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«Se ha derramado sangre…»

Cómo el revisitar la independencia de América de la Corona británica nos lleva a la independencia de la política iraní de la utopía chií.

 

Texto: Rola Zamzameh*

Fotos: Maz Mansoori

 

El 5 de marzo de 1770, John Adams —quien más tarde se convertiría en uno de los Fundadores más cruciales de los Estados Unidos— dio un paso arriesgado que provocó la furia de sus compatriotas: aceptó defender a ocho soldados británicos acusados en la «Masacre de Boston». A pesar de sus inclinaciones libertarias, Adams creía que el derecho a la asistencia letrada y el estado de derecho no debían sacrificarse a las pasiones políticas. Cinco años después, sin embargo, la situación cambió fundamentalmente.

En abril de 1775, cuando se dispararon los primeros tiros en Lexington y Concord y el Ejército británico derramó la sangre de agricultores y voluntarios locales, la paciencia legal de Adams llegó a un fin estratégico. En mayo de 1775, en el Segundo Congreso Continental en Filadelfia, se dirigió a los delegados conservadores que aún se aferraban a la «Petición de la Rama de Olivo» y a las esperanzas de reconciliación con Jorge III. En un tono resuelto, Adams declaró: «Se ha derramado sangre…».

Su significado era claro: cuando un gobierno vuelve sus armas contra sus propios ciudadanos, el contrato social se reduce a cenizas. Adams argumentó que el tiempo para el compromiso o la reforma había pasado, y que la sangre derramada marcaba un límite irreversible entre el gobierno colonial y el derecho a la autodeterminación.

Con esta lógica intransigente, no solo eligió a Thomas Jefferson para redactar la Declaración de Independencia, sino que también reunió a otras once colonias para que se pusieran del lado de Massachusetts.

En julio de 1776, declararon una ruptura completa con la Corona británica —dando inicio a una larga guerra que, mediante el genio militar de George Washington y el apoyo financiero y militar francés, transformó el sueño de la independencia en una realidad geopolítica.

En enero de 2026, al celebrarse el 250 aniversario de la independencia estadounidense y sus ideales de libertad, la lógica del punto de no retorno de John Adams resuena poderosamente en el panorama político de Irán.

Dos siglos y medio después de aquel discurso decisivo, la nación iraní se enfrenta a una realidad sombría.

Una secta criminal que ha ocupado Irán durante 47 años —tras décadas de represión y derramamiento de sangre, desde 2009 hasta enero de 2018, noviembre de 2019 y el movimiento Mahsa de 2022— finalmente ha dejado caer su máscara y ha cometido un crimen casi inaudito en la historia moderna. Tras las protestas nacionales de enero, la máquina de matar de la República Islámica, en un acto de pura locura, masacró a más de treinta y seis mil quinientos iraníes en más de cuatrocientas ciudades en solo dos días.

Este nivel de violencia desnuda no deja espacio para la duda. Como exclamó John Adams hace 250 años: «Se ha derramado sangre…». Cuando un gobierno inunda tan imprudentemente las calles de cientos de ciudades con la sangre de su propio pueblo, el contrato social queda anulado permanentemente. Irán ha cruzado el punto de no retorno.

Ya no se trata de reforma o diálogo; se trata de la independencia de Irán y la recuperación de la patria de sus ocupantes.

En esta coyuntura histórica, el pueblo iraní —que busca trascender la utopía chií— ha recurrido a una lógica que recuerda la experiencia de Europa del Este en el siglo XX.

Así como Václav Havel, en «El poder de los sin poder», habló de construir una «polis paralela» frente al poder centralizado, los iraníes de hoy están sentando las bases de una política basada en la ley al declarar su independencia psicológica y cívica del sistema gobernante.

Aquí, el pensamiento de Hannah Arendt se convierte en el puente entre la resistencia cívica y la fundación de la libertad.

Arendt nos enseña que la liberación de la tiranía es solo el primer paso; lo que completa una revolución es la constitución de la libertad en el ámbito público.

Para Arendt, la libertad solo es posible dentro de una política gobernada por la ley —un espacio donde la ley existe no para suprimir, sino para salvaguardar la pluralidad humana y el derecho a la vida. La nación iraní ha llegado a comprender que terminar con el reinado del terror requiere recuperar la esfera pública y reconstruirla en torno a la ley.

En la utopía chií, la muerte es el único instrumento de gobierno, y los seres humanos son sacrificados sin restricción en el altar de la ideología. Esta utopía opera precisamente según la lógica articulada por Shigalyov, el teórico revolucionario en Los demonios de Dostoyevski: si hay que matar a cien millones para lograr el objetivo ideológico, que así sea.

En contraste, la demanda actual en las calles de Irán es explícitamente afirmativa: la vuelta de la vida a Irán. Aquí es donde los eslóganes populares van más allá de la pura negación y llegan a una relectura histórica.

En busca de un símbolo de modernización y soberanía nacional experimentado antes de la ocupación de 47 años, los manifestantes han vuelto la vista a la institución de la monarquía. En el imaginario colectivo, la dinastía Pahlavi no es un recuerdo nostálgico, sino un símbolo tangible de una política en la que la ley y no la fatwa, y el desarrollo y no la destrucción, eran las directrices que el Estado servía.

Así, las referencias a la monarquía en los eslóganes actuales no son gestos reaccionarios, sino respuestas estratégicas destinadas a reclamar la vida normal —una transición de una ideología impulsada por la muerte a un orden político secular en el que el Estado no es el custodio de un paraíso obligatorio, sino el garante de los derechos terrenales de los ciudadanos. Este es nuestro único camino hacia la salvación: un eterno retorno a Irán y a la unidad bajo su milenario estandarte nacional, el León y el Sol, independientemente de la afiliación política. No debemos depositar nuestra fe en quienes predican esperanzas ultraterrenas y sacrifican la vida por promesas del más allá. Cuando el poder gobernante santifica la muerte, el retorno a las raíces nacionales y a las instituciones formadoras de identidad se convierte en la forma más elevada de resistencia.

Ningún sufrimiento puede ni podrá forzarnos a guardar luto en sumisión u obligarnos a testificar contra la vida misma. Debemos llamar al ser humano iraní de vuelta a la vida en este mundo. Juntos, debemos unirnos a este eterno retorno a la política iraní —más allá del bien y del mal ideológicos, más allá de las nociones falsas de lo correcto e incorrecto, y más allá de todo lo que nos ata— y reconstruir la vida, día a día, sobre las ruinas de este despotismo religioso.

El futuro nos pertenece —un futuro que ya no se forja en cámaras oscuras o a puertas cerradas, sino que se forja en calles libres y finalmente se expresa en las urnas.

En ese gran día, la nación iraní elegirá entre dos opciones nacionales —una república o una monarquía constitucional— la nueva forma de su política.

Esta no será meramente una elección política, sino una celebración del retorno de la voluntad nacional y del fin de la era de la ocupación y la utopía chií: el día en que la ley, nacida de los votos de los ciudadanos, se convierta en el garante eterno de la vida y la libertad en la tierra de siete mil años del Gran Irán.

*Rola Zamzameh: Periodista sénior en la Comisión Europea y el Parlamento Europeo.

 (Traducido por Camila Márquez) – Fotografías proporcionadas por el autor y autorizadas para su libre publicación

*Nota del editor: Los puntos de vista y opiniones expresadas en este artículo pertenecen exclusivamente al autor y no representan la posición editorial de The Prisma – The Multicultural Newspaper.

 

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