Cultura, En Foco, Opinión, Páginas

Amando a Lady Chatterley

D.H. Lawrence’s «El amante de Lady Chatterley» nunca se ha recuperado de las acusaciones de machismo primitivista, pero una nueva edición de la novela ofrece la oportunidad de rescatar el libro de críticas demasiado duras y formuladas con demasiada simpleza.

 

Sean Sheehan

 

Connie Chatterley —su título de lady deriva del estatus de clase del hombre con quien se casa— acaba sentir repulsión por su marido, pero no por las heridas de guerra que lo dejan sexualmente incapacitado y sin poder usar las piernas.

Le ofenden sus modales de clase alta y sus aires de superioridad, y le repugna la forma en que considera a los trabajadores de las minas de carbón que posee.

Ella los reconoce como «en algunos aspectos, hombres pacientes y buenos», pero, en otros, «inexistentes». Algo que los hombres deberían tener fue criado y destruido en ellos. El uso de «criado», que suena eugenésico y sale directamente de la desquiciada política de Lawrence, choca con la receptividad y el respeto de Connie hacia los demás.

La escena más emocionante de la novela, a menos que las turbulentas escenas sexuales resulten agradablemente excitantes, es la conversación que Connie mantiene con la señora Bolton sobre su marido, que murió en un accidente minero veintitrés años antes.

La viuda habla de él como si fuera ayer: «Ella derramó unas cuantas lágrimas amargas, y Connie lloró más. Era un cálido día de primavera, con un perfume de tierra y de flores amarillas, muchas cosas alzándose de sus parterres, y el jardín todavía con la savia del sol».

Foto: Pixabay

La presencia de la naturaleza, que acompaña experiencias humanas como ésta, reaparece a lo largo de «El amante de Lady Chatterley». La primera versión de la novela la escribió el autor en un bosque, sentado contra un pino (para cuando escribió la versión final, Lawrence se estaba muriendo). En una visita al bosque que posee su marido, Connie siente a través de su cuerpo «todos los árboles haciendo un esfuerzo silencioso por abrir sus brotes» y responde a «la interioridad del remanente del bosque, la reticencia muda de los árboles viejos».

La insatisfacción de Connie con su vida —de la que se dice al lector que es «más vieja que las colinas»— tiene sus propias raíces profundas en su matrimonio y en su posición de clase. Cuando ve al guardabosques lavándose, el despertar del cuerpo conduce a su embriagador sexo, pese a que ella es consciente de la tontería del acto físico («este ridículo rebotar de las nalgas»), y queda registrado en su sensibilidad hacia la naturaleza: mientras corre a casa, «los árboles del parque parecían hincharse y agitarse anclados en una marea, y el ascenso de la pendiente hacia la casa estaba vivo».

Losa dedicada a D.H. Lawrence, Abadía de Westminster. Foto: 14GTR / Wikimedia. Commons. Creative Commons license.

Cuando el marido de Connie llega a saber que ella está alienada por su presencia, ella se convierte para él en «una bolchevique»; la traición sexual se vuelve un acto político.

Las vertiginosas rumiaciones de la novela sobre las relaciones entre hombres y mujeres se contemplan a través del prisma de la clase, algo con lo que los lectores pueden identificarse sin compartir todos los confusos sentimientos e ideas de Lawrence.

«El amante de Lady Chatterley», de D H Lawrence, es publicado por Everyman’s Library.

(Traducido por Camila Marquez)

Share it / Compartir:

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*