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Catalina Villar: Salud mental y la moral pública represiva

Al mostrar el impacto del uso de la lobotomía en su abuela, su película «Ana Rosa» también aborda el poder social de los médicos, el cual éstos suelen negar argumentando que sus diagnósticos son ‘objetivos’. El discurso moral sobre la normalidad influye siempre en las categorías psiquiátricas.

 

Graham Douglas

 

Lo  que es realmente impactante es que el 85% de las lobotomías se practicaron a mujeres, según estadísticas de Francia, Bélgica y Suiza.

Fue Walter Freeman en EE.UU., donde los temas siguen siendo relievantes hoy en día, quien extendió su uso a nivel mundial.

Egas Moniz ganó el Premio Nobel en 1949 por sus investigaciones que condujeron al uso de la lobotomía, y el hospital donde trabajó aún lleva su nombre. Muchas personas han pedido anular su premio, pero esto no es legalmente posible. Catalina cuenta que en la época en que le hicieron la lobotomía a su abuela, “no había consentimiento informado, el médico tomaba su decisión sin pedir permiso, sobre todo en el caso de las mujeres, más o menos como hoy decidimos el tratamiento de los niños que ‘no están bien’. Mi trabajo es documental.”

Esta nueva película fue bien recibida, sobretodo en Colombia, pues es una co-producción franco-colombiana, y la historia pasa en Bogotá. Pero también fue vista en Argentina, Uruguay, Ecuador y en Chile. Y obviamente en Francia.

También está disponible en la plataforma Retina Latina. En Francia estará en la plataforma francesa de documentales, Tënk.

Actualmente está trabajando en un nuevo proyecto sobre epilepsia, una enfermedad todavía estigmatizada, queriendo explorar las diferencias en la percepción del a enfermedad entre  el o la paciente (niños), de los padres y de los médicos.

Hablé con Catalina para The Prisma después de la proyección de su película “Ana Rosa” en la Casa da America Latina, en Lisboa.

Sus películas anteriores sugieren que le interesan las injusticias.

Sí, la injusticia social y de género y lo que también está muy ligado a éstas: la marginalidad. Se erigen barreras entre las personas que están en la franja «normal» de la sociedad y las que están en los márgenes. Eso incluye la marginalidad política, social y la concepción de la locura. Actualmente las enfermedades mentales se tratan de forma diferente, pues antes se marginaba a los enfermos mentales.

Las primeras lobotomías no se practicaron a esquizofrénicos sino a prostitutas, aquí en el Hospital Egas Moniz en Lisboa. Igual ocurrió con las primeras pacientes de Freeman en los EE.UU, y en Francia.

Esto demuestra claramente que la cirugía se utilizaba como medio de control social, no como tratamiento médico de una enfermedad.

Exactamente. No era sólo era una cura para enfermedades mentales, sino también un medio de control social para las personas que no se ajustaban a la «normalidad», especialmente las mujeres.

Lo que me interesaba mucho estaba en las imágenes de Freeman: él quiso hacer publicidad de su método, mostrar a otros médicos lo que era la lobotomía y filmó a muchas pacientes antes, durante o después de la operación. Cuando muestra el “después” con una mujer que está “curada gracias a la lobotomía”, vemos que lo único que ella puede hacer es tener un osito de felpa y coser.

Catalina Villar, directora de cine.

Ha habido muchos informes de abusos a niños y mujeres en escuelas y reformatorios dirigidos por la iglesia. ¿Participaron en el uso de la lobotomía?

No la promovieron, pero hay que tener en cuenta que los psiquiatras inventaban diagnósticos sin base científica, y las actitudes morales influyeron.

En Colombia se esperaba que el lugar de la mujer estuviera en el hogar, en la cocina, y que tuviera un comportamiento «racional» y tranquilo y no fuera rebelde, porque eso se consideraría una «enfermedad» que había que «curar».

La moral católica formaba parte de esa actitud, y la psiquiatría estuvo muy influenciada por la sociedad del momento, sobre lo que era normal, y no normal

Su tío, Álvaro, el hijo mayor de Ana Rosa, se convirtió en un activista anti-psiquiatría después de conocer mejor los efectos de la lobotomía, pero otros familiares estaban preocupados por la imagen que la película pudiera crear, «lavando sus trapos sucios en público».

