Se mata a otro por gordo, flaco, bajo, alto, verde, amarillo, cobrizo, blanco, negro… o porque piensa, actúa o se mueve de manera diferente. Siempre hay una justificación para eliminarle, para dominarle o esclavizarle.
Cuando se realiza sin una justificación es por locura, y sólo tendrá una excusa psicológica.
Pero toda diferenciación del otro busca ejercer dominio, así se logre mediante la muerte, pues impide que el otro se le interponga en el camino para sus propósitos.
Y si el exterminado está solo, el botín será sólo para él. No tendrá que repartirlo con otros sedientos y hambrientos, como perros o gatos alrededor de su mesa.
En la antigüedad humana, un pueblo que vencía en su inferioridad a otro, no lo hacía por lo antes anotado, sino para ponerlos a trabajar como esclavos, puesto que la fuerza de trabajo del otro se podía utilizar de manera gratuita.
Así se construyeron pirámides y murallas, esas que se quieren atribuir a los extraterrestres.
El dominio del otro era utilitario, pragmático, muy diferente al que España ejerció primero con los aborígenes, y luego con los pueblos africanos.
Jorge Luis Borges, lo dice así en: “El espantoso redentor Lazarus Morell. Relato perteneciente a: Historia Universal de la Infamia: “En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se exterminaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas…”
Con el argumento Papal de que los aborígenes carecían de alma, se la restituyeron con la evangelización, por lo que éstos resultaban no muy útiles como objetos productivos. Entonces se dejó sin ese “soplo divino” sólo a los africanos, considerados animales de trabajo para todo tipo de labores productivas.
Esta vez fue notorio el contraste con la esclavitud antigua.
La diferenciación por el color de la piel de los africanos con la de los europeos tenía como fin la producción de bienes, y la concentración de riqueza material en manos de pocos dominadores: y era el oro la “vara mágica” capaz de transformar una cosa en su contrario, al igual que el ilusionista lo lograba.
Shakespeare muestra en Timón de Atenas “esta propiedad del dinero, que a ojos vista se presenta como un ente mágico inexplicable: “¡Oro! Precioso centelleante, oro rojo. Tanto de él hace blanco lo negro, hermoso lo feo, bueno lo malo, joven lo viejo, valiente al cobarde, noble al ruin…”
l oro fue y será en la sociedad moderna el catalizador de las justificaciones raciales… Un pretexto para matar o esclavizar al otro. Antes el color de la piel no lo era.
Se discriminaba al negro del Chocó en Colombia, del Pacífico o de cualquier otra parte.
Y hoy ocurre no tanto por su color, sino porque está parado sobre riquezas. Por tanto oro oculto en el subsuelo debajo de sus pies se le discrimina…
Si el territorio, habitado fuera yelmo de abundancias para el gran capital, ser negro no tendría tanta importancia. Ni se les trataría con indiferencia ni se les marginaría como pueblo condenándolo a una miseria eterna, poniéndolos a morir con limosnas como hoy se le hace a Haití.
Seguramente por eso es que los negros sacaron a relucir sus orígenes africanos, como diciendo: “Se nos invisibilizó por nuestro color. Pero no somos de aquí sino que fuimos traídos a la fuerza de nuestras lejanas tierras africanas… por lo tanto somos: “Afrodescendientes…” Adjetivación étnica esgrimida como un escudo defensivo.
El “demonio” del racimo está inserto en la psiquis colombiana, hasta el punto de que un negro es capaz de gritarle a otro a su cara: “¡Negro, sal de mi camino!”, o que alguien diga: “No voy a esa tierra porque hay muchos negros.”
Frases como la de una bogotana de clase media que, al no ver aparecer oportunamente a los hombres encargados del aseo de su cuadra, dijo: “Los indios no vinieron a limpiar la calle…”
Sólo realizando un gran exorcismo, al igual que lo hacen en las iglesias, se sacaría al diablo del racismo de la enferma alma nacional.
(Fotos: Pixabay)












