Europa, Globo, Reino Unido

Europa, en busca del tiempo perdido

Una Europa diferente debería apostar por una política de paz y neutralidad. Por el momento, reivindicaciones como éstas surgen como la expresión dispersa de muy diversos grupos e iniciativas ciudadana pero van calando cada vez más en sectores amplios de la población.

 

Juan Diego García

 

La conciencia ciudadana avanza pero en su contra opera el papel alienante de los medios de comunicación, deformando la realidad.

Funcionando como una enorme fábrica de mentiras, los llamados mass media (en particular la televisión) están muy lejos de ser entes neutrales y “profesionales” dedicados a informar con objetividad.

En lugar de ello, hasta las entidades públicas -que se financian con el dinero de todos- deforman y acomodan según el interés, ya sea de los gobiernos, ya sea de sus propietarios y de las grandes empresas multinacionales.

Los medios que no se acomodan a este perfil son escasos o sencillamente sobreviven en una cierta marginalidad.

El deterioro de la democracia está muy bien reflejado en esta negación evidente de la llamada libertad de prensa y del derecho ciudadano a la información.

Medios novedosos como internet aún permiten un cierto juego, sin embargo ya están siendo controlados y no está lejano el momento en que también se cierren estos espacios de libertad.

Contra una reacción más contundente de la ciudadanía también conspiran las reservas materiales que aún conservan las familias (cada vez más reducidas) dejando aún un cierto margen a la esperanza de que las cosas mejoren en el futuro inmediato.

Claro que las encuestas de opinión indican que el pesimismo crece y las familias reestructuran sus consumos y limitan al máximo sus gastos en previsión de días peores.

Pero la pobreza y la miseria, aunque en expansión, todavía no afectan a la mayoría de la población. Sin embargo, los conocidos como “tres tercios” que componen el tejido social (los integrados al sistema, los amenazados de exclusión y los marginados) han cambiado sus proporciones en los últimos años.

Hay cuadros ya muy preocupantes de pobreza y hasta de miseria en el seno de estas sociedades ricas en las cuales se supone que el orden democrático garantiza unos mínimos indispensables para todos y suficientes oportunidades para avanzar en el bienestar.

Este desgaste de las bases materiales de la democracia introduce angustia y desazón en quienes siempre creyeron imposible su descenso social, miedo creciente en aquellos que se ven amenazados de exclusión y sentimientos de impotencia y rabia en  la masa creciente de miserables para los cuales ya nadie augura una salida. Tiene un sabor amargo la democracia con hambre.

Si por ahora las explosiones sociales de descontento no constituyen amenazas inmediatas, el deterioro de esa reserva acumulada tras dos o tres décadas de mejoramiento material puede sorprender a los más optimistas.

Dominique Gaston André Strauss-Kahn, ex director del FMI llamaba hace poco la atención sobre este particular y dijo que de no corregirse estas dinámicas, Europa podría vivir explosiones sociales de grandes dimensiones. De hecho, ya está ocurriendo.

Pero probablemente el factor que más limita una respuesta ciudadana más contundente es el escaso desarrollo de una organización adecuada a las circunstancias del presente. La dispersión es su característica más notoria.

La crisis de los partidos políticos ha permitido que en su lugar aparezcan mil iniciativas sectoriales o regionales que si bien recogen reivindicaciones muy sentidas y legítimas, por su particularismo no consiguen coordinar esfuerzos y dar a sus protestas una forma política conforme a las circunstancias.

Las luchas obreras, las exigencias regionales, las reivindicaciones de tipo étnico o de género- entre las más destacadas- no encuentran por el momento una forma de coordinación que les permita traducir su enorme presencia social en una fuerza política que consiga detener el rumbo suicida de los acontecimientos, el desgaste de la democracia y, más aún, imponer soluciones. Todo ello permite que el sistema siga haciendo de las suyas sin preocuparse por la ola de descontento que genera.

Todo trascurre como si la clase dominante asumiera que aunque la democracia se deteriore y crezca la protesta, ya habrá suficientes policías para asegurar el control.

Y la guerra, esa maldición bíblica que se creía superada en la modernidad y tras el fin del comunismo no solo no ha desaparecido sino que permanece y se profundiza.

Las guerras de rapiña y las guerras imperialistas son parte constitutiva de la democracia estadounidense y en medida creciente en esa vorágine de muerte y destrucción también se precipita la civilizada Europa.

Ésta, volviendo a sus tradiciones colonialistas, abandona no solo la idea de construir una UE de prosperidad compartida, un continente de pacífica convivencia con el mundo, sino que apoya la guerra.

Se convierte pues en un reto fundamental, que los pueblos de la vieja Europa y de Norteamérica rescaten lo mejor de su tradición democrática y se decidan a detener el proceso actual que conduce a la barbarie.

No están muy descaminados quienes comparan la presente coyuntura con aquella de la Gran Depresión. En efecto, luego de los “alegres años veinte” de repente todo se vino abajo, las calles se llenaron de hordas nazis, la escasa democracia de entonces se ahogó en sus propias contradicciones y el mundo se vio abocado al fascismo y la guerra.

Por supuesto, nada de esto es inevitable y una formidable movilización ciudadana puede detener a la derecha enloquecida y conjurar la guerra con una profunda revolución social.

Si se concluye que definitivamente el mal reside en el sistema mismo y que tarde o temprano la democracia y la paz resultan incompatibles con el capitalismo, se habrá iniciado el camino de la búsqueda de alternativas diferentes.

Podríamos estar a las puertas de un nuevo amanecer.

Si el sistema se vuelve incompatible con la convivencia democrática y destruye no solo a los seres humanos sino al medio y los recursos que aseguran la existencia a éstas y las futuras generaciones, es un imperativo inaplazable buscar una alternativa que ya no solo es posible sino urgente y necesaria.

(Fotos: Pixabay)

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