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 El sismo que sembró miedo e incertidumbre en Panamá

En Tonosí, Macaracas, Torio y Búcaro, la tierra dejó de temblar, pero el temor duerme en las plazas, las grietas atraviesan las carreteras y el agua potable es una de las principales preocupaciones de los habitantes de las comunidades más golpeadas por el terremoto que sacudió a este país centroamericano el 9 de octubre. 

 

Mario Hubert Garrido

 

A varios días del sismo, numerosas familias prefieren permanecer al aire libre, bajo carpas improvisadas o en casas de parientes, antes que regresar a viviendas cuyo estado de seguridad desconocen.

Cada nueva sacudida despierta el temor de que las paredes vuelvan a agrietarse o de que las estructuras dañadas no resistan otro movimiento.

El terremoto, estimado en magnitud 7,5 por el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá y en 7,7 por el Servicio Geológico de Estados Unidos, tuvo su epicentro en las proximidades de Tonosí, en el sur del país.

Su impacto se extendió a viviendas, carreteras, escuelas y servicios básicos, mientras las autoridades mantienen las evaluaciones para determinar la dimensión de los daños y las necesidades de la población.

Pero más allá de las cifras, el rostro de la emergencia aparece en las familias que abandonaron sus hogares, en los vecinos que recorren las calles en busca de agua y en quienes intentan mantener abiertos sus pequeños negocios pese a las dificultades.

Es la otra tragedia que sigue al terremoto: la de recuperar la seguridad, restablecer los servicios esenciales y reconstruir una normalidad que desapareció en cuestión de segundos.

En Tonosí, el epicentro de la emergencia, las noches transcurren lejos de la tranquilidad que ofrecían los hogares antes del desastre. En la plaza central, decenas de personas buscan refugio al aire libre, convencidas de que permanecer bajo el cielo abierto puede ser menos peligroso que dormir entre paredes afectadas por la sacudida.

Los habitantes recuerdan el viernes 9 de octubre como una jornada que cambió sus vidas. Muchos aseguran que nunca habían experimentado un movimiento telúrico de semejante intensidad y agradecen haber sobrevivido, aunque el alivio inicial convive ahora con el temor a las réplicas. En el paisaje afectado aparecen edificaciones que formaban parte de la vida comunitaria, entre ellas, una iglesia, un hostal próximo a su residencia y una escuela primaria que lleva el nombre de su padre.

Las imágenes de esos espacios dañados reflejan una pérdida que va más allá de los muros y los techos. La escuela representa años de enseñanza y las expectativas de nuevas generaciones; la iglesia, un lugar de encuentro; las viviendas, el refugio donde las familias construyeron sus recuerdos.

Cuando esos lugares dejan de ofrecer seguridad, también se altera la relación de las personas con su entorno.

El 11 de octubre, sin embargo, los habitantes intentaron recuperar una parte de sus costumbres. Los pocos feligreses que permanecían en Tonosí participaron en una misa al aire libre, en una escena que contrastaba con las carreteras deterioradas y la preocupación que todavía dominaba al pueblo.

La ceremonia no borró los daños ni resolvió las necesidades pendientes, pero permitió mantener un espacio de encuentro en medio de la incertidumbre.

Los habitantes intentan mantener abiertos sus negocios y sus casas, a la espera de que se restablezcan los servicios y puedan regresar con mayor seguridad a sus actividades habituales.

En Búcaro, la imagen era distinta, aunque el miedo tenía el mismo origen. Las puertas de las viviendas permanecían abiertas, tal como habían quedado cuando sus habitantes salieron apresuradamente durante el terremoto. En las calles, principalmente hombres recorrían la comunidad con recipientes en busca de agua potable.

Hoy, la incertidumbre continúa. PL

(Fotos: Pixabay)

 

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