Cerrar 21 emisoras comunitarias y un programa radial crítico con el gobierno no son hechos aislados. En menos de un mes, el nuevo presidente colombiano ha impuesto una política de censura que hostiga a periodistas críticos y destituye a funcionarios incómodos. Una policía moral que recuerda los peores tiempos del unanimismo.
Germán Ayala Osorio*
El cierre de un medio de comunicación, cualquiera sea su orientación o agenda política y por supuesto sus intereses corporativos, grupales, o comunitarios, constituye un fracaso tanto para la sociedad moderna como para la democracia.
Y por supuesto, es un golpe al periodismo como oficio, a los periodistas que dependen económicamente del medio en el que trabajan y a la construcción de una opinión pública plural en un país como Colombia donde históricamente la derecha siempre manejó a la prensa tradicional con el objetivo de mantener a flote al viejo Establecimiento. La salida del aire del programa radial en la emisora Blu radio dirigido por la periodista Camila Zuluaga tiene un tufillo de censura oficial-empresarial.
Una censura motivada en la ya probada y evidente animadversión que dejó ver el entonces candidato presidencial y hoy jefe del Estado, Abelardo de la Espriella hacia los periodistas que se atrevieron a preguntarle por sus relaciones cercanas con los líderes paramilitares durante el mentiroso proceso de paz que adelantó Uribe con esas estructuras criminales. O que le preguntaron por el manejo del caso DMG (David Murcia Guzmán) y por los negocios que de acuerdo con versiones periodísticas sostuvo con Alex Saab, testaferro del régimen de Nicolás Maduro Moros. Saab está procesado en los Estados Unidos por varios delitos federales. La misma Camila Zuluaga contó al aire que durante la campaña presidencial, De la Espriella dio la orden a su equipo de asesores no atender los llamados de la periodista.
Tanto Zuluaga, como su compañera en la mesa de trabajo periodístico, Ana Cristina Restrepo, resultaron incómodas para De la Espriella lo que explicaría la decisión del presidente de la compañía, Gonzalo Córdoba, de cerrar el espacio de análisis e información.
También hacía parte del programa Sebastián Nhora. Por supuesto que la variable económica juega a favor de quienes tomaron la decisión: las audiencias han mutado y cambiado, sin duda alguna, lo que se traduce en menores ganancias, pero el factor ego-político ronda también a esa misma decisión. Trascendió a los medios que De la Espriella se reunió con miembros de la familia Santo Domingo para expresar su molestia con las dos periodistas. Mañanas Blu, un programa radial colombiano dirigido por Néstor Morales se mantiene al aire porque las directivas de la compañía y los propios periodistas de esa mesa de trabajo decidieron hincarse ante el poder del presidente de la República. Morales y Zuleta muy seguramente lo hicieron por convencimiento.
Eso sí, hay que recordar que durante los cuatro años del anterior gobierno “probaron finura” con los propietarios de la cadena radial y el propio De la Espriella: atacaron sin piedad al presidente Petro; lo hostigaron y les alcanzó hasta para reírse de la infidelidad de la novia del expresidente progresista.
Ese comportamiento, muchas veces alejado de la deontología del oficio, les aseguró la permanencia al aire a pesar del rechazo que genera en segmentos de la opinión porque dejaron de actuar como periodistas para convertirse en estafetas de la derecha y ahora en defensores a ultranza del gobierno del pastor-presidente. El Heraldo fue el primer medio que durante la campaña presidencial se declaró partidario de Abelardo De La Espriella.
La salida del aire de los señalados periodistas deja serias dudas sobre el talante democrático del jefe del Estado, que en menos de un mes de estar al frente del gobierno cerró 21 emisoras comunitarias fruto del Acuerdo de Paz entre el Estado y las Farc-Ep. A esas actuaciones las preceden acciones legales contra periodistas independientes y críticos del pasado de Abelardo de la Espriella, asumidas por la FLIP y abogados como hostigamientos judiciales que afectan las libertades de prensa y opinión. Hablo de los periodistas Gonzalo Guillén y Julián Martínez, así como del realizador de la serie Matarife, Daniel Mendoza Leal.
Lo sucedido a Camila Zuluaga y Ana Cristina se veía venir. Ellas mismas, al aire, advirtieron que había gente muy poderosa interesada en sacarlas de circulación. Ese momento, curiosamente, llegó apenas comenzando el gobierno de De la Espriella. Vaya coincidencia.
Lo sucedido con Zuluaga y Restrepo también tiene un componente de misoginia: en Colombia siguen existiendo hombres poderosos que no resisten que existan mujeres capaces de confrontarlos públicamente.
El unanimismo ideológico y político que vivimos durante los ochos años del gobierno de Uribe está siendo superado por Abelardo de la Espriella.
Lo más probable es que esa persecución ideológica y la revisión de la moral de eventuales nuevos funcionarios públicos se siga extendiendo a universidades privadas y públicas que intenten acercarse al gobierno.
Las destituciones de Sepúlveda del DNP, de Carolina Soto de la Cámara Colombiana de la Infraestructura (el clan Char busca poner una ficha al frente de la CCI) y de Hannah Escobar, partidarios de De La Espriella, pero proaborto, dan cuenta de que la instalación de la policía moral en el país es una realidad. Esas destituciones no constituyen propiamente actos de censura oficial como la salida de los tres periodistas aquí señaladas, pero sí hacen parte de la depuración ideológica y moral que ya practican los agentes creadores y defensores de la Patria Milagro.
Pensar diferente nunca resultó tan incómodo como ahora. Y no ha completado el mes al frente del Estado y ya está gobernando con periodistas-estafetas que deben sí o sí, doblar las rodillas porque en el fondo están cuidando la lonchera y la visibilidad que les dan los medios tradicionales.
El cierre del programa radial expuso con claridad las dificultades para consolidar en el país un gremio de periodistas que, antes que defender empresas y patrocinadores, luche por los derechos de los periodistas y defienda las libertades de prensa y de opinión, hoy en vilo y coartadas desde la Casa de Nariño (sede de Barranquilla).
Imagino que a Morales y a sus compañeros les prohibieron referirse al cierre del espacio de Zuluaga y Restrepo.
La solidaridad no es un valor tradicional dentro del gremio de periodistas. Por el contrario, hay disputas, odios, envidias y sobre todo una incontrastable incapacidad para la autocrítica. Y ni para qué hablar del miedo que sienten cuando los poderosos los rondan.
Quedan cuatro años. El mensaje es claro para docentes, periodistas y funcionarios o aspirantes a llegar al servicio público: bajan el perfil o se disciplinan, es decir, se alinean con el gobierno, o sentirán lo «duro que muerde el tigre» o simplemente serán víctimas del poder que baja hacia las oficinas de recursos humanos en donde te dicen “aquí le tenemos su bono: “bono” trabajas más aquí”.
Adenda: el portal La Silla Vacía informó que el gobierno únicamente «dará ruedas de prensa a medios amigos«.
*German AyalaOsorio: Politólogo, Especialista en Humanidades Contemporáneas y Comunicador Social-Periodista. Autor del blog La otra tribuna.











