Esto lo fue descubriendo la fundadora de la casa, el día que para celebrar los cien años de un poeta mayor, mandó a hacer una escultura, en forma de laberinto de espejos.

Armando Orozco Tovar
En el patio de la Casa de Poesía “José Asunción Silva”, ubicada en el centro de Bogotá (Colombia) situó dicha escultura que – en la semana de celebraciones – rompió un niño visitante de un colegio, que se resbaló, cayendo de cabeza sobre uno de los paneles. Éstos se destruyeron, siguiendo uno tras otro el efecto dominó.
Las secciones quedaron hechas añicos sobre las losas de piedra en medio de un insólito estruendo a las once de la mañana, hora en la que entraba con paso seguro a su oficina para «administrarle los versos” a la poesía nacional.
Desde aquel momento del desastre de vidrio, la creadora de la Casa Silva (la poeta Maria Mercedes Carranza, quien se suicidara en 2003) empezó a padecer el síndrome del deterioro, el cual experimentaba en la medida en que desaparecían seres queridos y amigos cercanos. Su hermano y sus mejores amigas. Y un poeta loco atropellado junto a las olas.
Colombia sobre el mapa se volvió para ella mancha de sangre y desencanto, y cubría de escepticismo su poesía y la mostrada por otros.
Nada le parecía bueno o aceptable, viendo el cadáver de su país repleto de moscas.
Fue cuando escribió su poemario: “El país de las moscas”.
Un epitaikú, mezcla de epitafios y haikú, género que creó sin darse cuenta, con pocas resonancias, salvo la nota que escribía para la revista Lecturas Dominicales.
La casa se llenaba de luz con su presencia: Ordenaba, y hablaba con ternura o rabia sobre todas las cosas de este mundo, porque en el otro no creía. Organizaba concursos, premios nacionales, almuerzos para la junta directiva, reuniones con los más audaces creadores nacionales y extranjeros, los cuales ponía uno tras otro a competir, como en una vuelta ciclística lírica, donde nadie ganaba.
Siempre permanecía la sombra del poeta Silva en el espejo, un día desaparecido ante los ojos aterrados de visitantes y vigilante.
Los mendigos, que pasaban frente a la casa marcada con el número 13, la querían. Uno de ellos entraba semanalmente, cuando sabía que ella estaba en su comando de poesía, gritando: “¡Maríamercedes, estoy aquí!”
A él le llamaban “el científico” y era un habitante de la calle del cartucho.
Entonces, ordenaba se le atendiera en la Tesorería, situada junto a la fuente de piedra del patio posterior, repleta de monedas lanzadas al azar al agua.
A la casa patinada le cayó el tiempo, al igual que a su creadora: El miedo, la soledad, la desilusión, el escepticismo, y el desgaste mensual por el mal trato de la administración distrital de cultura, que debía responder periódicamente con salarios a la fundación. En La Casa se hacían y continua haciendo eventos culturales, y el llamado “¡Qué descanse en paz la guerra!” fue su testamento y último evento de batalla. Este cerraba el portón de la casa que había sido un inquilinato y que ella convirtió en morada poética hace 30 años, un 24 de mayo. Esa casa en donde – durante diez años – residió con su familia el poeta que se dio un tiro en el corazón y que nadie oyó.
(Fotos:Pixabay)











