En Foco, Notas desde el borde, Opinión

Bibliotecas de Babel

Me encantan las bibliotecas. Cuando era pequeño, mi padre me llevaba, cada semana, a la biblioteca local de nuestra pequeña ciudad industrial del norte. Sin duda, en realidad bastante pequeña, la biblioteca me parecía enorme.

 

Steve Latham

 

Mientras él examinaba los estantes de los adultos, yo tomaba prestados libros de cuentos clásicos para niños: “Billy Bunter”, “Jennings”, “Just William”, llegando finalmente a la ciencia ficción, cuyo amor me ha seguido toda la vida.

Con el tiempo, empecé a ir por mi cuenta, los sábados, leyendo cómics difíciles de encontrar (como “El Águila”) y explorando la sección de referencias en busca de “datos”. Luego mi padre me prestó su entrada y me gradué en la sección de adultos, leyendo historia y autores que más tarde supe que formaban la era clásica de la ciencia ficción: Brian Aldiss, Isaac Asimov, James Blish.

Mientras hacía el bachillerato, me hice con el carné de la biblioteca de mi padre en la gran ciudad donde trabajaba, y los sábados iba en bicicleta.

Sintiéndome muy mayor, recorría sus estanterías y suelos de madera oscura, que olían a lustre, y cogía tomos de política, religión y filosofía.

En la universidad, deambulaba por las remotas estanterías en busca de obras abstrusas y eruditas, muy alejadas de mi especialidad, que pudiera devorar.

Era todo un mundo, en el que mi mente se abría a nuevas formas de pensar. No necesité drogas para expandir mi conciencia.

Más tarde, cuando nos casamos y tuvimos hijos, los llevamos a la sección infantil de la biblioteca local, donde desarrollaron sus propios intereses, que afortunadamente también incluyen la ciencia ficción.

Pero me di cuenta de que la selección en nuestra biblioteca del barrio no satisfacía mis necesidades intelectuales arcanas, y adquirí el deseo de hacer crecer mi propia biblioteca.

La invención de Internet y de una librería en línea me han ayudado mucho, aunque ahora intento comprar en sus rivales más éticos.

El problema es que mi colección se ha ampliado constantemente. Así que, al igual que Alberto Manguel, en su “Packing my library”, discernir qué conservar y qué dejar atrás, cada vez que nos mudamos, es una agonía.

Puede que mi archivo no sea infinito, que contenga todos los libros, como en “La biblioteca de Babel” de Jorge Luis Borges; pero se ha desbordado en nuestra sala de estar, mi estudio y mi oficina de trabajo.

Aspiro a la condición de Umberto Eco, cuyo vídeo online guiándonos por su biblioteca personal es placentero.

Asimismo, el contenido de Twitter “Bookcase credibility” nos revela los hábitos de lectura, o su ausencia, entre nuestros principales políticos.

Ciertamente, pocas cosas son más interesantes que examinar las vitrinas de libros de las personas a las que se visita (en los tiempos en que podíamos entrar en casas ajenas), para descubrir sus motivaciones ocultas.

Una de las diversiones del librero es incluso contemplar con cariño sus propias líneas de libros, y recordar lo que contiene cada volumen.

Hoy, sin embargo, también debemos tener cuidado de que nuestras videollamadas, posando ante nuestras estanterías de libros, para demostrar nuestra agudeza mental, no nos expongan también como snobs de clase media.

(Traducido por Mónica del Pilar Uribe Marín) – Fotos: Pixabay

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