Derechos Humanos, Globo, Política, Reino Unido

Assange 1: Un testigo de la boda del prisionero A9379AY

Solo dos semanas después del acontecimiento, puedo superar con palabras la asfixia que sentí el 23 de marzo de 2022, cuando estuve en la boda de Julian Assange en la prisión de Belmarsh en Londres. Los acontecimientos de este día fueron despiadados y los sentimientos evocados sorprendentes y terriblemente íntimos.

 

Sara Vivacqua*

 

Preferiría no tener que escribir públicamente sobre lo que presencié en la ceremonia de la boda de Julian Assange, «el prisionero de Belmarsh A9379AY«.

Quería el silencio sacral de un diario, para que los que persiguen a Assange nunca pudiesen leerlo. Los acontecimientos de este día fueron despiadados y los sentimientos evocados sorprendentes y terriblemente íntimos.

Este será un relato bastante incompleto, en parte por el precario vocabulario de las emociones inéditas, así como por la censura, aislamiento y controles totalitarios impuestos a Assange y a su vida, que pretenden culminar con su extradición o su muerte. Lo que ocurra primero.

Había poca gente afuera de la prisión de Belmarsh, teniendo en cuenta la magnitud del legado de Assange y su perdurable integridad y generosidad en la búsqueda de la verdad.

Este hecho por sí solo debería ser un escándalo, ya que habla del éxito de la campaña de destrucción seguida de la campaña de silencio de los medios de comunicación.

La gran mayoría de las personas que han oído hablar de Assange y de Wikileaks, ni siquiera saben que Assange se encuentra encarcelado hace tres años en el Reino Unido para ser extraditado y juzgado en EEUU por el infame «Tribunal de Espías», donde podría enfrentarse hasta 175 años de prisión en confinamiento solitario.

Dejo este testimonio o relato para oponerme, de la manera que me toca, al intento de aislar, abandonar, deshumanizar, invisibilizar y extinguir a toda costa la existencia física de Julian Assange, y de extinguir nuestra conciencia, activismo y memoria de su legado.

También para oponerme al intento de hacer de la celebración de una boda, un acto de humillación y demostración de insignificancia e impotencia de él y su novia, de dos personas celebrando el amor.

Ese día vi a la novia salir de la sala de ceremonias, conmocionada. La mirada en su rostro permanecerá. Prefiero no decir aquí sus palabras de aquel instante. No son las cosas que una novia tendría que decir. Podrían ser las palabras de despedida de una esposa que entierra a su amado esposo. No es una exageración, era el sentido literal de su discurso.

Aunque nadie esperaba otra cosa que la novia sin el novio, Stella Moris, que se llamaba Sara González Devant hasta empezar a ser espiada por la CIA, lució un vestido lila satinado regalado por Vivienne Westwood, la diseñadora británica que tradujo a la moda el lenguaje del punk rock, la subversión y el activismo político.

Un acto de rebeldía, no porque su vestido no fuera blanco, sino por ser de novia. Moris desfiló cargada de flores por uno de los lugares más austeros, fúnebres y prohibitivos de la belleza, del amor y del futuro del Reino Unido. Desfiló con su gracia natural y su exuberante coraje vestida de novia en la prisión de máxima seguridad de Belmarsh, bautizada de manera infame como “el Guantánamo británico”.

La única manifestación de la presencia de Assange en la ceremonia lo trajo a público la sutileza del velo. Llevaba escritas las palabras que él eligió para definir su amor por ella: perdurable, ardiente, obstinado, ilimitado, intrépido, juguetón, paciente, inexorable, jubiloso, confianza, eterno, valiente, resistente, salvaje, bravo, noble, decidido, tierno, anhelante, tumultuoso, libre, incandescente, indefinible.

En su sinceridad -que no quiso ocultar- Moris trajo a nuestras plenas conciencias su experiencia cruda, más que explícita que nunca, y a flor de piel.

La existencia y el destino de Julian Assange están totalmente determinados exógenamente por el extraordinario sadismo institucional y la arbitrariedad sin límites de las élites de al menos tres naciones, Estados Unidos, Reino Unido y Australia.

Yo lo definiría como un momento de experiencia de lo totalitario en el ámbito existencial. Podría dejar de escribir aquí, pero seguiré.