Al hacer la película quedó claro que el tratamiento de Ana Rosa no era algo que hubiera que ocultar y callar. Por el contrario, es un tema social y político importante que la película ayudó a que se debatiera. Así que ahora no estamos en conflicto al respecto, porque se dieron cuenta que yo no hice un juicio terrible contra mi tío.

Había un contexto, un pensamiento científico que estaba construido por otros, cargado de imaginarios políticos y sociales, en los cuales quizás mi tío y otros médicos en Colombia creían porque había mucha prensa y artículos médicos que promovían la lobotomía.

¿Cómo recibió la prensa en Colombia su película?

Fue bien recibida. Es la primera película que se hace sobre psiquiatría en los últimos años. Me conmovió mucho que después de cada proyección, las personas vinieran a contarme sus historias personales sobre enfermedades mentales de sus familiares. Es una doble pena el ver a alguien que está mal y además tiene el peso de la sociedad que le mira.

En Colombia ha habido graves conflictos sociales, por ejemplo en1947. ¿Han influido en la represión de las mujeres?

No, eran únicamente entre hombres. La mayoría de las mujeres se quedaban en casa, y en el caso de mi abuela, en esa época estaba en Miami, adonde se fue tras la muerte de su marido. Él era farmacéutico y es posible que se suicidara, aunque no lo sabemos con certeza, pero sí sabemos que en casa él la trataba muy mal en casa. Después de su muerte ella se sintió libre y decidió irse a Miami con su amante, pero éste le robó dinero. Allá se vio obligada a tocar piano en los bares de allá, hasta que llegaron las policías y como ella no tenía papeles para vivir en ese país, su hijo Ernesto y ella fueron enviados a Colombia.  Esto fue entre 1946 y 1948, durante los disturbios del Bogotazo cuando el centro de Bogotá fue casi destruido. Cuando regresó, Bogotá estaba en ruinas. Ella volvió a sufrir migrañas y se volvió dependiente de la morfina.

Lo que me interesaba de los archivos de la Bogotá destruida de entonces, no era tanto el contexto político, sino que para mí es una imagen que evoca su propia destrucción y su sufrimiento.

¿Compraba morfina en la calle?

En ese entonces no era ilegal, se podía comprar con receta médica. Cuando vivía su marido también padecía migrañas, pero él era farmacéutico y podía conseguírsela. En Miami no sufría migrañas, reaparecieron cuando regresó. Pero las recetas del hijo mayor, que era médico, no eran suficientes y Ernesto tenía que obtener más por su cuenta. Convivir con personas que están muy mal es terriblemente difícil. Tienen temblores, sudan, se tiran al suelo a causa del dolor. Imagino que en ese momento ya no podían más.

¿Pudiera ser que en Miami se sintiera libre para expresarse y por eso dejó de tener migrañas?

Es probable. No estamos seguros, pero Ernesto me ha dicho que ella no sufrió en Miami.

¿Qué diagnóstico hizo que la lobotomía pareciera una cura?

No hemos encontrado ningún diagnóstico; sólo sabemos que tenía migrañas. Yo nací más tarde, nunca conocí a mi abuela, pero mi primo dijo que ella no mostraba ningún síntoma psiquiátrico. La única razón era su dependencia de la morfina. Mi tío, el hijo mayor de mi abuela, conocía al neurólogo que trajo la lobotomía a Colombia, y pensaban que era el tratamiento que ella requería. En los años 40 se hizo muy popular, aunque siempre hubo psiquiatras que se oponían a ella. Las críticas aumentaron en los 50s. La escuela de pensamiento organicista era muy fuerte en aquella época, incluso antes de que se introdujeran los nuevos fármacos antipsicóticos. Para mí lo difícil de aceptar es que a mi abuela le hicieron la lobotomía muy tarde, en el 57 o 58.

Ana Rosa amaba la música clásica y era una pianista de talento. ¿Cree que este nivel de autoexpresión en  una mujer era visto por los psiquiatras como otra señal de que estaba «fuera de control»?

No, pero creo que cuando mi abuelo vivía, quería una mujer que fuera más organizada en casa. Ella no tocaba en público, pero daba clases de piano en casa, lo que significaba que habría hombres visitando la vivienda. Cuando murió su marido y se fue con el novio, escandalizó muchísimo a Bogotá. Ella tenía 40 años. Para mí, es al contrario, yo digo: qué bueno que a los 40 años encontró de nuevo una vida para ella.

(Fotos suministradas por la entrevistada y autorizadas para su libre publicación en The Prisma)

 

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