El mensaje de las corrientes liberadoras se ha vuelto más perentorio. El lenguaje de la liberación ha podido variar y los programas políticos que antes eran quimeras empiezan a tener una realización concreta en Latinoamérica.
Claudio Chipana
La filosofía de la liberación emergió en América latina como una respuesta a las formas de pensar originadas en Europa. Esta filosofía se constituyó como una solución de continuidad y una ruptura con la tradición heredada de la colonia que en palabras del filósofo peruano Augusto Salazar Bondy había producido un pensamiento imitativo y falto de originalidad. El filosofar liberador tuvo su origen e impulso en el debate de pensadores argentinos, mexicanos y peruanos, entre los que destacan Arturo A. Roig, Dussel, Leopoldo Zea, Augusto Salazar Bondy y más recientemente Horacio Cerruti y otros representantes.
Surgida hace más de cuarenta años, la filosofía de la liberación, se planteó la ruptura con el pensamiento hegemónico occidental y fundar un pensamiento propio que dé cuenta del entorno social con sus secuelas de pobreza, atraso económico, dependencia e injusticia que caracterizaron Latinoamérica durante siglos de dominación.
El pensar liberador tuvo como acicates la Revolución Cubana y los movimientos sociales como la lucha por la tierra y otros movimientos políticos que sacudían el continente. Es así que para el pensar liberador la teoría no podía ir desligada de la práctica, es decir, la filosofía debía dejar de ser un pensamiento ajeno y abstracto y más bien debía convertirse en una herramienta liberadora.
Los pensadores latinoamericanos, en consecuencia, se propusieron un modo de pensar distinto, con categorías propias que reflejaran la circunstancia histórica del devenir latinoamericano. La filosofía de la liberación tuvo como correlato otras corrientes del pensamiento social latinoamericano como por ejemplo la teoría de la dependencia que cuestionó el discurso desarrollista norteamericano de más capitalismo como fórmula para salir del atraso.
También está la Teología de la liberación, una corriente alternativa al interior de la iglesia latinoamericana y que enarboló la “opción por el pobre” como eje de su reflexión evangélica. Los cónclaves de Medellín (1968) y de Puebla (1972) sentaron las bases para esta nueva teología.
Muchos de los impulsores de estas corrientes liberadoras tuvieron que exilarse o vivir en la sombra ante la arremetida de las dictaduras y el peso de la censura.
¿Tiene actualidad la filosofía de la liberación? Alguien pudiera pensar en la obsolescencia de estas teorías ya que luego vinieron la caída del muro y el llamado “fin de la historia”.
Sin embargo, Latinoamérica ha cambiado y lo que se vive en la última década es la reacción de los pueblos a la ofensiva neoliberal. Por ello, las posiciones progresistas no han caducado, al contrario han resurgido con más fuerza y con nuevas plataformas.
Como destaca Enrique Dussel, el más reconocido representante de la filosofía de la liberación, después de varias décadas de su fundación, a esta corriente se le plantea nuevas tareas.
Se vive una crisis en los países occidentales que no es más que en última instancia la crisis del capitalismo como sistema. El lenguaje de la liberación ha podido variar y los programas políticos que antes eran quimeras empiezan a tener una realización concreta en Latinoamérica, pero el mensaje de las corrientes liberadoras se ha vuelto más perentorio.
(Fotos: Pixabay)
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