Testigos prohibidos

A los testigos de la boda, Craig Murray, exembajador británico en Uzbekistán, y Chris Hedges, periodista de guerra ganador del premio Pulitzer, se les prohibió la entrada en la ceremonia de última hora porque suponían un «peligro a la seguridad».

Vinieron desde Escocía y Nueva York, respectivamente, y permanecieron afuera en señal de protesta.

Charlé con Chris Hedges, una de estas personas que marcan la vida de muchas otras. Compartí la seriedad de la situación con tono grave e indignación, lo cual él parecía entender bien. Hedges ha construido su carrera y su carácter sobre la premisa de “report without fear or favor”, «informar sin miedo ni beneficio».

Conoce los sonidos de los gritos y los estruendos de las guerras, las imágenes y el olor de la carnicería y los temores impronunciables de la misma. Fue prisionero en Irak. La coherencia de su antiimperialismo impide que vuelva a trabajar en la prensa corporativa, como él mismo dice abiertamente.

Con Russia Today oficialmente censurado por Occidente, Chris Hedge pierde su trabajo fijo y se impone otra barrera sonora entre nosotros y su voz iluminadora.

Chris explicó la verdadera razón de esta censura, como también lo hizo en su artículo «Sobre Estar Desaparecido».

Craig Murray, un traidor de clase, que nunca pensó que su estatus diplomático valiera más que la justicia y el humanismo, conoce bien la violencia silenciadora del sistema. El año pasado pasó cuatro meses en prisión, de una condena más que cuestionable, y posiblemente por su activismo político y lucha por la independencia de Escocia.

Un rayo de esperanza

Por un breve momento acerqué la mano para saludar a John Shipton, el padre de Assange, el jardinero fiel. Pasaba sonriendo muy alegremente entre la multitud. Ese fue el único instante en que sentí que podría haber alegría y esperanza. Esa es la sensación consistente que siempre pasa. Me ha dicho muchas veces que no le gusta ni le parece apropiado hablar en términos de «esperanza», pero tiene la calma y la perseverancia de quien no cree en la desesperación. Shipton es una gran prueba de que la esperanza no es ociosa,

Sin embargo, no quiero imaginar lo que siente un padre cuando tiene que refugiarse en la melancolía de la noche y resguardarse de este mundo en la soledad de sus pensamientos.

La desaparición de Assange

A la novia se le ha prohibido publicar las fotos de su boda en las que aparece Assange por «peligro a la seguridad». Desde que fue sacado ilegal y cobardemente por la policía británica de la embajada ecuatoriana donde se encontraba exiliado, cualquier circulación o publicación de la imagen Assange ha sido criminalizada.

Si no hubiera sido por el desafiante y vigilante compromiso con la verdad de los reporteros de Ruptly, que estaban acampados en el exterior de la embajada, las imágenes que inmortalizan a las fuerzas británicas invadiendo el espacio de la embajada y arrastrando a Assange nunca se hubieran conocido.

Tal vez otros actos de violencia contra Assange podrían haber ocurrido, si no fuera por la presencia desobediente de los verdaderos «Guardianes» de la verdad en el exterior.

Es así como ha desaparecido en vida la persona de Assange, como mejor quisieran quienes están en el poder.

Para que su legado, más relevante que nunca, no sirva de ejemplo de valentía, coherencia, integridad para los que están y vendrán.

Para que el depredadorismo sociópata de los hombres que se creen dueños del mundo y de nuestro futuro, siga disponiendo de nuestra existencia humana en este planeta como sus instrumentos.

Para que las excusas, el silencio y la omisión de quienes consideran su vida cómoda por encima de la ética, sigan haciendo posible la farsa y la violencia.

Pero para que nadie en este tiempo lo olvide y para que la posteridad lo recuerde siempre, su nombre, el del prisionero A9379AY, es Julian Paul Assange.

*Sara Vivacqua, Lawyers for Assange, colaboradora del diario brasilero Diario do Centro do Mundo.

(Fotos de: Kathleen Fournier, EF Press, Barnaby Nerberka y Sara Vivacqua. Todas las fotos han sido suministradas a The Prisma por Sara Vivacqua y autorizadas por ella para su libre publicación.)

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