En Foco, Opinión

El capitalismo genera deseos

La cultura popular nos invita a cumplir nuestros deseos y a perseguir nuestros sueños. ¿Pero es suficiente? Esto puede sopesarse de forma externa e interna.

 

Steve Latham

 

De forma externa debemos preguntarnos: ¿de verdad queremos lo que queremos?

Es una observación común que el capitalismo genera deseos, hacia objetos y experiencias, de las cuales previamente no somos conscientes.

El sistema hace esto, específicamente a través de la publicidad, pero también generalmente a través de la propia cultura, que populariza tendencia s, intelectuales, así como modernismos. De forma interna, ¿qué es lo que queremos cuando queremos algo? La publicidad influye en estos impulsos psicológicos arraigados, pero que representan, sin embargo, necesidades personales genuinas.

Por ejemplo, quizás me compre un teléfono móvil nuevo con la última tecnología. ¿Pero qué es realmente lo que quiero? ¿quizás sea popularidad? Quizás la imagen de ir a la moda.

Se trata de validación personal reforzada por la aprobación de quienes que nos rodean.

Esto puede llevarnos, no obstante, a desear cosas que no son buenas para nosotros.

Marx lo llamó “falsa conciencia”, un concepto que ha caído en desuso en la Izquierda que ha aceptado la valorización posmodernista de cada capricho.

Donde Marx señaló que no deberíamos medir a los demás por su propia consciencia, sino por condiciones objetivas. La Izquierda de hoy en día hace lo contrario, prefiere bautizar a cada individuo de forma subjetiva.

Pero, como advertía Agustín, nuestros deseos se desordenan: querer algo inapropiado o querer desmesuradamente un objeto legítimo.

El libro de Mark Fisher, publicado a título póstumo, «Last Lectures» (Últimas ponencias) ahonda en el “deseo post-capitalista”. Con este libro buscaba recuperar el optimismo utópico de la contracultura de los años 60.

De acuerdo con la teoría Marxista, el Capitalismo en sí mismo genera deseos, que no puede satisfacer dentro de las condiciones del propio sistema.

Por lo tanto, el Capitalismo involuntariamente crea las condiciones para su propio derrocamiento. El aceleracionismo, propugnado por Fisher, busca maximizar la presión hacia este fin. Sin embargo, mientras desentierra el cadáver filosófico de Herbert Marcuse, Fisher fracasó al intentar discernir su trayectoria ideacional.

Desde luego, Marcuse, por ejemplo, llamó en un principio a la exaltación de un impulso estético-erótico, una forma de detonar las restricciones de una sociedad conformista.

No obstante, más adelante, identificó el proceso de “desublimación represiva”, donde la aparente rebelión sexual en realidad representaba una distracción frente a la tarea de la revolución.

La liberación de la libido solo constituyó otra avenida de integración completa en un sistema regresivo e infantilizado de la mercantilización del erotismo.

El Capitalismo no solo crea, sino que también absorbe nuevos deseos en su abrazo tentacular. Por eso, el jazz y el rock, el punk y el hip hop, fueron todos absorbidos por el impulso materialista hacia el hedonismo individualista.

Además del Capitalismo, parece que todos nuestros deseos están destinados a la falta de satisfacción. Para C. S. Lewis, por lo tanto, esto resultó en que debía de haber algo, más allá de este mundo, que pudiese llenar ese vacío interno.

La realidad de la hambruna, escribió, mostró que había algo que podría satisfacerla. Incluso si no hay comida disponible en el momento, nuestra hambre demuestra que hemos sido creados para comer.

Francis Schaeffer hizo eco de este indicio de la existencia de Dios. Sin embargo, argumentó que lógicamente no puede haber nada que satisfaga nuestro anhelo existencial. En este caso, nuestra existencia sería absurda, al anhelar lo que no existe.

(Traducido por Claudia Lillo – Email: lillo@usal.es) – Fotos: Pixabay

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