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Lo único constante en la vida es el cambio

Slavoj Žižek ha escrito que un aspecto frustrante de la pandemia es que continúa sin fin, sin conclusión. Es una emergencia continua, que procede de forma no teleológica en diferentes etapas.

 

Steve Latham

 

Como estamos aprendiendo, debido a la presencia permanente del virus en nuestro mundo, las implicaciones de la pandemia causarán consecuencias a largo plazo durante varios años.

Después de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, los efectos psicológicos del trauma global no se experimentaron plenamente hasta mucho tiempo después.

El aparente retorno a una estabilidad social conservadora durante los años 50 simplemente enmascaró problemas sociales más profundos.

Eventualmente, la psicosis colectiva estalló en el colapso de las normas en los años 60, produciendo efectos con los que todavía estamos luchando.

¿Cuántos de los cambios culturales que estamos presenciando ahora serán permanentes? Todos nos vemos afectados por el estado de ánimo mental de la sociedad, influenciados por los niveles generales de estrés.

¿Podría ser como cuando, en las calles de Londres, percibimos un ligero olor a marihuana en los lugares más improbables, creando tal vez una población que camina por sus calles drogada sin saberlo?

Algunos cambios, inicialmente bien acogidos, se han convertido ahora en algo tedioso. Alguien señaló que la experiencia de las llamadas Zoom es como tener relaciones sexuales con una muñeca hinchable: nada real.

El autor escocés Alasdair Gray popularizó un comentario del poeta canadiense Dennis Leigh: “trabaja como si vivieras en los primeros días de una nación mejor”.

Hoy podríamos adoptar el lema para actuar como si lo peor ya hubiera sucedido. El potencial para la libertad de tal perspectiva es tan grande como el del optimista lema de Gray.

El filósofo Frank Ruda, en “Abolishing freedom”, ha argumentado el caso del fatalismo, como una actitud orientadora para el activismo contemporáneo.

Pero otra modificación social se ha dado en nuestro sentido de espacio personal.

Esto es notoriamente individual, con diferentes personas que prefieren diversos grados de cercanía física.

Y no se trata solo de mal aliento u olor corporal. También hay profundas diferencias culturales. En una conversación, algunos se acercan de forma insoportable, otros permanecen distantes, comunicándose a distancia.

¿Tal vez estemos siendo testigos de una transformación en la proxemia global, la ciencia del espacio personal, debido a las prácticas actuales de distanciamiento social?

Mi esposa se puso muy ansiosa hace poco, ya que estuvo esperando en la cola del supermercado, temiendo el contagio en un espacio tan cerrado.

Me he dado cuenta de que, al hacer mi ejercicio diario al aire libre, he comenzado a caminar a lo largo de la carretera, no en la acera, para evitar un contacto demasiado cercano con los peatones que pasan.

Recientemente, caminando hacia el canal, nos dimos la vuelta debido a la multitud, la cercanía con otras personas que caminaban por allí.

Incluso con la ansiada vacuna, tendremos que mantener el distanciamiento social y usar mascarillas, por si somos portadores del virus.

¿Nos convertiremos en una sociedad que lleva velo, en la que todos, no solo las mujeres musulmanas o las monjas cristianas, “llevan el velo”?

¿Cambiaremos la forma en que nos saludamos unos a otros? En lugar del apretón de manos occidental, una reverencia o juntar las palmas, como en Asia oriental, o el gesto de poner la mano sobre el corazón, como en Oriente Medio.

Como dijo el filósofo griego Heráclito: “Lo único constante en la vida es el cambio”.

(Traducido por Iris María Gabás Blanco – irisbg7@gmail.com) – Fotos: Pixabay

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