Los nuestros, Multicultura

Cesc Massanas: en el alma de la ciudad diseñada y construida

Este joven arquitecto pasea sobre el Puente Millennium, mirando a Londres como quien mira un paisaje que tiene que ser dibujado.

 

Eugenio Blanco

 

Desde este mirador, es un escenario donde se entremezcla la tradición del ladrillo mojado e industrial con las nuevas geometrías de acero y cristal, que se han ido convirtiendo en edificios emblemáticos de la ciudad y que se dispersan por la City.

Cesc se aposta en las balaustradas del puente, como si supiera que algo va a suceder, y de pronto saca su cámara fotográfica y retrata un ángulo que llama su atención, una forma en la que antes no había reparado o un juego de luces sobre las azoteas. Después, se vuelve a inmiscuir en sus pensamientos sobre formas y habitabilidad, sobre diseño y funcionalidad. Pareciera que la ciudad se ha convertido en un puzzle de cemento en el interior de sus cávalas.

Se podría decir que la misma ciudad de Londres, su fisonomía y su imponente personalidad, está terminando de formar su manera de mirar la arquitectura. Este es, seguramente, uno de los tributos más íntimos que Cesc le debe a la ciudad de Londres, “a esta ciudad inmediata y provisional”, donde llegó en el otoño de 2009 para huir de la crisis española –como tantos- y para encontrar su futuro en alguno de sus múltiples y prestigiosos estudios de arquitectura.

Aprender a pelear

Cesc desembarcó en Londres presionado y confuso, después de abandonar Nueva York dejando una interesante propuesta de trabajo, de pasar la incipiente Gripe A y con una enorme incertidumbre.

Fue su novia, que ahora está España, quien tiró de él y le sostuvo anímicamente mientras él se pateaba la ciudad y la Red (la otra ciudad frente al espejo) presentado su curriculum y su portafolio. Tenía presupuesto para tres meses, tres meses fue lo que le dio a la ciudad para que le ofreciera su oportunidad; si la cosa no germinaba tenía que volver a España, que ya empezaba a ser un erial de ofertas para jóvenes arquitectos.

En esos primeros meses la historia de Cesc Massanas no dista mucho de la de tantos jóvenes que se acercan a Londres en busca de su oportunidad. Todo cuesta mucho o, como dice Cesc, “la ciudad te ofrece muchas cosas, pero te pide un enorme esfuerzo como contraprestación”. Londres, como ciudad que recibe a tantos extranjeros en busca de trabajo, ha desarrollado un enorme filtro que se basa en la paciencia y en el aguante de los que vienen. Esto hace, sin duda, que uno “se tenga que despabilar mucho y saber cómo luchar por su lugar”.

Después de dos entrevistas fallidas, de muchas no-respuestas, de darse cuenta que su inglés “no era tan expresivo como creía” y bastante dinero gastado llegó la oportunidad, justo cuando ya tenía decidido volver a casa. Foster and Partners, una de las firmas arquitectónicas mas afamadas de esta ciudad,  le llamó para una entrevista y una semana después le comunicaron que en unos días se incorporaba a la oficina.

Asegura que “la potencia visual de su portfolio” fue clave para que finalmente contaran con él.

Sin embargo, no todo estaba hecho. Si conseguir un trabajo de tanto prestigio ya era subir un ochomil, mantenerse en la exigencia límite de semanas con 90 horas de trabajo, era escalar el Everest.

Cesc aguantó el ritmo y la presión, se afianzó en el puesto y empezó a comprender las dinámicas de una empresa de esas dimensiones. “Una de las cosas que más he aprendido es comprender el proceso integral de la construcción, desde que se contrata un proyecto hasta que el edificio se hace”.

Además de arquitecto, Cesc tiene un marcado talento artístico que se expresa en algunos cuadros con los que ha llegado a ganar premios de pintura.

Reconoce que ahora no encuentra tiempo ni fuerza para pintar, pero que intenta desarrollar su creatividad en el estudio, “aunque no siempre es fácil porque tu idea tiene que pasar muchísimos filtros hasta generarse”. En la insistencia, asegura, está el éxito.

Diseñar una vida

Con casi dos años en Foster, Cesc se siente satisfecho con su vida en Londres. Vive en Finsbury Park, “una de esas zonas de Londres que parecen marginales, pero que no lo son” y se ha integrado bien con el ideario de la ciudad: hace footing en Clissold Park, va cuando puede al mercado de Borough y alguna copa en The Lexington se toma.

Le gusta la “heterogeneidad” de la ciudad y le inquieta el hecho de convertirse en uno de tantos que vinieron a Londres a abrirse una puerta para el futuro y se quedaron para siempre, posponiendo el regreso, eternamente, para el año próximo.

Sin embargo, defiende el espíritu de acogida y de oportunidad de Londres. Y lanza un aviso a los que quieran intentar la aventura londinense: “quien quiera venir que venga con las pilas cargadas y con paciencia”. Aunque asegura que no hay experiencia en Londres (en ningún sitio negativa), por complicada o frustrante que sea, porque “todo acaba sumando y sumando”.

Hay que anotar estas frases: lo dice alguien que conoce el alma de la ciudad representada en sus construcciones y que ha comprendido que en pocos sitios se simboliza mejor “el arte de buscarse la vida” que en la ciudad de Londres.

(Fotos suministradas por el entrevistado)

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