Globo, Latinoamerica, Reino Unido

El mundo perdido de los koguis

Desde que su dios creador, Kakua Serankua, puso en sus manos la Sierra Nevada de Santa Marta y les asignó la tarea de respetarla, los Koguis – Hermanos Mayores de la humanidad – empezaron a cumplir sus designios. Pero los Hermanos Menores nunca les escuchan.

 

Koguis. Foto de Diego Robayo / Flickr. Creative Commons License.

Mónica del Pilar Uribe Marín

 

Y la han defendido según sus leyes primigenias, sin venderla ni usufructuarla, sin explotarla, conservando bosques y montañas, pues a partir de ellos adquieren sus conocimientos filosóficos y científicos. Así está escrito en cada piedra, cerro, laguna y río, así está cantado y contado por la diversos animales, centinelas históricos de sus actos.

Porque sobre ese macizo triangular que es la Sierra, extendido en el nororiente colombiano a lo largo de 42 kilómetros y empinado hasta una altura de 5.775 metros sobre el nivel del mar, los Koguis se han aferrado a sus tradiciones  heredadas de los Tayronas. Es por esas tradiciones que saben que fue allí, en un alto cerro de cuatro caras llamado Bunkuanarrua, donde primero se iluminó el mundo, según designios de sus dioses creadores, entre ellos Siana Mung, Abu Siukukui y el mismo Serankua. Por ello, a través de los elementos cotidianos, de la realidad, la imaginación y la proyección hacia lo oculto, han construido historias para explicar la esencia humana y el equilibrio que debe mantener con la naturaleza.

El templo y los guardianes

La Sierra es quizás el templo más grande del mundo, pues los 51 sitios nombrados para efectuar sus pagamentos (costo espiritual que pagan a los padres originarios por un  beneficio que esperan recibir), conforman la denominada “Linea Negra”, un extenso lugar sagrado desde el cual hacen ofrendas por el mar, la lluvia, la guerra, la muerte, el odio, las sequías, las montañas, los animales… todo, … procurando una auténtica armonía.

Los cuatro mil miembros que conforman la comunidad Kogui, comparten con los Wiwa-Arsario, los Arwacos y los Kankuanios, la ancestral herencia de la Sierra, cuyas laderas besan tres departamentos colindantes: Magdalena, Cesar y Guajira. Poseen una familia lingüística única (Chibcha), hablan lenguas distintas y comparten atuendos similares, principios religiosos y tradiciones, como la de conservar la Sierra, corazón del mundo y parte esencial para mantener el equilibrio del universo. Ellos son los guardianes de todas las fuentes de agua de los altos nevados; allí están las riquezas que les serven de sustento, no sólo a ellos sino también a los habitantes de una inmensa región y a reptiles y serpientes, pumas, jaguares, tigrillos, osos, micos, venados, zorros, cóndores, águilas, buitres, guacamayos y miles de pájaros más.

Indio Kogui. Foto de Michele Mariani / Flickr. Creative Commons License.

Costumbres y vivencias

De los Tayronas conservan actitudes y conocimientos arquitectónicos como el construir –obtenido el permiso del Mama y efectuado el rito de las adivinaciones- rancherías o poblados, en cuyo centro ubican la casa ritual o “Cansa María”.

A su entorno erigen su residencia, dos pequeñas casas: una para el hombre y otra para la mujer y los hijos. O construir magníficos puentes y gigantes pasadizos construidos a partir de guayabo silvestre, bejuco y caña boba.

Su sistema social  incluye una economía agrícola y manufacturera, así como la fabricación de objetos en oro, cobre, tumbaga, aunque les es difícil extraerlos. También hacen trabajos artesanales en  hierro, aluminio o barro y tejen preciosos chinchorros en cabuya, buzas para cargar a los niños y mochilas.

Viven de la tierra y dinamizan su agricultura mediante el sistema precolombino de desmonte y quema; luego siembran y cosechan malanga, papa, yuca, cebollín, arracacha, fríjol, maíz, plátano y banano…  Productos que acompañan con caña de azúcar, panela, guarapo y café, obtenidos mediante comercio con los criollos. En el templo, recostados en chinchorros ó sentados en primitivos asientos, notables indígenas aplican la ley, debaten sobre los problemas de la comunidad e imponen sanciones. Las mujeres aguardan con sus hijos en la casa familiar, un enramado redondo de madera, ramas y barro, con paredes de bahareque y una única puerta, para no romper la soledad e intimidad del hogar.

