Tras huir de la guerra civil de Sri Lanka, Pathna Santramohan reconstruyó su vida a través de Europa y el Reino Unido. Ahora, en su faceta de terapeuta, reflexiona sobre el trauma, la identidad y el silencio en el seno de las comunidades tamiles, y sobre por qué las mujeres deben empezar a hacerse oír. Series The Prisma: “Mujeres tamiles en el RU”

Evie Ratnaventhan
Pathna Santramohan tenía seis años cuando abandonó Sri Lanka durante la guerra civil. Su padre había huido ya después de que incendiaran sus tiendas, dejando a la familia sin medios de subsistencia.
La destrucción de viviendas y negocios propiedad de tamiles fue generalizada durante el conflicto. Para muchas familias, años de trabajo se esfumaron en un solo día.
Se reunieron en Dinamarca en 1985 gracias a las leyes de reagrupación familiar. Sin embargo, el momento de la partida quedó grabado en su memoria. “Recuerdo que pataleaba y gritaba en el aeropuerto”, cuenta. “No quería irme de Sri Lanka”.
Guarda recuerdos que se remontan a cuando tenía un año. Permanecen vívidos, marcados tanto por el apego como la ruptura.
La seguridad, explica, llegó por niveles. Dinamarca y, posteriormente, el Reino Unido ofrecían protección física, pero algo más se perdió en el camino. “Abandonas a todos tus seres queridos”, afirma. “Esa seguridad emocional no te acompaña”. La migración también redefinió su sentido de identidad. Al llegar a nuevos países en una época en la que las comunidades tamiles aún eran pequeñas, le costó encontrar su lugar en entornos desconocidos. “Me sentía más tamil que cualquier otra cosa”, afirma. “Pero no había mucha gente a mi alrededor que reflejara aquello”.
Sin una comunidad visible, la identidad pasó a ser algo íntimo en lugar de compartido. Era difícil saber a dónde pertenecías.
“No había una forma clara de ser”, explica. “Intentas comprenderte a ti misma en un lugar que no te comprende del todo”. Esa incertidumbre puede persistir durante años. Incluso después de décadas en el Reino Unido, señala que muchos migrantes siguen lidiando con esta tensión.
“Hay personas que llevan aquí mucho tiempo y siguen sintiendo que no encajan del todo”, afirma.
Para quienes huyeron del conflicto, tal experiencia puede ser más intensa. El impacto psicológico de la guerra no termina con la migración.
“Cuando vienes de un lugar devastado por la guerra, el miedo te acompaña”, explica. “Puede impedir que te asientes por completo”.
Tenía 19 años cuando se mudó al Reino Unido. Para entonces, ya estaba lidiando con el duelo.
Su hermano mayor había fallecido en un accidente de tráfico cuando ella tenía 16 años. Al llegar a un nuevo país, se sintió aislada y abrumada. “Sentía un dolor muy intenso”, afirma. “Sentía que no podía seguir adelante con mi vida”.
Recurrió a su fe y buscó apoyo. Pero lo que encontraba solía ser limitado. “No existía esa comprensión cultura;”, afirma. “La gente quería ayudar, pero no siempre sabía cómo”.
Su trayectoria en el ámbito de la terapia comenzó en el seno de su iglesia, trabajando con jóvenes. Con el tiempo, ese trabajo se formalizó. Se formó durante cinco años, desarrollando tanto sus habilidades profesionales, como una comprensión más profunda de sí misma. “Me di cuenta de que tenía que ayudarme a mí misma para poder ayudar a los demás”, afirma. Hablar abiertamente no era algo que saliera de forma natural. En la cultura tamil, la expresión emocional suele ser contenida.
“No nos enseñaron a hablar de nuestros sentimientos”, afirma. “No sabía cómo ocupar mi espacio”. Ahora es eso precisamente lo que ella fomenta. “Es importante”, afirma. “Tú eres importante”.
El impacto de la guerra civil de Sri Lanka sigue marcando a las comunidades tamiles a través de generaciones. Para muchos, el trauma sigue sin procesarse. “Lo hemos reprimido”, afirma. “Lo hemos escondido bajo la alfombra y hemos seguido adelante”.
