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Neurodiversidad y resiliencia: historia de una inmigrante

Ana Ramos llegó a Londres procedente de Colombia cuando tenía once años. Rápidamente se sintió como en casa, pero años después de tener que repetir dos veces el bachillerato descubrió que padecía TDAH, dislexia y dispraxia. Con sus diagnósticos, se graduó en la universidad y ha trabajado como asistente jurídica y en la administración pública.

 

Ana Ramos.

Zac Liew

 

«No fue tan difícil aprender un nuevo idioma cuando llegué a Inglaterra. Estaba deseando empezar una nueva vida en otro lugar», dice Ana.

Sonríe al hablar, recordando la emoción que sintió al aterrizar en Londres.

Su actitud positiva y su personalidad burbujeante le permitieron hacer amigos con facilidad. Aunque la matricularon en un colegio católico “de blancos# y luego la trasladaron a Camden, donde abundaban los góticos con mohicano verde y pantalones de cuero con pinchos, nada podía abrumar a la pequeña Ana. Si algo podía frenarla era ella misma, o eso parecía. Cada vez que le pedían que escribiera frases en un papel, sorprendía a los profesores por sus faltas de ortografía y gramática.

«No me costaba hablar con la gente, pero sí cuando tenía que procesar información nueva y demostrarla por escrito», dice Ana.

«Un ayudante me seguía por todas las clases del colegio y me daba vergüenza. Pensaba que era sólo porque el inglés no era mi lengua materna».

No dejó que esto apagara sus sueños académicos y fue a la universidad a estudiar los A-Levels. Se presentó a los exámenes al final del segundo curso, pero suspendió la primera vez. Decidió repetirlos en tercero.

Pero volvió a suspender. La gente te dice que te replantees tus ambiciones la primera vez que suspendes los exámenes, pero Ana había suspendido dos veces y si quería intentarlo por tercera vez, eso significaría que entraba en el cuarto año de lo que se suponía que era un curso de dos años.

Al final se arriesgó y volvió a intentarlo. Algunos dirían que era una insolencia, otros que era una muestra de resistencia.

Aprobó. Esto le valió un cupoen la Universidad de Buckinghamshire, donde se formaría para ser abogada y haría un descubrimiento de enormes dimensiones en su primer trimestre. «Un tutor examinó un trabajo que había presentado y me dijo que podía tener dificultades de aprendizaje. Yo pensé: ‘¿De qué me estás hablando?».

«Dijeron que me evaluarían por si tenía dislexia. Era la primera vez que oía esa palabra. Lo primero que pensé fue ‘¿cómo me libro de esto? ¿Qué pastillas tengo que tomar?».

Le diagnosticaron dislexia y dispraxia. Ana dice que fue un momento decisivo.

«Todo el tiempo no fui estúpida, como había pensado que era. Sólo tenía dificultades de aprendizaje».

Pero la paz no duró mucho.

Sus tareas como asistente jurídica en su primer trabajo tras graduarse la obligaban a tomar notas en reuniones y a transmitir información importante que le costaba procesar, sobre todo en condiciones de mucho estrés.

«Cometía errores que llamaban mucho la atención de todos los allí presentes», dice.

Al cabo de once meses se marchó, sin haber comunicado a nadie sus dificultades de aprendizaje. Dice que habría sido muy diferente si hubiera tenido acceso a tecnologías de apoyo que transcriben y resumen las reuniones y detectan los errores ortográficos y gramaticales.

«Me deprimí y me dije a mí misma que tendría hijos y sería ama de casa», explica Ana.

Pero la vida tenía otras ideas. Tuvo hijos, pero se dio cuenta de que necesitaba un trabajo para mantener a su familia y, tras diez años de voluntariado, ayudando a personas que habían tenido dificultades para seguir el ritmo de las exigencias de la sociedad como ella, se puso a buscar trabajo.  Encontró trabajo en la administración pública y fue ascendiendo. Ahora, Ana es Asesora Superior de Políticas en el Departamento de Seguridad Energética y Red Cero. Como parte del equipo de respuesta a emergencias nucleares, vela por la seguridad de las instalaciones nucleares y está de guardia para resolver cualquier problema que pueda surgir.

A su hija le diagnosticaron TDAH en el colegio cuando ella trabajaba en la administración pública y, cuando se enteró de que la enfermedad era hereditaria, Ana se hizo las pruebas y los resultados fueron positivos.

Tenía sentido. Las personas con TDAH nacen resilientes, no tienen otra opción.

(Traducido por Camila Márquez) – Fotos suministradas por la entrevistada y autorizadas para su publicación.

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