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La mente de un conservador

George Berkeley es más conocido hoy en día como el pensador del siglo XVIII que escribió “Un tratado sobre los principios del conocimiento humano”.

 

“Un supervisor cumpliendo con su deber”, 1798, Benjamin Henry Latrobe. Wikimedia Commons. Public Domain.

Sean Sheehan

 

Argumentó que la realidad material solo existe como estados mentales. Lo que concebimos como una realidad –la materia del mundo, como las piedras o los arcoíris– son en realidad un conjunto de ideas en nuestras mentes y no hay una sustancia material que sustente las cualidades que les atribuyen nuestros sentidos.

Resúmenes de este calibre hacen del inmaterialismo de Berkeley algo tan infantil como especular si la vida es un sueño. Uno de sus contemporáneos, Samuel Johnson, tiene la reputación de haber respondido pateando una roca y exclamando “¡Así lo refuto!” Pero Berkeley no negaba la existencia de un mundo físico, solo que la forma en la que lo interpretamos depende de la mente, y los filósofos profesionales encuentran complicado socavar la filosofía de Berkeley.

Están obligados a tratar su pensamiento con más cuidado y respeto del que tuvo Samuel Johnson.

“George Berkeley: a phisolophical life” (George Berkeley: una vida filosófica) no está sobrecargado con discusiones sobre el inmaterialismo.

El propio Berkeley no lo consideraba como el gran logro de su vida y su ajetreada vida se ocupó en otros muchos temas que constituyen la sustancia de este libro asiduamente investigado.

Nació en Irlanda, en el seno de una familia descendiente de ingleses protestantes que colonizaron zonas del país. Conocidos como anglo irlandeses, este tipo de familias apenas tenían en cuenta a los nativos irlandeses y Berkeley los describió como “más indigentes que los salvajes y más abyectos que los negros”.

Berkeley conocía a los negros “abyectos”, puesto que compró a tres cuando vivía en Rhode Island.

Él creía que la esclavitud era compatible con el cristianismo cuando en aquel entonces los cuáqueros en la isla lo denunciaban.

Los dos años que pasó en Rhode Island estuvo esperando fondos para su proyecto de misionero: la creación de un centro en las Bermudas.

La propuesta, que nunca se materializó, habría sido un lugar de aprendizaje para los colonos y los nativos que lo mereciesen, para ayudar a convencer a los dueños de las plantaciones de que, en palabras de Berkeley, “sus esclavos solo serían mejores esclavos si eran cristianos”. Su proyecto tenía un propósito educativo, pero como señala su biógrafo, él era parte del proceso de transformar la región en una sociedad esclavista.

Berkeley era tan conservador en lo religioso como en lo político y eso explica lo que había detrás de su inmaterialismo.

Buscaba asegurar un mundo creado por Dios que fuese inmune a las incertidumbres que se escondían en el abismo que había creado el filósofo John Locke.

Locke hizo una distinción entre las cosas que son en sí mismas y, por otro lado, sus “cualidades secundarias” que dependen de nuestros sentidos.

Para Berkeley esta era una distinción peligrosa que abría la puerta al escepticismo y al ateísmo, convirtiendo al conocimiento absoluto en incierto.

Era mucho mejor argumentar que una inteligencia divina organizadora creó todas las ideas de la mente que atribuimos a nuestros sentidos.

Tom Jones ha escrito una biografía magnífica sobre la mente de un reaccionario, un poderoso pensador cuya curiosidad por el mundo fue moldeada por su conservadurismo religioso y político.

“George Berkeley: a philosophical life”, por Tom Jones, es publicado por Princeton University Press.

(Traducido por Claudia Lillo – Email: lillo@usal.es)

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