Globo, Mundo, Reino Unido

China, capitalismo de marca propia

El desarrollo material de China, o sea, el impulso de sus fuerzas productivas es innegable y es uno de los elementos principales que quita el sueño a los capitalistas del mundo.

 

Juan Diego García

 

Los partidarios del capitalismo, están sorprendidos de ver a la otrora China atrasada y humillada por el colonialismo occidental y el fascismo nipón, convertida hoy en la segunda potencia mundial, con una dinámica económica y tecnológica que le asegura pronto el primer lugar dentro del concierto mundial. Dicen que ocurre bajo una forma capitalista propia, pero capitalista a fin de cuentas.

Por el contrario, para quienes aspiran a sustituir el capitalismo por un orden social esencialmente diferente, el acontecimiento es igualmente significativo pues la República Popular China sería la posibilidad de generar ese nuevo orden con un impacto mundial decisivo, si allí se mantiene la base socialista del sistema.

China resulta ser el referente estratégico en el debate dadas sus dimensiones en todos los órdenes de la misma manera que desde otra perspectiva lo son para la izquierda del mundo Cuba, Viet-Nam o Corea del Norte, que se declaran socialistas aunque guardando muchas diferencias que entre ellos.

Pero China es un país continental con un peso específico muy alto en el orden mundial. Los otros son países modestos de la periferia del sistema que, pese a sus innegables avances, continúan siendo economías complementarias del sistema mundo.

Pero hay que reconocer que en algunos aspectos claves han conseguido avances significativos en su desarrollo material.

En el caso de Cuba, además de sus avances en sectores como salud, educación e investigación científica, se propone avanzar en la transformación radical de la cultura, impulsando nuevos valores de inspiración comunista clásica.

La pregunta clave sobre China se refiere, entonces, a la naturaleza misma de su sistema. Algunos opinan que allí se ha implantado una nueva forma de capitalismo de Estado, pero de capitalismo a fin de cuentas, con un régimen político ajeno al ideario liberal clásico de Occidente y más cercano a las formas tradicionales del autoritarismo asiático. Otros afirman que, si bien se reconoce que hay algunas formas de ese capitalismo de Estado, el llamado “socialismo de mercado” está lejos de ser una nueva forma de capitalismo puesto que China satisface de lejos las condiciones básicas que definirían un sistema socialista.

En efecto, los resortes fundamentales de la economía permanecen como bienes públicos, como propiedad socia. Además, una buena parte de los productores (sobre todo del campo) están organizados en formas cooperativas y comunitarias que, en principio, no son necesariamente contrarias a un orden socialista.

El debate es sobre la manera como estas formas de propiedad privada, se pueden instalar en un tejido económico y laboral en el cual predomina precisamente el régimen socialista.

Las empresas chinas de propiedad privada (la nueva burguesía local) no resultan decisivas para el funcionamiento de la economía global. Están sometidas a múltiples controles del Estado y funcionan entonces como un complemento útil y aprovechable para el conjunto de la economía.

Las áreas llamadas “áreas especiales” en donde se ubican las empresas extranjeras están igualmente sometidas a un control estatal bastante seguro y, para China, han sido una ayuda muy importante en determinados sectores.

Estas empresas extranjeras se comprometen a compartir sus avances tecnológicos con China, de forma que después de un tiempo se podría prescindir de ellas sin tener que afrontar pérdidas considerables.

El ideario del Partido Comunista , de sacar a su país del atraso, la miseria y la humillación según un modelo socialista está entonces plenamente satisfecho si se toman en consideración estas premisas que definen a la República Popular como un sistema socialista.

Eso sí, tienen características muy particulares, como siempre lo han sido las experiencias del socialismo que funcionó en el siglo pasado.

Pese a los elementos comunes de estas experiencias socialistas en Europa, Asia y Cuba, es posible (y sobre todo muy necesario) registrar diferencias muy significativas nacidas de las condiciones concretas de cada país y de las circunstancias que llevaron en cada uno de esos ellos a la derrota de la burguesía local y a la instauración del socialismo.

En realidad, el desarrollo material de China, o sea, el impulso de sus fuerzas productivas es innegable y es uno de los elementos principales que quita el sueño a los capitalistas del mundo.

Su proceso de industrialización ha sido imponente: se llevó a cabo en poco más de una década tras el Gran Salto Adelante (con todos los errores inevitables y los enormes sacrificios que supuso para una generación entera) mientras en la URSS tomó al menos veinte años, y en ambos casos, mucho menos que en Occidente que necesitó más de un siglo.

Los avances tecnológicos de China en todos los órdenes son evidentes (cibernética, robótica, energía nuclear, tecnología espacial, farmacéutica, etc.) y, por supuesto, es elevado el gasto en armamento sofisticado, que aunque menor que el realizado por el capitalismo mundial, le permite a China no someterse al chantaje nuclear o de otro tipo, tan propio de Estados Unidos y sus aliados.

Los datos sobre disminución de la pobreza material son igualmente innegables y según la decisión de su Congreso del Partido, antes de una década toda su población estará gozando de un bienestar material suficiente.

Vale aquí la pena enfatizar en un aspecto clave: ese bienestar material no debe igualarse al consumismo enfermizo tan propio de las sociedades capitalistas, un consumismo que siempre va acompañado de desigualdad y pobreza, de una producción incontrolada y de un daño inmenso sobre las personas y la naturaleza.

Pero a pesar de esta indicación del nuevo plan de desarrollo que el impulsan el partido y el gobierno chinos, se echa de menos un énfasis mayor en la idea socialista de ganar la batalla de la cultura, la necesidad de superar la cultura capitalista, el individualismo y la insolidaridad para construir en su lugar un mundo armónico basado en la igualdad, la ayuda mutua y la solidaridad.

No hay un énfasis suficiente en el objetivo de superar la “falsa consciencia” e impulsar la “consciencia verdadera” que inspiraba originalmente la Revolución Cultural de Mao y que fue, en el fondo, la misma idea transformadora que impulsaron los bolcheviques rusos al inicio de su revolución pero que se postergó por la urgencia de otras tareas (las materiales).

Se tiene entonces la tentación de comparar dos salidas similares en ambos procesos: la NEP soviética y Stalin, y el rumbo dado a China a partir de las reformas de Deng Xiaoping (Reforma y Apertura).

Probablemente en ambos casos las condiciones no estaban maduras para el cambio radical de la cultura; ¿lo están hoy? Ese sería un desafío apasionante.

(Fotos: Pixabay)

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