La artista textil soviética Anna Andreeva (1917-2008) trabajó en la fábrica de seda Rosa Roja de Moscú desde la década de 1940 hasta la de 1980. Inspirada por la vanguardia rusa, principalmente por el movimiento constructivista, su obra rompió las divisiones simplistas entre el arte elevado y la artesanía.
Sean Sheehan
El movimiento constructivista, que tomó forma tras la Revolución de Octubre de 1917, concibió un nuevo papel para los «artistas-productivistas» dentro de la industria soviética. El arte produciría objetos de la vida cotidiana para la vida bajo el socialismo, en palabras del teórico constructivista Osip Brik: «Hay un consumidor que no necesita cuadros ni adornos y que no le teme al hierro ni al acero». Este consumidor es el proletariado. Con la victoria del proletariado llegará la victoria del constructivismo. La vanguardia rusa no es un término restringido a Rusia, ya que, aunque los artistas trabajaban en Moscú y San Petersburgo, también procedían de los países bálticos, Ucrania y Bielorrusia.
Este libro, “Collective threads”, cuenta la historia del movimiento y su influencia en el diseño y la producción textil, y su valor reside en reunir una gran cantidad de información, fotografías de los artistas e imágenes de los diseños que produjeron. Trabajaron, por ejemplo, en diseños para bufandas encargadas por el gobierno que se utilizarían como regalos para los ciudadanos soviéticos. También recibieron encargos de organizaciones como el Club de Trabajadores de la Energía de Moscú —«El comunismo es igual al poder soviético más la electrificación de todo el país» (Lenin)— y Andreeva incorporó patrones de torres de alta tensión en sus diseños.

A Andreeva le gustaba trabajar con patrones abstractos, a menudo con precisión matemática, y estaba influenciada por los estudios sobre cómo se comunicaba la información mediante máquinas, dispositivos electrónicos y el cerebro. El interés por la cibernética alcanzó su punto álgido en los años sesenta y setenta, y hay muchos ejemplos de su influencia en su obra.
La industria textil, que prosperó en la Rusia prerrevolucionaria como una de las más avanzadas del mundo, siguió experimentando y se mantuvo abierta a nuevas influencias. Andreeva jugó con el patrón «pata de gallo» o pata de perro, que forma parte de la familia de tejidos tartán escoceses y que adquirió connotaciones elitistas cuando Christian Dior lanzó el perfume Miss Dior en 1947. El perfume se vendía en frascos grabados con un estampado de pata de perro y su popularidad aumentó con el movimiento del arte óptico de los años sesenta.

El archivo de Andreeva permaneció privado hasta 2018 y este libro se basa en lo que se reveló cuando se hizo público. Confirma lo importante que era para ella la estética de la vanguardia rusa, su mandato de romper la división entre el arte y la vida. Su compromiso con este principio no se vio destruido por la burda imposición del realismo socialista por parte del estalinismo y la persecución de los artistas en la década de 1930. En palabras de uno de los colaboradores de este libro, ella «habita felizmente un momento totalmente antihéroico de la historia soviética… alejado de la ardiente retórica de la vanguardia de principios del siglo XX».
“Collective threads: Aanna Andreeva at the Red Rose Silk Factory”, editado por Christina Kiaer, ha sido publicado por Scheidegger & Spiess.
(Traducido por Camila Marquez) – Imágenes proporcionadas por la editorial











