Contribuyen a una economía que las ignora, que no les reconoce su esfuerzo, que las condena a la pobreza y las perpetúa en su atávico rol de madres-trabajadoras-domesticas, así también tengan trabajos fuera del hogar.
Como dice Caroline Sweetman “Los economistas feministas abogan por la importancia del trabajo no remunerado en el sostenimiento de las actividades económicas remuneradas”.
Por lo cierto es que la economía de mercado y los economistas ortodoxos ignoran las diferencias de género existentes en nuestra sociedad, pues basan sus estudios presuponiendo que existe una igualdad total entre hombres y mujeres y, por tanto, no hay género si no individuos.
Esto sería ideal, pero la realidad es otra pues sí existen diferencias de género social y económicamente.
La economía tradicional se basa en la economía del pago: precios, compras y ventas. Esta visión falla al ignorar el valor del trabajo no remunerado y que, sin embargo, está contribuyendo a la economía. Un trabajo en su mayoría realizado por mujeres. Y es que el homo economicus es asexual, es sólo un individuo que trabaja y genera riqueza, pero, citando a Oscar Wilde, se trata de “un hombre que sabe el precio de todo y el valor de nada”.
El hecho de ser madre tiene tanto peso que define a la mujer dentro de las sociedades. La mujer es por tanto madre y cuidadora. Mientras que los hombres tradicionalmente juegan el rol de proveedores. El rol de cuidadoras condiciona hasta tal punto que incluso los trabajos dentro del mercado laboral, esos que son remunerados, tienen que ver con ese papel. Típicos trabajos de mujer son los de profesoras, enfermeras, cocineras, costureras y aquellos que tiene que ver con “cuidar” a un jefe hombre como secretarias o administrativas.
Estos trabajos además, suelen estar peor pagados que aquellos típicamente de hombres. E incluso, a menudo tienen mala reputación.
Son esos trabajos que nadie quiere hacer porque son vistos como desagradables y los más bajos en la escala, tales como limpiadoras o dependientas o cuidadoras de ancianos y enfermos. Trabajos a los que se les mira como minadores de la autoestima y que muchas avergüenzan a quien los ejercen. Ni que decir si hablamos de la prostitución. Sin embargo, los trabajos que siempre han hecho las mujeres y de modo gratuito son los de la casa y el cuidado de la familia, sin horarios ni convenios, y “otorgado” por el hecho de haber nacido mujer.
En muchísimas culturas, si no todas, el matrimonio representa para las mujeres un contrato de trabajo de 24 horas los siete días a la semana y en condiciones de explotación casi esclavista.
Con la llegada de la globalización las mujeres se han convertido en un factor importante dentro de la economía de mercados, pues son la mano de obra ideal para las líneas de producción de industrias ligeras y servicios.
Especialmente industrias electrónicas que requieren de un trabajo repetitivo y destreza manual. Pero eso sí, con salarios bajos y malas condiciones laborales.
Podría parecer que el hecho de ganar un sueldo y entrar en el mercado laboral da más poder a las mujeres dentro de la sociedad.
Pero no es así. Se sucede el fenómeno de la supermujer. Ahora las mujeres tienen dos trabajos, el de cuidadoras y además proveedoras. Pues de su condición ancestral de cuidadoras no se libran. Pues al final la máxima responsabilidad de la familia recae sobre ellas.
Y habitualmente el sueldo de la mujer dentro de un matrimonio es considerado como dinero para gastos menudos, pues suele ser un sueldo más bajo que el del hombre. Así que las mujeres deben convertirse en supermujeres capaces de hacerlo todo. Es habitual que en las sociedades modernas las mujeres sufran de fatiga crónica y estrés, y no tiene nada que ver con ser el, desde luego mal llamado, “sexo débil”.
Pero así como las industrias “ligeras” están en auge, las industrias típicamente de hombres, como la construcción, están en declive. Esto puede hacer que en muchas familias el hombre no tenga trabajo y entonces sea la mujeres quien hace el papel de proveedora aportando el único sueldo a la familia.
Sin embargo, esto no hace más que frustrar al hombre que no entiende este cambio de roles, que se siente deprimido por no tener trabajo, y violento por el miedo a perder su estatus social. Así que a menudo se convierte en generador de la violencia domestica. Pues algunos antes de perder el poder prefieren mantenerlo por la fuerza.
Pero si hablamos de economía hay que tener en cuenta también el consumo. Sí, es cierto que las mujeres son mucho más consumistas que los hombres.
Pero es que las mujeres consumen para toda su familia, especialmente para su hijos, mientras que el hombre suele consumir sólo para si mismo y pensando en lujos o vicios. La economía feminista defiende que si las mujeres tuvieran el poder económico, éstas invertirían más en la educación y salud de sus hijos antes que en otras cosas. Y ya se sabe la importancia que tiene la educación para construir mejores sociedades. Pero las mujeres son más pobres que los hombres, de hecho representan el 70% de la población pobre del mundo. Y es un círculo difícil de romper, puesto que cuando una familia no tiene dinero para la educación de todos sus hijos casi siempre apostaran antes por educar al niño antes que a la niña, privando así a las niñas de la opción de entrar en la economía de mercado y el poder económico-social.
Este es el marco que los economistas feministas contemplan a la hora de realizar sus teorías.
Un ejemplo de su importancia es cuando un gobierno decide hacer recortes en educación, sanidad y ayudas sociales. Pues el trabajo no deja de existir, sino que las mujeres lo hacen de forma gratuita, e incluso, a menudo les ocupa el tiempo que podrían utilizar en un trabajo remunerado.
Así que parece que el gobierno estuviera ahorrando dinero, pero lo que realmente ocurre es que las mujeres se lo están regalando con su esfuerzo no reconocido. Contribuyendo a una economía que las ignora y no les reconoce su esfuerzo, a la vez que las condena a la pobreza.
(Fotos: Pixabay)












