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Serie ‘Fascismo’: Definir el fascismo, derrotar al fascismo

¿Qué estrategias sirven para combatir el auge del fascismo en la sociedad contemporánea? ¿Cómo distinguir entre la crítica legítima del fascismo y la aplicación errónea del término en el discurso político? Ejemplos que muestran la transición de la democracia burguesa al régimen fascista Estos y otros aspectos son explorados por The Prisma en su nueva serie “Fascismo”.

 

Yonatan Mosquera

 

El fascismo a menudo se utiliza e interpreta erróneamente, lo que lleva a que muchos individuos sean etiquetados como “fascistas” por razones triviales. Como resultado, el término ha llegado a significar regímenes “represivos” o individuos “desagradables”, haciendo que pierda su significado específico.

Esta confusión es significativa porque distorsiona la comprensión sobre lo que es el fascismo en sí mismo. Para combatir eficazmente el fascismo -un objetivo crucial para los movimientos sociales- primero hay que definirlo con claridad. Se necesita establecer que el fascismo no es simplemente otra forma de gobierno represivo, una colección de fallos morales (como el racismo o la misoginia), o un insulto dirigido a aquellos con los que no se está de acuerdo.

Este artículo es el primero de una serie destinada a estimular el debate sobre la cuestión acuciante de nuestro tiempo: ¿Qué es el fascismo y cómo podemos derrotarlo?

La base social del fascismo

El fascismo es un movimiento apoyado por la burguesía adinerada en tiempos de declive capitalista. Sus seguidores son individuos desilusionados afectados por la crisis capitalista mundial, mientras que la burguesía financia estos movimientos como último recurso para mantener su poder cuando fracasan los métodos “democráticos” tradicionales.

La base del fascismo incluye a la pequeña burguesía -comerciantes, contratistas, profesionales y propietarios de pequeñas empresas- que a menudo recaba el apoyo del lumpenproletariado, como pequeños delincuentes y desempleados, así como segmentos de la clase obrera urbana y rural.

El fascismo surge como respuesta a la inestabilidad económica. Las clases medias fomentan el resentimiento contra “el establishment” y critican a la élite adinerada y a los globalistas. También expresan hostilidad hacia el trabajo organizado, tachándolo de “sindicatos comunistas” y utilizando términos despectivos. La burguesía rica, utilizando sus recursos e influencia cultural, apoya a los movimientos fascistas mientras crea que estos grupos pueden controlar eficazmente a la clase trabajadora.

El Estado y el fascismo

Todo Estado funciona como un aparato de dictadura de clase, siendo la democracia parlamentaria sólo un método de aplicación. Otras formas son los estados policiales, las autocracias, las monarquías, los regímenes militares y los gobiernos fascistas.

Un Estado capitalista puede recurrir al fascismo cuando la democracia no sirve a sus intereses.

Cuando las instituciones democrático-burguesas, creadas durante el ascenso de la burguesía, ya no mantienen la dictadura de clase, el Estado recurre a un control más abierto.

El fascismo surge bajo dos condiciones: En primer lugar, debe existir una forma de “democracia” burguesa que permita cierto nivel de participación de las masas, incluyendo elecciones y partidos políticos. En segundo lugar, esta “democracia” debe volverse ineficaz para mantener la estabilidad de clase, al no suprimir a los oprimidos en beneficio de la clase dominante.

El fascismo y las organizaciones obreras

Los regímenes fascistas pretenden suprimir la participación de las masas en la vida social, cultural y política, y sólo surgen cuando la población es políticamente activa. A medida que la gente participa, las clases dominantes intentan disminuir su influencia y volverla apática.

Los grupos fascistas tratan de convencer a la burguesía de que pueden desmantelar eficazmente la capacidad de organización de la clase trabajadora, mostrando un mayor compromiso que las organizaciones obreras como los sindicatos y los partidos políticos. Aunque el fascismo no es la primera opción para los capitalistas, recurren a él cuando fallan las instituciones democráticas.

Una vez en el poder, suelen purgar a los elementos más inestables del movimiento fascista para frenar a la pequeña burguesía enardecida.

Los dirigentes fascistas apelan a las masas desmoralizadas, aprovechando los medios de comunicación capitalistas para ganarse su apoyo. Sin embargo, esta influencia por sí sola no puede atraer a la gente al fascismo; también es necesario un fracaso significativo de las organizaciones obreras a la hora de ofrecer alternativas durante las crisis.

Durante la fase “democrática”, las organizaciones de trabajadores pueden ganarse la confianza ofreciendo soluciones concretas. Sin embargo, se enfrentarán a graves consecuencias si defienden los desacreditados pilares de la democracia y se alinean con partidos burgueses mientras prometen un cambio radical.

Un programa sólido de organizaciones obreras dedicadas puede inspirar a las poblaciones oprimidas. Estos grupos deben mostrar su determinación de combatir el fascismo y desafiar a los responsables del sufrimiento generalizado.

Defendiendo nuestra misión de desmantelar la dominación capitalista, podemos unir a los oprimidos bajo la bandera de la revolución obrera y liberarlos del fascismo. La victoria es esencial, ya que la derrota conduce a la tiranía fascista, una lección crucial de los últimos 110 años.

No deberíamos necesitar reinventar la rueda. Las consecuencias de perder ante los fascistas han sido graves, provocando derramamientos de sangre y largos periodos de recuperación, como se ha visto a lo largo del último siglo. Debemos aprender de la historia para abordar la cuestión vital: ¿Cómo derrotar al fascismo? El primer paso es definirlo claramente.

Próxima semana: ¿Es Meloni fascista?

(Traducido por Camila Márquez) – Fotos: Pixabay

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