En el Reino Unido, esto suele aflorar de formas más sutiles. La vida parece estable, pero las experiencias subyacentes siguen sin resolverse. “Pequeños detalles desencadenan lo que ha permanecido oculto”, explica.
En todo el Reino Unido, la violencia doméstica aumentó drásticamente durante los primeros meses del confinamiento por el COVID-19, incrementándose las llamadas a los servicios de apoyo en más de un 60%.
Para Pathna, esto no era algo abstracto. Era visible dentro de su propia comunidad.
“Nuestra comunidad se estaba desmoronando”, afirma.
Como respuesta, cofundó Agal Wellbeing Services junto a su compañero Kavi. La organización ofrece terapia gratuita y culturalmente adaptada para las comunidades del sur de Asia en todo el Reino Unido. La ayuda se ofrece en varios idiomas, entre ellos el tamil, el bengalí y el urdu. Esto elimina las barreras que a menudo impiden que las personas busquen ayuda.
Desde su fundación, Agal se ha convertido en una red de voluntarios y terapeutas titulados que trabajan en todas las comunidades. La organización colabora con el NHS (Servicio Nacional de Salud) y organismos gubernamentales, contribuyendo a un debate más amplio sobre el apoyo a la salud mental con competencia cultural.
Ese cambio empieza a notarse. “Poco a poco vamos viendo que la gente está más dispuesta a hablar”, afirma.
Para Pathna, esto hace que el testimonio sea esencial. Compartir experiencias vividas ayuda a normalizar conversaciones que se han evitado durante mucho tiempo. “Tenemos que hablar de ello”, afirma.
Su trabajo sigue revelando hasta qué punto el instinto de supervivencia moldea el comportamiento. Muchas familias tamiles, explica, permanecen en un estado de abnegación constante.
“La gente trabaja sin descanso y ahorra”, afirma. “Pero no se permiten disfrutar de la vida”. Incluso el gasto refleja esta mentalidad. Las decisiones financieras suelen estar dictadas por la seguridad, más que por la satisfacción personal. “Siguen en modo de supervivencia”, explica.
A veces, el humor capta esta realidad. Recuerda a un humorista tamil en Francia que bromeaba diciendo: “Come arroz y no des guerra”. Ella se ríe y luego hace una pausa. “Esa es nuestra historia”, afirma. “Pero a veces llega el momento de detenerse y pensar”.
Para ella, la terapia consiste en interrumpir ese ciclo. Se trata de crear un espacio para sentir, reflexionar y cambiar. “No puedes amar a los demás hasta que te ames a ti misma”, afirma. Esto es especialmente urgente para las mujeres. Muchas retrasan la búsqueda de ayuda hasta que llegan a un punto límite. “Las mujeres aguantan hasta que ya no pueden más”, explica.
Con el tiempo, el silencio marca las relaciones. Algunos se sienten incapaces de expresar sus necesidades en absoluto. “Sienten vergüenza al pedir”, afirma. “Así que se marchan sin haber dicho nunca lo que necesitan”.
Las expectativas culturales desempeñan un papel fundamental. A las mujeres tamiles se las sitúa a menudo como en el centro de la familia, responsables de mantenerlo todo unido. “Sienten que no pueden permitirse ser vulnerables”, afirma. Es un peso que rara vez se reconoce. “Las mujeres ni siquiera se dan cuenta de todo lo que llevan a cuestas”, añade. Para Pathna, el trabajo es profundamente personal. La terapia transformó su propia vida antes de que empezara a ayudar a los demás.
“Me enseñó resiliencia, paciencia y el poder de la escucha”, afirma.
A través de Agal, espera hacer extensivo ese aprendizaje a los demás. En una comunidad marcada por el desplazamiento, la pérdida y el aguante, su mensaje es claro. Ocupar tu espacio no es un acto egoísta. Es algo que debería haber ocurrido hace mucho tiempo.
(Traducido por Lidia Pintos Medina) – Fotografías cedidas por Evie Ratnavenhan y autorizadas para su publicación.











