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Ensayos de distinción

Elizabeth Hardwick no utiliza clichés ni escribe con condescendencia. Tiene su propio estilo y si un supuesto ensayo de Hardwick resultara haber sido creado por la IA, probablemente la literatura habría llegado a un callejón sin salida.

 

«Mujer joven leyendo» de Jean Honoré Fragonard. Wikimedia Commons. CCO License..

Sean Sheehan

 

En «The art of the essay», la primera pieza de «The uncollected essays of Elizabeth Hardwick» se refiere a «la firma personal del solista que fluye a través del texto» y su propia voz muy distintiva se escucha en estos ensayos.

Nacida en 1916 en Lexington, Kentucky, creció con personas que «se imaginan a sí mismas sureñas, se imaginan a sí mismas blancas» en la cariñosa creencia de que ésta es una respuesta a la pregunta de quiénes son.

Ella los ve como los aztecas con su dios pájaro – «profecías que traían dolor incesante eran sin embargo un consuelo diario»- pero esto no agria sus recuerdos.

Su recuerdo del lugar roza la melancolía, en sintonía con la «música tranquila y triste de la humanidad» de Wordworth, imperturbable ante la banal mediocridad de la ciudad.

Maine era un lugar al que le gustaba escaparse, respondiendo a su lento despertar primaveral y encontrando «un remanente puritano en sus placeres»; aprende que «se puede esperar – y también se puede prescindir».

Hardwick se fija en la enigmática presencia que poseen determinados individuos: Faye Dunaway en la pantalla -piensa en Chinatown– «crea desasosiego, una dislocación de los sentimientos» por la forma en que la actriz atrae la atención a través de la negación: «Por lo que no es»: un rostro liso y plano; unos ojos que se resisten a la empatía del espectador; una voz que dice muy poco («muchos silencios, sombreros negros»); «que expresa una soledad insólita, antirromántica».

«The Émigré», un ensayo sobre las contribuciones a EE.UU. de los inmigrantes, fue escrito en 1983 y da un peso sombrío a su uso de la palabra «raro» en su frase final: «Lo que les ofrecimos y lo que recibimos a cambio se logró con un raro equilibrio histórico y humano».

Tres años más tarde, compone un desprecio visionario del racista sureño George Wallace: «Su retórica es astuta para comprender el resentimiento, pero no promete nada salvo el placer de ganar una pelea de bandas».

Entiende el atractivo del populismo, aprovechando las vidas descontentas e infelices: «Alguien tiene que responder por la falta de alegría».

Entiende el valor de la rutina y la repetición: sin ellas, cada nuevo día sería testigo de «una agotadora necesidad de descubrimiento y experimentación», y la mayoría de nosotros, supone, «no podríamos soportar levantarnos sin el suspiro de una bendita monotonía que nos lleve durante parte de cada hora».

Foto: Pixabay

Pero no cuando nos lleva a tener ideas fijas de nosotros mismos y de los que nos rodean. Pensar que ‘lo tenemos todo bien y colocado para siempre’ -dice alguien cuyo marido durante 23 años la abandonaría abruptamente por otra mujer- ‘es la muerte'».  Hardwick no murió de un corazón roto y le sobrevivió 30 años.

«The uncollected essays of Elizabeth Hardwick», editado por Alex Andriesse, ha sido publicado por New York Review of Books.

(Traducido por Moncia del Pilar Uribe Marin) –

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