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La vida importa

Lord Sumption es un antiguo miembro del Tribunal Supremo británico, que hace poco recibió críticas por sus comentarios sobre el valor de la vida humana.

 

Steve Latham

 

Ha declarado que una mujer con cáncer en fase 4 tiene una vida “menos valiosa” que otras personas que podrían beneficiarse del coste del tratamiento médico durante la pandemia por el Coronavirus.

Además, ha dicho que la vida de los niños y los jóvenes “vale más” que la de los mayores, porque tienen más vida por delante. Los críticos se lanzaron a afirmar que todas las vidas valen lo mismo, que no existe una jerarquía de valor basada en la salud o la edad.

En una postura ligeramente contradictoria, Lord Sumption también previamente ha causado controversia al oponerse a cualquier flexibilidad contra el suicidio asistido, o la muerte por piedad.

Su posición parece  radicar en que existen dilemas morales que no pueden resolverse con el instrumento contundente de la ley.

Y ciertamente, con el Covid, hay situaciones en las que el personal médico, muy presionado, tiene que tomar decisiones difíciles sobre el triaje, y a qué pacientes dar prioridad para el tratamiento.

Pero la disputa en torno a Lord Sumption abre el debate sobre el valor de la vida humana y qué tan lejos llegaríamos para protegerla.

También plantea la cuestión de cuándo, o si, hay que acabar con ella, o al menos no preservarla. Y, a medida que avanza la ciencia médica aunque acompañada de la escasez de recursos, este dilema se planteará con más frecuencia.

El problema es qué criterios utilizar para cualquier tratamiento selectivo de los pacientes, que no caiga en el pantano moral de los campos de exterminio al estilo nazi.

También se plantea la cuestión del “derecho a la vida”, lenguaje ético que ha sido colonizado por la derecha religiosa.

La filósofa feminista Judith Butler, por ejemplo, ha escrito sobre la “vida afligible”, pero ha evitado cuidadosamente atribuir esta cualidad al feto no nacido.

¿Pero en qué se basa? Seguramente, al menos algunas mujeres “lloran” a su hijo no nacido, aunque las cifras de depresión después de un aborto sean exageradas.

Sin embargo, cuando la derecha ha utilizado la retórica “provida”, a menudo no tiene en cuenta otras cuestiones “vitales”.

Por ejemplo, la nueva miembro del Tribunal Supremo de Estados Unidos, Amy Coney Barrett, aunque es conservadora en cuanto al aborto, también está en contra del control de las armas, lo que a primera vista podría parecer otro asunto “provida”. “Provida” no se define para incluir problemas como: la pobreza y los recortes a la ayuda internacional, las vacunas Covid acaparadas por los países ricos, o la venta de armas a las dictaduras.

La izquierda, en cambio, aunque está viva ante estas injusticias, no extiende su preocupación a la vida de los no nacidos.

Las recientes celebraciones por la legalización del aborto en Argentina me entristecieron. Aunque se considere necesario, ¿no debería haber suscitado el lamento en lugar de la risa?

Nuestra brújula moral se ha desviado. Necesitamos una forma de pensar sobre las cuestiones de la “vida” que trascienda la división entre la izquierda y la derecha.

El cardenal Bernardin, antiguo arzobispo de Chicago, defendía una “ética de la vida coherente”, que incluía el aborto, la genética, la pena capital, la eutanasia y las armas nucleares.

¿Quizás el camino hacia una renovación moral y política se encuentre en esta vía “provida”?

(Traducido por Claudia Lillo – Email: lillo@usal.es) – Fotos: Pixabay

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