Brasil es el país con más afrodescendientes fuera de África, pero su riqueza cultural convive con una dolorosa herencia de esclavitud, exclusión e injusticia. El racismo estructural persiste en todos los ámbitos, y la juventud negra enfrenta una violencia sistemática que sigue impune, pese a intentos recientes de reparación y visibilización histórica.
Osvaldo Cardosa
En Brasil, un país que tiene de 218,5 millones de habitantes, un 56% (más de 122 millones se considera negro o mestizos. Con tal cifra, el país ostenta el mayor número de afrodescendientes fuera de África. Su influencia atraviesa todos los aspectos de la vida social y cultural, moldeando lo que se reconoce como la esencia misma del Brasil moderno.
En la música, ritmos como la samba, la bossa nova, el maracatú, el axé y el funk tienen raíces profundamente afrobrasileñas. En la gastronomía, platos como el acarajé y la feijoada son testimonios vivos de la mezcla cultural que los pueblos africanos trajeron consigo.
Prácticas como el candomblé y la umbanda mantienen viva la espiritualidad ancestral en el ámbito religioso. Incluso en el Carnaval, la fiesta más emblemática del gigante sudamericano, el protagonismo de las escuelas de samba afrobrasileñas es innegable.
Sin embargo, esta herencia de riqueza cultural convive con una historia de dolor. Brasil fue el destino de más de 4 millones de africanos esclavizados, la mayor cifra en el continente americano.
Desde el siglo XVI hasta el XIX, hombres, mujeres y niños fueron arrancados por la fuerza de sus tierras para construir con sangre y sudor la riqueza de una nación que, aún hoy, enfrenta las consecuencias de esa violencia fundacional.
Las marcas de esa historia están profundamente inscritas en la estructura social. Los afrodescendientes, pese a sus inmensos aportes, continúan enfrentando enormes desigualdades.
Hoy persisten brechas significativas en el acceso a la educación, al mercado laboral y a los servicios de salud. El racismo estructural impregna todos los niveles de la sociedad y la violencia policial sigue teniendo como principales víctimas a los jóvenes negros.
En declaraciones a Escáner, la historiadora Ana Paula Vianna Zaquieu afirma que el reconocimiento de las contribuciones afrodescendientes y la denuncia de la discriminación racial son tareas urgentes.
Zaquieu es responsable del Centro de Educación del Museo de la República y trabaja para insertar la narrativa negra en las memorias oficiales de Brasil. Ubicada en el histórico Palacio de Catete en la ciudad de Río de Janeiro, la pinacoteca es un símbolo elocuente de la memoria selectiva que ha intentado borrar la presencia africana en la historia nacional. En su interior, la ausencia de representaciones de los pueblos negros e indígenas revela un proyecto consciente de blanqueamiento y de exclusión histórica.
Los objetos, las decoraciones, los retratos y los textos refuerzan la imagen de una nación blanca, moderna y europea, ocultando deliberadamente la diversidad racial que la constituye.
Esta estrategia, explica a Escáner, no fue casual ni inocente, sino parte de un sofisticado mecanismo de construcción de una identidad nacional que relegaba a los afrodescendientes a la invisibilidad.
El papel del Estado brasileño en la perpetuación del racismo es, para Zaquieu, innegable. A través de sus instituciones, de sus políticas públicas (o falta de ellas), y de su aparato de seguridad, el Estado ha contribuido históricamente a reforzar las desigualdades raciales. Esa perpetuación se expresa actualmente en formas de racismo religioso, ambiental e institucional. Pero entre todas las expresiones de violencia racial, destaca el genocidio de la juventud negra.
Los datos son aterradores: cada 23 minutos, un joven negro es asesinado en Brasil. Esta realidad, que debería provocar una conmoción nacional, pasa casi inadvertida.
La naturalización de estas muertes evidencia el grado de deshumanización al que han sido sometidos los afrodescendientes.
Recuerda a Escáner, particularmente, el caso de João Pedro, un niño de 14 años asesinado en 2020 durante una operación policial. Pedro jugaba en su casa cuando fue alcanzado por un disparo en la espalda. Los agentes involucrados fueron absueltos en 2024 sin siquiera ser juzgados por un tribunal popular.
El episodio ilustra cómo el aparato judicial también contribuye a la impunidad y al mantenimiento del racismo estructural. Pese a la gravedad de la situación, Brasil intenta establecer políticas de reparación.
Desde 2012, se implementaron cuotas raciales en universidades públicas, buscando ampliar el acceso de los afrodescendientes a la educación superior. Asimismo, la legislación exige la inclusión de la historia y cultura africana y afrobrasileña en los currículos escolares. PL (Fotos: Pixabay)











