Anteriormente viví una experiencia “normal” de depresión, una variación de la línea recta. Pero para mí la línea recta, lo “normal”, siempre ha estado por debajo de lo que es normal para otros.
Steve Latham
Sin ser autocompasivo, la maldición continua del depresivo, diría que la felicidad me ha esquivado.
Sufro los mismos pequeños altibajos que otros, pero siempre a un nivel por debajo de lo que otros parecen experimentar como su “normal”. Estoy “triste” constantemente.
Además, nunca experimento los altos. En toda experiencia placentera existe una oscuridad inherente. Sin embargo, aunque soy lo que se llama “anhedónico”, incapaz de sentir placer, el hedons, no obstante, misteriosamente, aún experimento “bajos”.
Siendo incompetente, por debajo de lo “normal”, nunca verdaderamente feliz, puedo caer en una depresión severa, cada varios años, que dura varios años a partir de entonces.
Así es cómo aprendí a explicar mi experiencia de vida continua a aquellos que están suficientemente interesados en escuchar, ante sus ojos vidriados por el esfuerzo de atender a un individuo malhumorado y sensiblero.
Pero recientemente he escuchado esta palabra, que me ha ayudado a entender lo que he sentido repetidas veces en la vida
La palabra es “distimia”: desánimo. Esto lo hace ver como algo menos serio que la “verdadera” depresión. Y en efecto, los síntomas, en cualquier cuestionario utilizado para diagnosticar la depresión, puntuarían menos alto.
Sin embargo, la diferencia es que esto es un desorden “crónico”, y no “agudo”. Esto es que la distimia es a largo plazo, y no episódica. Puede que sea permanente. Puede que el que la sufre siempre se haya sentido de esta forma, e incluso puede identificarla con su sentido de identidad; es parte de quienes son. Pero su experiencia no termina allí.
Lo que les detiene a reconciliarse y a ser simplemente miserables cascarrabias que sin embargo sobrellevan la vida, es que la distimia también desemboca en depresión clínica.
Su condición, no obstante, es diferente a la de los que sufren de forma “normal”. El peligro es la pérdida de esperanzas.
Las personas que caen en depresión desde una experiencia de vida normal pueden recordar cómo era la vida antes y, por lo tanto, pueden concebir la posibilidad de volver.
Para el distímico no hay retorno. Su “normalidad” es, después de todo, depresiva. Entonces ¿a qué se puede volver?
La depresión es una realidad definitiva. Es ontológica. No hay nada con la que contrastarla. Solo existe la capacidad mayor o menor de afrontar de forma existencial el sufrimiento y la desesperación.
Esto no ayuda, en el sentido de curarse o de pensar en una escapatoria de la depresión, cuando la mente se nubla.
Todavía existe la misma disipación de cualquier capacidad para aplicar de forma constructiva lecciones de terapias cognitivo-conductuales, u otras lecciones de vida. Todo se va por la borda.
Paradójicamente, las técnicas psicológicas, como la terapia cognitivo-conductual, el pensamiento positivo, etc., solo funcionan cuando la mente está despejada y es lo suficientemente fuerte para tomar control y pensar con claridad. Pero lo que este concepto simple me ha permitido hacer es situarme en un continuo. ¿Quién lo diría? Mi depresión es “algo”. Tiene un nombre. Entenderla es la clave para sobrevivir.
(Traducido por: Julio César Ruiz Jiménez, – Email: Julio7rj@gmail.com) – Fotos: Pixabay











