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¿Una respuesta divina al mal?

El filósofo escocés David Hume (1711-76) planteó la cuestión de forma bastante contundente: Si Dios es todopoderoso, y ama, entonces es imposible que exista el mal. ¿Debemos entonces estar de acuerdo con Charles Baudelaire en que “si hay un Dios, entonces es el diablo”?

 

Nigel Pocock

 

David Hume fue un producto de su tiempo, como lo somos todos. Esta época incluía el calvinismo, y la opinión de que, para que Dios fuera Dios, su “omnipotencia” significaba que debía tener el control “soberano” de todas las cosas; no tener el control total, no era ser Dios.

Así, el genocidio (mucho en la Biblia hebrea) aparentemente ordenado por Dios, aunque a través de agentes humanos, como Josué y otros, es una expresión de este poder, como lo son los genocidios modernos de Hitler, Stalin, Pol Pot, la trata de esclavos afro-caribeña, y todas las demás atrocidades antes y después. Podríamos simpatizar con Hume en lo que respecta a una Deidad tan atroz.

Los cristianos siempre han enseñado que deben comenzar con Jesús como la expresión misma de cómo es Dios. Lamentablemente, lejos de “amar a tus enemigos”, como enseñó Jesús, se ha hecho lo contrario. Al igual que la enseñanza de Jesús de ser “pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios” (es decir, compartir el carácter de Dios), su modelo de papel como “uno que no vino a ser servido, sino a servir”.

Ha habido muchas excepciones, en virtud de su propia humildad no conocida. En cambio, los llamados cristianos que tenían hambre de poder, aplastaron la misma ética y estilo de vida que Jesús enseñó. El ministerio de Jesús estuvo marcado por la preocupación por los pobres y los oprimidos, y de hecho estuvo de acuerdo con Baudelaire cuando se refirió a los poderes religiosos como “hijos de su padre el diablo”.

“Habéis oído decir, pero yo os digo”, podría sonar poco impresionante, hasta que nos damos cuenta de que lo que Jesús está reclamando es una autoridad mayor que la de la Biblia hebrea, el Antiguo Testamento cristiano.

Esto fue escandaloso para los poderes religiosos, y lo que, finalmente, llevó a la muerte de Jesús por crucifixión. Fue la acusación oficial de que Jesús se había “hecho igual a Dios”.

Los primeros seguidores de Jesús entendieron que Jesús era la expresión misma de cómo es Dios. No un déspota dominante, el jefe de uno de los regímenes religiosos más autoritarios que el mundo haya visto, un Torquemada (1420-98), un Gran Inquisidor, sino todo lo contrario. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre [Dios]”, dijo Jesús. “En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron creadas por Él, y sin Él nada fue creado… En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron”.

Así escribió un discípulo de Jesús, que se describió a sí mismo como “el discípulo a quien Jesús amaba”.

¿Qué es entonces Dios, sino el Siervo ejemplificado en la vida de Jesús?

¿Aquel que rechazó los adornos y la práctica del poder abusivo, y que, sin embargo, tenía tanto poder que las autoridades religiosas no pudieron deshacerse de Él lo suficientemente rápido?

¿Qué es, entonces, la vida de Dios, sino la de iluminar las tinieblas espirituales y morales, para exponerlas como lo que son? El Nuevo Testamento afirma que Dios no puede “negarse a sí mismo”.

En el mismo lugar, leemos que “Dios es amor”, y que “el amor no busca su propio camino”. Se trata de un amor no coercitivo, que busca por medio de la persuasión, no de la fuerza, atraer a las personas, por toda la eternidad. Jesús es, como leemos, kenosis, alguien que “se despoja de sí mismo para ser como un siervo”.

En esto, tenemos una respuesta a David Hume. Dios no es todopoderoso en el sentido de que pueda hacer cualquier cosa. Esto es contradictorio. No puede contradecir su corazón de siervo. Este corazón de siervo es una expresión de un amor específico que quiere una relación libre, y, en esto, las personas son libres “para obrar su propia salvación”. Esta es la respuesta al mal.

El crítico preguntará, con toda legitimidad, “¿Y el mal disteleológico? Es decir, ¿el mal que surge (literalmente) de acontecimientos como los terremotos? Eso es para otro artículo.

Lectura recomendada: Thomas Jay Oord (editor) (2009). “Creation made free: open theology engaging science”, Eugene, Wipf & Stock.

(Traducido por Mónica del Pilar Uribe Marín) – Fotos: Pixabay

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