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Nasrin Sotoudeh: poesía, premios y el refugio de palabras

El tintinear de las cadenas aleja el sueño… Así, la resistencia se convierte en poesía: palabras que brotan del corazón del invierno de 2018 y, como hiedra, trepan por los barrotes de la prisión. En este fragmento, Nasrin Sotoudeh habla de literatura, reconocimientos y sueños —sueños que ningún muro pudo confinar.

 

Rola Zamzameh*

 

Quizás conozcamos a Nasrin Sotoudeh solo a través de las ventanas de los tribunales, las declaraciones legales y el peso abrumador de sus casos de derechos humanos.

Pero detrás de esta firme figura pública hay una mujer que respira poesía, halla consuelo en la música y construye sentido a través de la literatura. En la segunda parte de nuestra entrevista, entramos en el mundo interior de Nasrin Sotoudeh, donde las palabras, las imágenes y el silencio hablan más fuerte que la denuncia. Desde los libros que la consolaron en prisión hasta los premios mundiales que llevan su nombre, Sotoudeh reflexiona sobre cómo el arte da forma a la resistencia y cómo la resistencia da forma al arte.

Hace catorce años, justo después de su audiencia en el Colegio de Abogados y antes de volver a prisión, sted compartió un abrazo esposado con su esposo —hoy visto como poesía visual. ¿Cómo surgió ese momento?

Después de nueve meses de detención, fui condenada a once años de prisión, además de largas prohibiciones para ejercer el derecho y viajar. Por esa época también fui citada al tribunal disciplinario del Colegio, pero mis colegas evitaron que se dictara una resolución. Aquel día se sintió íntimo: estaban presentes muchas abogadas y feministas a las que había defendido.

Tras la sesión, alguien gritó: “¡Levanta las manos como antes!”, y lo hice. Al salir, oí que mi esposo llamaba mi nombre.

Me giré y lo abracé, incluso con las manos esposadas. Necesitaba ese contacto humano y no quise resistirme al impulso.

¿Podría describir su experiencia personal al resistirse al código de vestimenta impuesto en prisión, en particular el uso obligatorio del chador?

Esto se remonta a hace 14 años, a 2011. Junto al velo obligatorio, las prisioneras debían llevar el chador sobre el mantó y el pañuelo. A pesar de la injusticia y la dureza del encierro, me opuse desde el primer momento en que entré a prisión en septiembre de 2010 y jamás llevé el chador.

Cuando me trasladaron de la Sección 209 al pabellón general, la resistencia continuó. Tras insistir durante un tiempo, logramos una pequeña victoria: durante cuatro meses, las visitas familiares se permitieron sin chador. Pero luego, las autoridades alegaron que algunas visitantes usaban maquillaje excesivo y dejaban ver el cabello bajo el pañuelo, y restablecieron la norma del chador. Me negué a aceptarlo y discutí durante meses, hasta que me suspendieron el derecho a visitas semanales.

¿Cómo eran sus días en el pabellón de mujeres de la prisión de Evin?

Además de hacer manualidades, ejercitarnos y seguir rutinas diarias, la lectura era una de las formas más importantes de pasar el tiempo. Al llegar, propuse organizar círculos de lectura los viernes. Participaban unas treinta mujeres. También teníamos clubes de lectura más pequeños —de dos a cinco personas— formados por afinidades. Y, por supuesto, había lectoras solitarias.

Los libros nos ayudaron muchísimo. Uno de los más memorables fue En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, en sus siete tomos. Le tomé un profundo cariño a esa obra.

¿Cómo accedía usted a los libros en prisión?

Photo by ©Barbad Behravan

Recuerdo cuando Khashayar Deihimi —traductor iraní— donó su biblioteca personal a la prisión. En ese momento, su hija, “Nazanin”, ya fallecida, quien estudiaba teatro, estaba presa. Durante su estadía de cuatro meses, incluso montó la obra “La muerte y la doncella”, de Ariel Dorfman.
Aun así, incluso teniendo una biblioteca, siempre había títulos específicos que necesitábamos. Pedíamos a nuestras familias que los trajeran, pero las autoridades penitenciarias solían poner trabas para permitir el ingreso de los libros.

¿Recuerda usted algún incidente específico con las autoridades relacionado con los libros?

Sí. Una vez, cuando estaba por ser trasladada por motivos médicos, un agente de seguridad me preguntó: “¿De verdad lee usted todos estos libros?” Su pregunta me hizo reír. Quise responder: “No, ¡nos los comemos!”, pero hay personas con las que simplemente no se puede bromear. Así que respondí con calma: “Sí, por supuesto. Y ni siquiera son tantos libros—solo los que ustedes permiten. Apenas nos alcanzan por un rato.”

Leer en prisión es una experiencia única. Hay una concentración intensa: es como si el ruido del mundo exterior desapareciera. Está uno aislado, pero extrañamente en sintonía. Así que la calidad de la atención —y de la lectura— es distinta a todo lo que se vive afuera.

Usted ha recibido numerosos premios internacionales. ¿Cómo han influido estos reconocimientos en su trayectoria?

Tuvieron un impacto positivo. Recuerdo cuando se anunció el Premio Sájarov. Una mujer mayor en nuestro pabellón, que había sido mi clienta, volvió de la clínica y me dijo: ¡Usted y Jafar Panahi ganaron el Premio Sájarov!” Sabía que estaba nominada, pero no había escuchado la noticia final.

No teníamos teléfonos, las visitas eran limitadas y muchas veces a través de un vidrio, y la comunicación estaba muy restringida. Ella se enteró por el personal médico.

Momentos como ese muestran cómo la solidaridad internacional afecta a los regímenes autoritarios, obligándolos a reconocer la dignidad humana. A veces, ese reconocimiento incluso genera un respeto silencioso dentro del propio sistema. No se trata solo de mí, sino de las decisiones sabias y compasivas que toman las sociedades democráticas.

Recuerdo que Václav Havel, el fallecido escritor y estadista checo, también le rindió homenaje en 2010. ¿Afectaron estos respaldos la manera en que los funcionarios penitenciarios la trataban?

Cuando el apoyo de Havel se hizo público, yo estaba en confinamiento solitario —en la Sección 209 de Evin. Siempre había admirado profundamente sus escritos.

Ese día, me llamaron de forma inesperada para un interrogatorio—algo poco común. Durante el interrogatorio, uno de los agentes dijo: “¿Sabe usted que Havel expresó su apoyo?” Me quedé atónita. Instintivamente respondí: “¿Václav Havel?” El primer interrogador se volvió hacia el segundo y dijo: “¿Lo ve? ¡Le dije que sabía quién era Havel!”

Se sorprendieron de que reconociera su nombre, probablemente pensando que solo ellos conocían a figuras así. Pero ¿los premios cambian por completo nuestra realidad? No del todo. El verdadero cambio ocurre cuando lo generamos nosotras y nosotros —y ese momento aún no ha llegado. Cuando llegue, entonces me sentiré verdaderamente satisfecha.

Rola Zamzameh: Periodista sénior en la Comisión Europea y el Parlamento Europeo.
(Fotografías suministradas por Rola Zamzameh y autorizadas para su publicación gratuita en The Prisma)

Imagen de ©Katherine Krizek
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