En Foco, Opinión

Brexit: Conservadurismo, capitalismo y clase

Mundialmente estamos en mitad de lo que Heinrich Geiselberger denomina ‘La gran regresión’, una reacción contra la globalización económica y la integración planetaria aparentemente irresistibles.

 

Steve Latham

 
La tendencia mezcla el Brexit y el cargo de primer ministro de Boris Johnson, con la elección de Donald Trump, Matteo Salvini en Italia y el gobierno de Viktor Orban en Hungría.

Yendo más lejos, vincula el sistema totalitario de la China comunista de Xi Jinping a la Brasil del presidente Jair Bolsanaro.

Estas son respuestas a condiciones de profunda incertidumbre económica y política, donde la soberanía nacional ha sido tomada por sorpresa por las empresas internacionales.

Los sentimientos de inseguridad de los ciudadanos han sido explotados por el populismo, que ha recurrido a la nostalgia nacionalista para defender un sentido de fronteras y protección contra las amenazas percibidas.

Esto ha revocado varias décadas de propaganda neoliberal. Pero no implica una retirada del capitalismo como tal.

Laissez faire es solo una forma de ideología capitalista y es considerada a menudo como una (per)versión ‘anglosajona’.

El capitalismo que existe actualmente ha sido históricamente compatible con una variedad de formaciones ideológicas y sociológicas.

La última lógica del capitalismo puede ser, como señalan Marx y Engels en ‘El Manifiesto Comunista’, disolver todos los vínculos y lazos preexistentes en un abierto nexo monetario individualista.

Sin embargo, en la práctica, y por razones políticas, este es compatible con costumbres localizadas, y agradece el apoyo de organismos estatales. Por ejemplo, el apartheid en Sudáfrica, ayudó en el desarrollo temprano del capitalismo, pero finalmente se descartó como una ruptura en el progreso económico.

Alemania y Japón, después de sus derrotas en la Segunda Guerra Mundial, hallaron un estado fuerte como poderoso pilar para la acumulación inicial de capital.

Durante la crisis económica también, las grandes empresas agradecen la intervención del estado, por ejemplo, en el rescate de los bancos durante 2008.

Pero el capital global no siempre tiene su propio camino. No hay duda de que el Brexit va en contra de los intereses de la clase dominante planetaria.

El sentido de la historia no es unilineal. Aunque el flujo de un río pueda ser poderoso, también existen remolinos y corrientes localizadas, espirales en el curso general.

Algunos de estos, van temporalmente en contra del rumbo general, aunque forman parte del sistema fluvial en su totalidad.

Existen, de manera similar, diferentes fracciones dentro de la clase capitalista. Algunas basadas en intereses económicos, otras, en posturas políticas e ideológicas.

Nicos Poulantzas utilizó esta interpretación para comprender como la clase dominante no es siempre la clase a cargo del estado, ni tampoco dirige la ideología hegemónica de la sociedad.

Esto lo aplicó en su análisis del fascismo. Del mismo modo, Antonio Gramsci reconoció que hay momentos en los que la clase dominante deja de gobernar.

Él escribió que en estas crisis surgen nuevos fenómenos extraños del sustrato social, incluyendo el fascismo, o podríamos añadir, populismo. Pero hay una diferencia.

En el Brexit de Gran Bretaña, por ejemplo, durante el referéndum, la clase dominante perdió el control de los elementos lumpen.

Una fracción de esa clase, la élite patricia, educada en Eton, ha recuperado ahora el control, restableciendo así la estabilidad; aunque el destino de Gran Bretaña fuera de un poderoso bloque económico sigue siendo incierto. Sin embargo, este es un populismo sin un populista. El personaje alegre y afable de Johnson no es el hombre fuerte que se necesita para imponer un régimen totalmente autoritario.

(Traducción de Lidia Pintos Medina) – Fotos: Pixabay

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