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‘Amreeka’ y el rostro humano del exilio

La producción dirigida por Cherien Dabis sigue el recorrido de una familia palestina que busca reconstruir su vida lejos de Oriente Medio, en un relato donde la migración, la identidad y la dignidad ocupan el centro de la historia. Es una historia que sigue vigente.

 

Sergio Berrocal

 

Es una película que hay que ver como sea. Es la escenificación contemporánea de un calvario montado y patrocinado por la moderna Roma, con sucursal en Tel Aviv y cualquier lugar del globo donde vivir un poco es morir casi siempre.

Un calvario con palestinos a modo de pastorcillos e israelíes como pretorianos de la antigua Roma con Herodes y sus asesores.

Un calvario que en ‘Amreeka’ empieza precisamente en Belén, comienzo de todo, desde donde se divisa el maravilloso muro que los israelíes han construido para evitar “el paso de terroristas”.
Muna (Alia Shawkat, oasis para la felicidad) vive allí y no es terrorista ni nada que se le parezca.

Su única preocupación es conseguir buenos tomates para la cena. Harta de los controles siniestros que los israelíes han rehabilitado para hacer aún más difícil la respiración de los palestinos, decide marcharse a Estados Unidos con su hermana.

Cherien Dabis en 2025, Cannes. Foto de Kacy Bao WikiPortraits/ Wikimedia Commons. CC BY-SA 4.0 License.

Quiere poner a salvo a su hijo, pero al llegar al país de todas las oportunidades se da cuenta de que siguen siendo palestinos, eternos sospechosos de todos los terrorismos del mundo. Muna recorre su particular calvario entre el trabajo en una hamburguesería que en su imaginación, y para los más íntimos se transforma en banco (“tengo tres licencias y hablo dos lenguas y media”), y una voluntad de sobrevivir que puede con todo.

En esta película, cuya banda musical es maravillosa, Alia Shawkat es una mujer regordeta que se pasea por la pantalla, la ocupa, la piratea y te conquista. Es la mujer, espléndida, vital e idealista, que no tiene más verdad que la vida. Ella terminará rubricando su propia película cuando a los noventa minutos de proyección reúne en un restaurante de los alrededores de Chicago a toda la gente que ella quiere. Y que la quieren.

Lejos de Oriente Medio, en esta última cena de los inocentes no hay ningún Judas. Un nuevo Jesús judío, amable y sonriente, la preside como garantía de una felicidad cercana que los dos refugiados palestinos podrían alcanzar algún día. Si tienen suerte, claro.

(Fotos: Pixabay)

 

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