En tiempos de guerra y genocidio se impone la posverdad. Políticos, gobernantes y medios masivos la convierten en su principal arma. Pero los medios independientes actúan contracorriente, muestran los hechos y cuestionan En esta edición especial sobre Palestina, The Prisma publica el trabajo de varios medios independientes, en su mayoría miembros de la Independent Media Association (IMA), que han cubierto el tema. No debemos dejar de hablar de Palestina.
Mónica del Pilar Uribe Marín / The Prisma![]()
Es domingo, más allá del medio día. Las fuerzas de ocupación israelíes acaban de bombardear viviendas del campo de refugiados de Al-Nuseirat, en el centro de Gaza. Han muerto unas 40 personas y desparecido o resultado heridas más de 84. Todas inocentes.
La noticia me horroriza, pero no me asombra. Ha transcurrido un año y casi tres meses en los cuales la muerte, el dolor y la barbarie han sido televisados y traducidos en cifras que crecen diariamente. Desde el 7 de octubre hasta hoy, día en que escribo esta crónica, el ataque de Israel contra Palestina ha dejado 45,259 muertos y 107,627 heridos.
Según Naciones Unidas, en octubre de 2024 había 1,9 millones de desplazados en Gaza, de una población de 2,2 millones de personas. El primer desplazamiento masivo (más de un millón), ocurrió en el norte de Gaza el 13 de octubre cuando el ejército israelí les dijo que tenían 24 horas para irse.
De allí en adelante los ultimátum y evacuaciones se han repetido provocando el desplazamiento del 85% de la población.
Ha sido un desplazamiento caótico pues, como explica Human Rights Watch, “Israel puso en marcha un sistema de evacuación que daba instrucciones poco claras, imprecisas y contradictorias, lo que dificultaba enormemente que los civiles supieran adónde o cuándo desplazarse. Otras contenían información inexacta o contradictoria sobre dónde ir, cuándo y qué destinos eran seguros, y sólo se corregían horas después, si es que se corregían.”
Este desplazamiento forzado trae consigo la desgracia de un pueblo al que se le quiere borrar, invisibilizar, estigmatizar. Se trata de cientos de miles de niños huérfanos, de adultos, viejos y menores amputados, mutilados y traumatizados; de cientos de miles de personas desaparecidas bajo los escombros, de cientos de miles de personas enfermas, que no tienen a donde regresar pues sus viviendas, así como los hospitales, escuelas y muchas otras edificaciones, fueron destruidas. Son sobrevivientes, pero lo han perdido todo. Están enfermos, carecen de agua, ropa, comida, medicamentos, educación, trabajo, alegría. No tienen casas. No tienen esperanza, no tienen futuro. En sus nuevos territorios a donde se han visto forzados a emigrar, escuchan o saben de los permanentes bombardeos, gritos y miedo.
Poder dormir, reír y comer no aparece en su agenda. A ello se suman los familiares o amigos que se han sido detenidos sin cargos ni juicio en cárceles israelíes, a donde son sometidos a tortura y a la incertidumbre de no saber si recuperarán su libertad.
Esta Palestina destruida y gris es producto de un genocidio que muchos no quieren llamar por su nombre o que no admiten que está sucediendo. A otros no les importa o piensan que forma parte de la historia de la humanidad.
De alguna manera muchos consideran que es el precio a pagar por los abominables hechos del 7 de octubre de 2023 en el sur de Israel, cuando Hamas y otros grupos armados palestinos asesinaron a 1.200 personas y secuestraron a otras 250. Todas inocentes. Sin duda, “crímenes de lesa humanidad, horrendos e injustificables”, como los calificó Amnistía Internacional. “Un año después sigue habiendo unos 100 rehenes en Gaza. Aunque se ha confirmado la muerte de algunos, los que siguen vivos corren peligro de muerte, tortura y otros malos tratos.”
Existe, además, una solidaridad inconsciente e instintiva por todo lo que les ocurra a los judíos, debido al horror que tuvieron que vivir durante el Holocaustos y los años de persecución, sufrimiento, desarraigo y discriminación vividos. Por ende, es casi imposible no estar de su lado. Pero si bien los hechos de ese 7 de octubre merecen el repudio de todos, lo ocurrido al pueblo palestino también debe merecerlo, no sólo porque esos miles de asesinados y millones de desplazados no son los autores del asesinato y secuestro al sur de Israel, sino también porque este genocidio es una clara estrategia de limpieza étnica y de desaparición de un pueblo para hacerse de un territorio que hace mucho tiempo el gobierno de Israel quiere en sus dominios.