Crianza y conocimiento

Antes de que nazca un crio, el Mama dialoga con los padres sobre su futuro , durante varios días, sentado en la loma, piden salud y felicidad y en la noche quema hojas de frailejón y hace “amburo”, exorcismos, sobre los alimentos benéficos que debe comer el niño. En su camino a la sabiduría y aprendizaje – determinado según la casta a la cual pertenece- está el  áyu (hoja de coca) y se encargan de cultivarla y autorizan quienes pueden sembrarla y utilizarla con mesura, pues es una  planta sagrada de comunicación interiro y con la Sierra y el mundo exterior, que no se puede comerciar sino trocar por sal, carne o panela, y de la cual se origina el desarrollo de la ideología de la comunidad.

The funeral procession. Foto de Rod Waddington / Flickr. Creative Commons License.

La vida de cada individuo está determinada por los Mamas,  sacerdotes de la tribu y cuyo destino, estando recién nacido, es decidido por un Mama quien comunica al padre su determinación para que construya para su hijo una casa aparte, lejos de sus hermanos y prohibiéndoles sal y carne.

A sus cinco años es entregado al Mama para que viva con él y reciba conocimientos que permitirán enfrentar enfermedades y fuerzas. La comunidad debe velar por el Mama, procurando su leña, comida y el cultivo de trabajos de su raza.

La otra vida

A sus muertos, que colocan en su chinchorro de dormir para llevarlos él hasta su lugar de descanso, los envuelven en sus ropas, en postura de misterio, sentados y con las manos recogidas sobre el pecho. El cadaver es depositado con algunas pertenencias y una olla de barro con comida, en una fosa de dos metros con cámara lateral.

Los homicidios y las ejecuciones no están presentes en la tradición y el respeto por la vida humana en todo tiempo y lugar se ve espaldada por innumerables relatos miticos. El equilibrio físico y espiritual de la Sierra Nevada depende de los Sitios Sagrados o lugares de  pagamento. La paz volverá allá cuando los pueblos indigenas vuelvan a hacer sus pagamentos y ceremonias tradicionales, pero que hoy debido a la expropiación y el desalojo, estos sitios sagrados se hallan en su mayoria en manos de “Zuntalu” (hombre blanco).

Cuentan los Mamas que desde tiempos antiguos han existido los conflictos y su esplendor fue menguado desde 1525 cuando la codicia europea llevó sus ansias de conquista hasta la bahía de Santa Marta,  y empezó a despojar las maravillosas ciudades y a hurtar los preciosos objetos fabricados por los indígenas. Luego enfrentaron la colonización religiosa de mediados de siglo: la situación fue terrible  entre 1908 y 1916, cuando se instauró allí la Misión Capuchina. Fue un tiempo de lucha, incluso al interior de las comunidades, pues los mamos mayores se opusieron y fueron perseguidos y torturados, al igual que todo aquel que no aceptase el abrazo de la “civilización”.

Tierra perdida

Muchos debieron abandonar sus tierras sus tierras. Muchos se vieron obligados a trabar como obreros o jornaleros en tierras que antes eran suyas. Y curas y políticos se disputaban la soberania geografica. Entonces urigieron al Gobierno para reconformar el resguardo, con resultados poco satsfactorios pues fue imposible conseguir los archivos donde constaba que esas tierras eran suyas.

Foto: Pixabay

Todo eso sin contar que la Sierra ha servido de refugio para diferentes grupos humanos desde la época de la Independencia. Y durante la Guerra de los Mil Días (1899 – 1902) campesinos desalojados de sus tierras, iniciaron fuertes procesos de colonización. Luego fue por la masacre de las bananeras y después por la violencia política de los años 40 y 50. Y en los 90’s y el 2000, por ser escenario de los diferentes actores en conflicto: paramilitares, Ejército Nacional carteles de la droga y guerrillas.

Entonces el obligó a los indigenas a abandonar sus tierras y cultivos,  por lo cual el déficit alimentario, la desnutrición y epidemias aumentaron de manera alarmante. Los Koguis afirman que además de dar vida material para que el mundo amaneciera, en su  testamento espiritual Siana Mung y Siukukui encargaron a los Hermanos Mayores aconsejar a los Hermanos Menores para que no hicieran guerras, ni mataran gente, ni acabaran los arboles. Pero los Hermanos Menores nunca les escuchan.

 

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