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Amor y heridas heredadas a través de la migración

La pandemia y el duelo atraviesan “Fried fish and plantain”, el cortometraje del cineasta canadiense de origen ecuatoriano Paul Daniel Torres. A través de dos jóvenes de Toronto, la película explora los vínculos afectivos y las huellas que la experiencia migratoria de una generación deja en la siguiente, mientras el director reflexiona sobre el colonialismo y el privilegio.

 

Pablo Muñoz

 

La literatura ha explorado de distintas maneras los efectos de la separación en los vínculos humanos. En “La Odisea”, la prolongada ausencia de Odiseo pone a prueba su relación con Penélope antes de su reencuentro. En “1984”, la tortura destruye el amor de Winston y Julia. En “De ratones y hombres”, la muerte accidental de la mujer de Curley precipita la ruptura definitiva del vínculo entre George y Lennie.

Pero las separaciones y las pérdidas no están confinadas a los libros. Durante la pandemia del Covid-19, las medidas de aislamiento y el miedo al contagio dificultaron el contacto personal. Quienes vivían lejos de sus países de origen sufrieron la ausencia de sus familiares y de sus seres queridos, tanto de aquellos que estaban lejos como la de sus vecinos en su nueva ciudad. Y así lo vivió la diáspora latinoamericana.

De esas vivencias, y de las preguntas que suscitan sobre los vínculos afectivos, surge “Fried fish and plantain”. Ambientado en un Toronto pospandémico, el cortometraje dirigido y protagonizado por Paul Daniel Torres explora la experiencia de los hijos de migrantes latinoamericanos, cuyas vidas están marcadas por las pérdidas y por la herencia emocional de la generación anterior. Pero, sobre todo, busca responder una pregunta difícil: ¿cómo amar después de la pérdida? Marisol y Willy, dos jóvenes protagonistas, se reencuentran en un paseo y tratan de descifrar lo que queda de sus vínculos tras esa experiencia.

Durante la primera edición del London Latino Film Festival, que tuvo lugar entre el 2 y EL 6 de octubre de este año y en el cual fue presentado el cortometraje, The Prisma entrevistó a Paul Daniel Torres para ahondar en la experiencia de quienes heredan la historia migratoria de sus familias sin haber migrado ellos mismos.

¿Por qué usar el Covid para su creación artística?

Es una experiencia conjunta, así que crea un tema universal. Todos vivimos el Covid. Un gran acontecimiento global inspira diferentes historias, como lo hace la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo. En el Covid, algo por lo que ha muerto tanta gente y por lo que la vida de tantos ha cambiado, todo el mundo tiene una nueva percepción debido a esos cambios que han pasado debido a la pandemia. Necesitamos tener un rato en el que reflexionar sobre lo que fue, no podemos ignorarlo.

Habla de cambios en los sentimientos y las vidas ¿Qué bagaje emocional arrastra un inmigrante latino de segunda generación?

En los inmigrantes de segunda generación, como los protagonistas de mi corto, existe un bagaje emocional extra que viene de los padres. Todos los padres intentan hacerlo lo mejor posible cuando te traen al mundo, pero sigue habiendo cosas que no hicieron bien. Así que ellos también cargan con su propio bagaje y con el de sus padres.

Emma (que interpreta a Marisol) y yo somos canadienses, pero también enfrentamos diferentes tipos de racismo. Somos canadienses legalmente, pero tenemos una forma de ser latina. Los canadienses son más callados, más “polite”.

Los latinos hablan con mucha más pasión. Nosotros amamos intensamente y sentimos las cosas intensamente. Cuando algo nos gusta, cuando nos gusta de verdad, lo expresamos con voracidad.

Pero aun así existe un cierto trauma intergeneracional.

Mi padre llegó a Canadá porque la industria canadiense tenía un monopolio en la industria del oro, la madera, el café y el chocolate en Ecuador. Así que yo soy de donde soy debido al colonialismo. Soy producto del colonialismo, pero, al mismo tiempo, al ser canadiense, soy beneficiario de ese colonialismo.