Desde luego, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, ha argumentado que actúan en defensa propia y, por ende, ha rechazado que su gobierno esté cometiendo un genocidio. Pero las cifras, los hechos, dicen lo contrario. Por ello el pasado 21 de noviembre la Corte Penal Internacional (CPI) emitió órdenes de arresto contra Netanyahu, su ex ministro de Defensa Yoav Gallant y un comandante militar de Hamás por presuntos crímenes de guerra.
Netanyahu y Gallant son acusados de «crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra cometidos desde al menos el 8 de octubre de 2023 hasta al menos el 20 de mayo de 2024».
Por su parte, Amnistía Internacional publicó el 5 de diciembre el reporte “Te sientes como si fueras infrahumano: El genocidio de Israel contra los palestinos de Gaza», que concluye que la guerra de Israel contra Gaza “alcanza el umbral legal del genocidio”, pues el ejército israelí “ha cometido al menos tres de los cinco actos prohibidos por la Convención sobre el Genocidio de 1948, entre ellos homicidios indiscriminados de civiles, causar lesiones corporales o mentales graves e «infligir deliberadamente a los palestinos de Gaza condiciones de vida calculadas para provocar su destrucción física».
En cuanto a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ésta recibe permanentes ataques Netanyahu porque representa el derecho internacional. En abril de este año el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas aprobó una resolución pidiendo que se suspenda el envío de armas a Israel. El organismo dejó claro que Israel ha cometido violaciones del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos y que el que Ejército israelí habría cometido “crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad”.
Al igual que estos organismos, cientos de organizaciones de todo el mundo y varios países, han dejado claro que lo ocurre en Palestina es un genocidio
Esto en cualquier democracia, en un mundo civilizado, supondría que Netanyahu cesara el genocidio y fuera juzgado. Pero no es así. Frente a la orden de arresto rechazó “las absurdas y falsas acciones emprendidas contra él por la CPI», y dijo que Israel no «cederá a las presiones» en defensa de sus ciudadanos.
Y frente a lo del informe de Amnistía el gobierno de Israel lo calificó de “totalmente falso” y dijo que está es está atacando legalmente a Hamás y a otros combatientes que se encuentran entre la población civil de Gaza -y no deliberadamente al pueblo palestino. Este argumento resulta inverosímil para Amnistía.
Y en cuanto a Naciones Unidas su gobierno declaró al secretario general, António Guterres, «persona non grata«, le prohibió entrar al país y lo llamó «secretario general antiisraelí que presta apoyo a los terroristas». Netanyahu se siente tranquilo porque tiene el respaldo de un gran bloque de estados occidentales, donde están Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Australia, entre otros.
También tiene un poderoso ejército y, lo mejor, a la mayoría de los grandes medios de comunicación de su parte. Medios considerados respetables son los que le permite perpetuar el genocidio. Medios que informan de tal manera que llaman a este genocidio una «guerra entre Israel y palestina», algo imposible porque Palestina no tiene ni siquiera ejército y la lucha de Netanyahu es supuestamente contra Hamas. Unos medios que manipulan la información, estigmatizan y desvirtúan incluso los hechos históricos y ocultan la permanente tragedia del pueblo palestino.
Se ocupan no solo de ocultar la verdad, sino también de mentir y defender al indefendible. Sirven a un sistema y a unos poderes, ya sea mediante la censura, la autocensura o los intereses económicos y políticos. Sirven a gobiernos que ven cómo diariamente se asesinan inocentes.
Es acá donde los medios independientes, así como las redes sociales, han jugado un papel fundamental para que el genocidio en Palestina no sea convertido en un episodio superficial y ajeno. En su filosofía y estructura muchos de ellos han llegado a las diferentes aristas de la información sobre el ataque a Palestina. En el Reino Unido, por ejemplo, han dedicado largos escritos y programas a lo que está ocurriendo, creando una necesidad en la opinión pública de ser informada con la verdad. De ello se han encargado, por ejemplo, varias publicaciones de la Independent Media Association (IMA) cuyo trabajo está dedicado a la memoria y al presente del pueblo palestino. Sin duda diciembre no es el mejor mes para una Edición Especial sobre Palestina, pues nadie quiere saber esta realidad en una fecha “de alegría y paz”.
Pero no podemos dejar de hablar de Palestina. Sus habitantes no tienen diciembres, no tienen un día de tranquilidad o alegría. La muerte sobrevuela cada una de sus horas.
(Fotos: Pixabay)











