de su heroína en Comus, y resulta divertido pensar en él leyendo las bromas sensuales de los versos francamente eróticos de Ovidio.

Milton puede parecer un mojigato, pero el poeta estaba extraordinariamente abierto a los escritos de los paganos y encontró sabiduría y belleza en las obras de Eurípides, al igual que en los textos bíblicos.

Milton no podía hacer oídos sordos a las turbulentas disputas teológicas y doctrinales de la década de 1630.

El laudismo, el arminianismo y el puritanismo eran los ingredientes principales, y a principios de la década de 1640 contribuyó a la prosa polémica que se abriría paso en la guerra civil inglesa que estaba a punto de estallar. Su viaje de un año por Europa en 1638-1639 reforzó su oposición a la censura católica –visitó a Galileo, bajo arresto domiciliario por herejía– y le alertó del peligro que suponía el absolutismo clerical en su propio país.

McDowell no ignora la poesía y sus dos capítulos sobre Lycidas son de los mejores de su libro. Convencido de su vocación poética de escribir una gran epopeya, Milton se sumergió en la literatura y la cultura del Renacimiento y sus lecturas sentaron las bases de un radicalismo político.

En su De la reforma” (1641), ataca el abuso de poder de los obispos de Inglaterra y el creciente despotismo de Carlos I.

Cuando estalla la guerra civil en 1642, Milton es relativamente desconocido como poeta o político y aquí concluye Poeta de la revolución. La segunda parte de la biografía de McDowell continuará la historia.

“Poet of revolution”: the making of John Milton”, de Nicholas McDowell, es publicado por Princeton University Press.

(Traducido por Claudia Lillo – Email: lillo@usal.es)

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