Preparando los platos de su tierra natal, ella tiende una mano a sus compatriotas y deleita con gastronomía colombiana a los londinenses.
Marcos Ortiz F.
No perderá la sonrisa en ningún momento, ni siquiera cuando recuerde el día en que dejó a sus hijos de 8, 10 19 años en Colombia para probar suerte en Londres.
“Es la decisión más difícil que he tomado en la vida”, recuerda de ese día del año 2000 en el que cerró las maletas en su natal Buenaventura. María Luisa Riascos, hoy de 53 años, tenía 35 cuando cruzó el océano por primera vez para sumarse a su hermano, quien ya vivía en el Reino Unido. “Encontrar un trabajo nuevo después de los 30 años era algo muy difícil en mi país. Siempre que buscaba me preguntaban mi edad y la respuesta era no”, asegura.
En Colombia había trabajado repartiendo documentos, cartas y paquetes a pie entre diferentes clientes y se había negado decididamente a trabajar haciendo aseo en hogares. Ahora su idea era ahorrar 3 o 4 años para luego regresar.
El primer shock llegó al aterrizar en la capital británica. “Siempre pensé que habría discriminación hacia los negros, pero lo primero que vi al llegar al aeropuerto fue gente muy parecida a mí”, recuerda.

María Luisa no hablaba ni una palabra de inglés, pero aun así logró conseguir sus primeros trabajos. “Terminé haciendo lo que nunca quise hacer en Colombia”, recuerda. Haciendo limpieza dos horas por la mañana y otro par por la tarde, comenzó a ahorrar sus primeras libras. Con el tiempo, se sumaron más horas diarias.
Ya casada con un portugués, sus hijos pudieron seguir sus pasos y llegaron a Inglaterra.
María Luisa vivía una vida austera y es así como dejó de hacer lo que no quería y comenzó a vender café, buñuelos y pandebono –una de las especialidades del Valle del Cauca– en mercados de la ciudad. Los sabores colombianos tenían gran aceptación entre los londinenses y la creciente colonia latina que se arremolinaba en torno a zonas específicas de la ciudad.
El salto definitivo llegó el día en que logró instalar un pequeño negocio de comida en los alrededores de la estación Elephant & Castle, al sur de la ciudad. Humilde pero siempre bien atendido, el lugar era poco más que una barra sobre la que se servían especialidades de su país.
La demanda fue creciente y al poco tiempo sus ahorros le permitieron adquirir el espacio adyacente, entonces dividido en 10 mini-negocios. María Luisa derribó las divisiones y creó La Barra, un restaurant en el que los clientes llegan en grupo a probar las delicias colombianas. “La especialidad es la bandeja paisa”, asegura ella sin falsa modestia.
Sus hijos ya son mayores y trabajan y estudian. Detrás de la caja, María Luisa intercambia una mirada cómplice con su yerno venido de Bogotá, el mismo que la instó a compartir su historia. Él es uno de los cuatro colombianos que trabajan aquí durante la semana, cifra que se duplica los sábados y domingos. “Todos ellos son colombianos; es la manera que tengo de dar la mano a gente que llegó igual que yo”, afirma. La sonrisa amable de María Luisa sigue ahí.
(Fotos: Pixabay)











