Globo, Política, Reino Unido

La oculta arquitectura emocional de la política británica

La comunicación política en Gran Bretaña está cada vez más marcada por la estrategia emocional que por el debate de propuestas. Desde la inmigración hasta los impuestos, los líderes de ambos bandos recurren al miedo y al orgullo para influir en los votantes. Pero la vida cotidiana británica cuenta una historia con más matices: una en la que las fronteras entre “nosotros” y “ellos” son mucho más fluidas de lo que la retórica política sugiere.

 


Kennedy Ogenna

  

Si no lo sientes, no lo transmitas. Nigel Farage lo entiende mejor que la mayoría de los políticos. La inmigración se ha convertido en la línea de fractura que define la política británica, y Farage la ha convertido en su herramienta más eficaz, desplegando apelaciones emocionales tanto positivas como negativas con una habilidad considerable. La razón de que esto funcione no es menos política que neurológica: es algo inherente a la estructura del cerebro humano.

Las emociones positivas y negativas no son opuestas entre sí. Son psicológicamente distintas, están mediadas por circuitos neuronales diferentes y afectan al comportamiento electoral de distintas maneras. Una campaña que se centre únicamente en el optimismo cede la mitad del mapa emocional del electorado a la oposición. Farage lo entiende. No elige entre la esperanza y el miedo: utiliza ambos.

La esencia cada anuncio político, discurso de campaña o publicación en las redes sociales radica en provocar una emoción específica. El público no suele ser consciente de ello. Permite que sus sentimientos sean moldeados— empujados hacia la ansiedad, el orgullo o sentimiento de pertenencia— como arcilla en manos de un alfarero. El éxito de la comunicación política depende, en gran medida, de que esto permanezca invisible.

Como dice el clásico del jazz: “No significa nada si no tiene ese swing”. La emoción es el primer y más poderoso principio de la persuasión política.

Los grupos de campaña son expertos en convertir esto en un espectáculo. En la reciente presentación de la campaña electoral de Reform UK en Sunderland, Farage describió a Keir Starmer como “el primer ministro más antipatriota, deshonesto y menos merecedor que hemos tenido en toda nuestra vida”. El lenguaje era hiperbólico y estaba diseñado para serlo: elude la evaluación racional y apela directamente al registro emocional.

Nigel Farage. Foto de Gage Skidmore / Flickr.Cretaive Commons License.

A través de su página de Facebook, Farage llamó la atención sobre el caso de un solicitante de asilo afgano encarcelado por secuestrar y violar a una niña de 12 años, presentándolo como prueba de un peligro mayor que suponen los inmigrantes ilegales.

El impacto emocional de un solo caso es innegable.

Pero, como argumento estadístico, resulta engañoso: un caso que involucra a un inmigrante no dice más sobre la inmigración que lo que dice un caso que involucra a un delincuente nacido en el Reino Unido sobre la sociedad británica. La violencia sexual se comete en todos los grupos demográficos. La cuestión relevante radica en la proporción y el patrón, no en los ejemplos aislados; una comparación que Farage optó por no establecer. Esta misma mecánica emocional ha sido empleada por la líder conservadora Kemi Badenoch en su campaña contra la política fiscal del gobierno. Su mensaje es que, si la carga fiscal se vuelve demasiado onerosa, las empresas simplemente se trasladarán. Recientemente acusó al gobierno de Starmer de “imponer aún más impuestos a empresas en situación precaria”.

No obstante, las pruebas no respaldan este alarmismo. De las cuatro economías más competitivas del mundo, según el Foro Económico Mundial, dos se encuentran entre las que tienen los impuestos más elevados. La presión fiscal oscila entre el 29% del PIB en Japón y más del 55% en Dinamarca, sin una clara correlación con el rendimiento económico. Las empresas no son tan móviles como afirman ser.

La conciencia sobre estas tácticas va disminuyendo.

Detrás de todas ellas se encuentra el conocimiento por parte de los políticos de los miedos y deseos de su audiencia, y la voluntad de explotar ese conocimiento en lugar de abordar la realidad subyacente.

Es el trabajo del político, en aras de su ambición, ofrecer a la gente la historia emotiva que ya está dispuesta a creer.

Las noticias políticas nunca han sido un reflejo fiel de la realidad. Son, como mucho, una selección de historias sobre hechos relevantes que están sucediendo. El problema es que la ciudadanía se ha vuelto poco crítica con la información que recibe de los políticos. Gran parte de lo que leemos en la prensa o vemos en televisión sale directamente de los despachos de los políticos y de sus agentes de relaciones públicas. Se podría decir que los políticos de ambos bandos son culpables de ello.

Tras llegar a Inglaterra desde Nigeria en 2024 para cursar un máster, me he tomado el tiempo para observar el carácter nacional de la población británica sin ningún condicionante político. Lo que he descubierto es más matizado de lo que sugiere el debate sobre la inmigración.

Cuando los inmigrantes trabajan duro, respetan las normas y destacan, los británicos no tienen problema en verlos como “unos de los nuestros”.

Consideran a británicos de origen africano como Anthony Joshua o Idris Elba no solo como conciudadanos, sino como motivo de orgullo nacional, y no tienen reparos en identificarse con los futbolistas de color y mestizos de la Premier League y de la selección inglesa.

Esa identificación se refleja en el lenguaje cotidiano: cuando la selección femenina de Inglaterra venció a España para ganar la Eurocopa, los aficionados de todo el país decían: “Amugo, hemos ganado”; un “hemos” que incluía a jugadoras de orígenes muy diversos.

La hostilidad avivada por los políticos es real, pero también lo es esa solidaridad más silenciosa. Esta surge de forma espontánea cuando la política pasa a un segundo plano.
(Traducido por Lidia Pintos Medina) – Fotos: Pixabay

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