Globo, Reino Unido

El trabajo hoy, precario y esclavizante  

Según datos de la OIT, alrededor de un cuarto de la población planetaria vive con menos de un dólar diario, y un tercio de ella sobrevive bajo el umbral de la pobreza. Hay alrededor de 200 millones de desempleados, y ocho de cada diez trabajadores no gozan de protección adecuada y suficiente

 

Marcelo Colussi

 

Desde sus orígenes el capitalismo ha sido una constante explotación de quien trabaja. Y desde hace algunas décadas, el sistema cobró un vigor explotador impresionante y lo que fuera un “estado de bienestar” con las políticas keynesianas que marcaron buena parte del siglo XX luego de la Segunda Guerra Mundial, salió de escena.

Ya a mediados de 1800 surgieron y afianzaron los sindicatos, logrando una cantidad de conquistas que hoy, desde hace décadas, son patrimonio del avance civilizatorio de todos los pueblos: jornadas de trabajo de ocho horas diarias, salario mínimo, vacaciones pagas, cajas jubilatorias, seguros de salud, regímenes de pensiones, seguros de desempleo, derechos específicos para las mujeres trabajadoras en tanto madres, derecho de huelga. A tal punto que para 1948 la Asamblea General de Naciones Unidas proclamó en su Declaración de los Derechos Humanos que “Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo.

Durante la primera mitad del siglo XX se fueron dando revoluciones socialistas (Rusia, China, Cuba, Vietnam, Norcorea, Nicaragua) y una serie de movimientos populares con contenido anticapitalista: desde la descolonización en el Tercer Mundo al surgimiento de guerrillas socialistas y el crecimiento de la lucha sindical a organizaciones de base contestatarias al sistema. Y apareció la Teología de la Liberación.

Ante todo ello, el capitalismo global reaccionó.

Hoy día tener un trabajo con salario, aún en las más indignas condiciones, es un “lujo” que hay que agradecer. El avance de los capitales fue tan grande en estas últimas décadas que las patronales hacen lo que quieren con quienes dependen de un sueldo.

Se perdieron las ocho horas de ley, no se pagan prestaciones, no se respeta el salario mínimo, exigen la “milla extra”, la siniestralidad laboral por falta de medidas de protección crece (Según la Organización Internacional del Trabajo, con 2.7 millones de fallecidos en el mundo, la siniestralidad laboral causó en 2020 más muertes que el Covid-19 (1,8 millones de fallecidos ese mismo año).

Además se exige que el trabajador pague impuestos como “prestador de servicios”, se insulta a los vendedores informales tratándolos de microempresarios, se intenta transformar a los trabajadores en “colaboradores”, se impide la organización sindical real, se sigue tolerando la discriminación de género (el acoso sexual contra mujeres no cesa), se asusta y chantajea con el fantasma de la desocupación.

Todos los trabajadores y trabajadoras del mundo, desde una obrera de maquila latinoamericana o un jornalero africano hasta un consultor de Naciones Unidas, graduados universitarios con maestrías y doctorados o personal doméstico semi analfabeto, todos y todas atravesamos hoy el calvario de la precariedad laboral. En Grecia se establece como legal poder trabajar 13 horas diarias, en Francia, pese a las enconadas protestas, se llevó la edad jubilatoria a 64 años, en muchas ONG’s que hablan de derechos humanos, se violan las leyes laborales con sus trabajadores, mientras que en Libia, “salvada” de la dictadura por la OTAN, se venden esclavos en la plaza pública.

Asistimos al aumento imparable de contratos-basura (contrataciones por períodos limitados, sin beneficios sociales ni amparos legales, arbitrariedad sin límites de parte de las patronales), incremento de empresas de trabajo temporal, abaratamiento del despido, sobreexplotación de la mano de obra, reducción real de la inversión en fuerza de trabajo.

El desempleo es permanente; la consigna de hoy, distinto a las luchas obreras y campesinas de décadas pasadas, es “conservar el puesto de trabajo”.

Lacras como la esclavitud o la explotación infantil, continúan siendo algo frecuente y aceptado como normal.

El derecho sindical es cosa del pasado. La situación de las mujeres trabajadoras es peor aún: además de todas las explotaciones mencionadas sufren más todavía por su condición de género, siempre expuestas al acoso sexual, con más carga laboral (jornadas fuera y dentro de sus casas), eternamente desvalorizadas.

(Fotos Pixabay)

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