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La mayoría silenciosa

La revuelta en el edificio del Capitolio nos muestra que mientras la izquierda sale a las calles, la derecha toma el gobierno.

 

Darrin Burguess


Es justo preguntar por qué la revuelta en el Capitolio de los Estados Unidos hace cuatro semanas fue lo suficientemente importante como para iniciar un proceso de destitución del presidente.

Eso es lo que muchos de la derecha se preguntan, al menos. Ellos señalan que las protestas del año pasado tras la muerte de George Floyd causaron decenas de víctimas y millones de dólares en daños, y que nadie fue jamás acusado de ‘insurrección’, que es como la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, ha calificado repetidamente lo ocurrido después de que Donald Trump invitara a sus simpatizantes a marchar hacia el edificio del Capitolio.

Para entender la especial amenaza que de hecho representaron los alborotadores en el Capitolio, es necesario mirar más allá de la pequeñez de su número y de la brevedad de su espectáculo —y un “espectáculo” es lo que realmente fue–. No fue un “golpe de estado”, como muchos titulares afirmaban afanosamente. Un golpe de estado es un trabajo interno, una contienda entre élites.

Los alborotadores del Capitolio estaban muy en el exterior, como atestiguan tan vívidamente su pintura facial y su atuendo táctico casero.

Tampoco fue su interrupción particularmente violenta, en comparación con lo que la propia ciudad ha visto en el pasado. Los simpatizantes de los alborotadores del Capitolio no perderían el tiempo en recordarnos las revueltas que siguieron al asesinato de Martin Luther King Jr. En 1969, cuando unos 12.000 edificios resultaron dañados, 13 personas murieron y otras 1.000 resultaron heridas.

Y aun, aquellos alborotadores nunca se aventuraron en el propio Capitolio. Tampoco los manifestantes o alborotadores desde entonces en cualquier otra causa asociada con la izquierda intentaron invadir un ayuntamiento y mucho menos, la sede del Poder Legislativo Federal.

De hecho, ¿qué tiene la derecha que la hace tan obsesionada con el gobierno? El pasado mes de octubre, el FBI desmanteló un complot de la derecha para secuestrar al gobernador de Michigan, y el Departamento de Seguridad Nacional considera que los extremistas de derecha son una amenaza para la seguridad nacional.

En el mundo comparativamente dócil de la política, los conservadores han logrado imponer sus iniciativas durante el último medio siglo en una oleada tras otra de campañas electorales exitosas, incluyendo a los Nuevos Conservadores, que nos dieron a Ronald Reagan y a los Neoconservadores, que nos dieron a George W. Bush.

El éxito en la última década del amorfo movimiento conservador conocido como el “Tea Party” ha sido especialmente desconcertante para muchos en la izquierda, ya que coincidió con las manifestaciones progresistas “Occupy” que suscitaron tanta atención y que parecieron haber disfrutado de tanto éxito en la formulación de una identidad global del “noventa y nueve por ciento” opuesta a la élite adinerada mundial.

Tal movimiento desapareció aparentemente tan pronto como sus campamentos se vinieron abajo, mientras que los simpatizantes del Tea Party pasaron a ocupar escaños en ambas cámaras del gobierno y luego, en la misma Casa Blanca.

El hecho es que Tea Party no fue una “protesta” en absoluto, a pesar de sus letreros caseros y sus reuniones públicas. El movimiento Occupy, por otra parte, fue solo una apelación a las figuras de autoridad, nunca un reclamo a la autoridad en sí misma.

Después de todo, cuando los manifestantes salen a la calle, lo hacen para llamar la atención sobre sí mismos como un séquito diferente con un punto de vista determinado.

El lema “black lives matters”, por ejemplo, tiene la intención de recalcar los singulares desafíos a los que se enfrenta la población de raza negra en una sociedad que no es predominantemente negra, y sin embargo, también refleja una identidad propia única que no puede hablar en nombre de la sociedad en su conjunto.

No existe tal complicación con el lema “la mayoría silenciosa”, que ha dominado a la derecha desde que el presidente Richard Nixon, un republicano conservador, lo usara en un discurso televisado en 1969 dirigido a las prominentes manifestaciones contra sus políticas en Vietnam.

Ese giro de la frase es poderoso, no solo porque llama ingeniosamente la atención a una base de seguidores que no llaman absolutamente la atención sobre sí mismos, sino también debido a la implicación de que tales personas no tengan que atraer la atención, puesto que sus opiniones ya conforman la corriente principal cultural.

Esos individuos eran y son en su mayoría de raza blanca, por supuesto.

Pero desestimar sus sentimientos como una cuestión de chovinismo étnico es simplificar demasiado el reto que enfrenta la izquierda, puesto que los esfuerzos progresistas para reorientar la nación lejos de su imagen tradicional como sociedad anglosajona se enfrentan a una oposición que no hace distinción alguna entre sus propios imperativos y los de la propia nación.

Ese tipo de pensamiento es lo que permite a un hombre con el pecho descubierto y una cabeza de búfalo entrar directamente a los pasillos del Congreso como si fuera un infiltrado consumado. Un espectáculo ridículo, sin duda, pero también lo eran las multitudes de abucheadores que solían acosar a los estudiantes de raza negra que valientemente daban los primeros pasos hacia la integración escolar. Uno tiene la sensación de que las multitudes nunca se fueron a casa realmente, solo postularon para un cargo.

Toda “protesta” en la derecha es siempre una “insurrección” de algún tipo, cualquiera que sea su forma.

(Traducción de Lidia Pintos Medina) Fotos: Pixabay

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