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Elogio al olvido

Los fanáticos hinchas de todas partes no sólo de aquí de este país de locos, violentos, apasionados… sin pasión, quieren verse reflejados en sus heroicos personajes del balón, aunque al día siguiente ya no se acuerden de nada.

 

Armando Orozco Tovar

 

El olvido debía estar en la letra del canto nacional: “¡Oh, olvido inmarcesible!, ¡Oh, olvido inmortal…! También en el máximo rezo: “Padre olvido que estas en los cielos…” En las palabras amorosas: “Te quiero olvidito.” (No burrita, como dice Jattin.)

En todo debía estar el olvido con mayúscula: En las escuelas para dejar pronto de lado tanta tontería inútil como se enseña y ensañan con los pobres sin luz. Sin esa otra memoria que es el olvido no se podría vivir. ¡Qué tal estar recordando el gol de anteayer!, la camiseta desteñida del año pasado… esa que vestiré mañana. La brutal patada que dieron los kamikazes al chibcha de cara oriental, confundiéndolo con uno de ellos.

Todos jugaban igual pero los de acá olvidaron los pases, remplazándolos por la cumbia tan, conocida por ellos, porque “meter la pelota”, que es de lo que se trata en esta traba colectiva, siempre se les olvida a último momento. Es como si el balón del ánimo se desinflara en el soplo preciso de la celebración.

El mundo no es más negro que cuando se estuvo contento. El olvido impide con sufrimiento recordar la dicha…

¡Qué tal, que no fuera así! Viviríamos siempre como dentro de una tribuna de estadio, viendo jugar, ganar y perder al equipo.

Somos afortunados, pues también olvidamos el primero y último amor, para comenzar de nuevo a recordar junto a una botella el penúltimo beso. Porque todas las cosas buenas están hechas de la sustancia para olvidar, que los antiguos llamaban Nepentes.

No sé si a la mujer le ocurre aquella sensación, experimentada a cierta edad, cuando uno recuerda que desaprovechó la oportunidad del instante: “En noches como estas la tuve entre mis brazos, la besé tantas veces bajo el cielo infinito…” ¡Carajo, pero no hicimos nada! La vida no es más que un continuo olvido. Porque qué tal estar memoriosos eternamente enfundados en la camiseta, (de todos los colores) que no llegó al polvo del gol, porque durante la jornada tiró en vano todas las pelotas a la nada.

El olvido es el Alzahimer de los santos… ¡De todos los Santos! En un país desmemoriado amado por los dioses olvidadizos de su creación a la deriva.

Así es con todo. El olvido existe hasta con las estatuas en los parques de los héroes independentistas. Que como van las cosas serán remplazados por los futbolistas, que dieron fama y felicidad al desmadre nacional.

Lo malo será que por causa de tanto olvido, cuando en el futuro se le pregunte a alguien: “¿De quién es aquel broncíneo monumento?, alguien responda: “De Simón Bolívar… Aquel gran jugador, que fue de la Selección, dándonos tanta gloria en el remoto mundial del 2014.

(Fotos: Pixabay)

 

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