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Atesorando los árboles

Hay un tipo de conífera, el abeto caballo de Troya, que crece en una montaña en la parte del oeste de Turquía que se encuentra con el mar Egeo.

 

Sean Sheehan

 

Crece sobre la llanura donde estuvo la ciudad de Troya hasta que, como relata Homero en la “Ilíada”, finalmente fue capturada y saqueada por los antiguos griegos. Una nota al pie en “El genio de los árboles” (“The genius of trees”) de Harriet Rix explica su nombre.

Dos botánicos escoceses, conocedores de Homero, estaban seguros de que debía ser el tipo de árbol que los griegos talaron para construir el caballo de Troya y tomar la ciudad.

Esta es la manera en que Rix introduce su capítulo sobre cómo y por qué algunos árboles han evolucionado para arder y, como en el resto del libro, cuenta una historia fascinante y cautivadora.

Se presenta un caso convincente de que el asteroide que impactó en Yucatán, México, hace 66 millones de años, fue más significativo por provocar la separación entre coníferas y árboles de hojas anchas que por la extinción de los dinosaurios terrestres. Los animales que sobrevivieron continuaron evolucionando en colaboración con los árboles, como la Cecropia o árbol trompeta, común en las selvas tropicales de Centro y Sudamérica, y favorito de los perezosos y de las hormigas que no les hacen daño, pero que protegen a los árboles de insectos y enredaderas.

Los fósiles de los primeros bosques datan de hace casi 400 millones de años y, antes de que crecieran, el paisaje de la Tierra era un caos desordenado de montañas, rocas y mares tormentosos.

No había pastos, ríos ni animales. Cualquier alga que llegaba a la orilla era destruida por la luz solar hasta que, en un momento darwiniano de serendipia, un alga sobrevivió a los rayos UV y sus células fotosintéticas se desarrollaron en las primeras plantas terrestres.

A partir de esta química, los árboles evolucionaron y pacificaron la Tierra al romper las rocas, facilitando así la formación del suelo, y al aportar oxígeno a la atmósfera, hicieron posible la vida animal, incluyendo eventualmente la nuestra.

Rix aporta conocimientos y amor del siglo XXI a su apreciación de los árboles, y Elwes y Henry hicieron algo similar un siglo antes en “Los árboles de Gran Bretaña e Irlanda” (“The trees of Britain and Ireland”). Las fotografías de árboles se habían exhibido ya desde 1852, pero nunca con la pericia y profesionalismo que los dos naturalistas aportaron a su obra de siete volúmenes publicada entre 1906 y 1913. Su catálogo detallado contenía descripciones botánicas e información sobre distribución y cultivo. El encantador fotolibro de 128 páginas de RRB incluye una selección de las fotografías encargadas que acompañaban al catálogo.

La mayoría fueron tomadas por Robert Goy Foster, descrito en el censo de 1911 como “administrador de correos, farmacéutico, fotógrafo, ingeniero de motores”, y por Edward Jonathan Wallis, quien era grabador de madera antes de convertirse en fotógrafo a tiempo completo. Para indicar la altura de un árbol, se incluía a una o más personas en las imágenes; con un cerezo en Slough, llevaron de manera juguetona una escalera a la fotografía.

“The genius of trees” de Harriet Rix está publicado por The Bodley Head. “The trees of Britain and Ireland” de Henry John Elwes y Augustine Henry está publicado por RRB Photobooks.

(Traducido por Camila Márquez) – Imágenes suministradas por la editorial

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