Desde mi experiencia de inmigrante de segunda generación, no he tenido que luchar como hicieron mis padres. Tengo el privilegio de ser capaz de entender las cosas de otra manera.

Además, no tengo hijos que cuidar.

Puedo preocuparme por pensar: ¿cuál es mi responsabilidad como hijo de inmigrante? Somos el producto de la colonización, sí, pero también nos beneficiamos de ella, así que ¿qué vas a hacer con ese privilegio?

Yo tengo el privilegio de poder alzar mi voz por los derechos de los pueblos indígenas en Canadá y por lo que está pasando en Sudán, en el Congo y en Palestina. Pero estamos en el corazón del imperio.

Como inmigrante de segunda generación, mi bagaje pasa por tener la perspectiva del oprimido y del opresor. De esa perspectiva nace la necesidad de reflexionar y de entender la responsabilidad de uno mismo y qué papel desempeña.

El trauma intergeneracional en las familias migrantes tiene su raíz en el colonialismo, así que tenemos que entender nuestro papel en la colonización y la descolonización.

Ese tipo de reflexiones, desde una mirada más joven, parece colarse a través del lenguaje en el cortometraje ¿Por qué es importante para la cultura actual que los artistas modernos introduzcan en sus creaciones lenguajes, modas y percepciones contemporáneas?

Esa inclusión te da un retrato de cómo es ser un joven en este momento. Te muestra los intereses de la gente, de los jóvenes. Te muestra lo que estaban haciendo entonces, en esa época. A veces queremos que las cosas sean atemporales, que no pase el tiempo, pero el arte no funciona así. El arte es un reflejo de lo que sucede alrededor en la época en la que se produce, especialmente en lo que respecta a la gente joven. En mi cortometraje incluyo terminología astrológica porque la gente joven utiliza este lenguaje. Para mí es como incluir una pequeña cápsula del tiempo. Poder decir, a través de cosas hiperespecíficas como esa: “Esto es lo que estaba pasando.”

¿Y mostrar dualidad en roles de género?

Una relación, ya sea de amistad o romántica, es como ser un equipo. A veces te toca de defensa, otras de delantero. Yo no creo en los roles de género; los cuestiono. En una relación uno tiene que aportar sus puntos fuertes en beneficio del otro, centrarse en el otro más que en uno mismo. La masculinidad tóxica no hace eso; hace lo contrario. Se centra en sí misma. Es en situaciones como esas que se causa dolor a los demás.

Es como pensar que un hombre tiene que ser fuerte. Eso es una muerte por mil cortes. Me gusta la subversión introducida en la película, en la que Marisol toma el rol del cuidado físico y Willy, el del cuidado psicológico.

La pandemia separó, en cualquier caso, a la gente e impidió el cuidado tanto físico como psicológico de muchas personas.

¿Por qué cree que es importante el contacto humano?

Cuando comencé a escribir la película, siempre quise que acabase en un abrazo y no en un beso. Un abrazo es algo mucho más íntimo. Es algo cálido. La intimidad física es importante para compartir mutuamente la luz que cada uno lleva dentro. Es así como se siente un abrazo. Es por ello que se siente incluso más vulnerable un abrazo que un beso. Cuando besas hay pasión o momentaneidad. Un abrazo toma tiempo, un tiempo en el cual hay cosas que se dicen sin decir.

Abrazar a alguien que está triste o está llorando es algo que beneficia a los dos: al que da el abrazo y al que recibe ese abrazo. En los brazos de alguien te puedes sentir seguro y también te puedes dejar llevar.

En esa seguridad está el valor de la vida. Es como abrazar a tu madre, a tu padre, a tus hermanos. Te puedes quitar la armadura, ser tú mismo y conectar con el otro.

(Fotos suministradas por el entrevistado)

 

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