El reconocimiento y la integración son dos caras de una misma moneda. No se le puede pedir a una minoría, a una comunidad o a una diáspora, que se integre si no se le reconoce.
Claudio Chipana
Desde el discurso oficial se ha hablado mucho de la necesidad de la integración y de que las minorías deben respetar los “valores británicos” para de este modo fortalecer la cohesión social, y así evitar los conflictos.
Sin duda, hay valores que todos debemos asumir y respetar, y que sobrepasan a las diferencias culturales. Hay valores universales como el respeto al otro, la tolerancia mutua, etc.
Sin embargo, a veces se confunden estos valores con las identidades culturales. La tolerancia no se contrapone a la defensa de la identidad cultural. No se trata de perder la identidad para integrarse.
Por lo tanto, la integración no podría darse sin el reconocimiento de la diversidad, sin la incorporación de los aportes y logros de las minorías étnicas que forman parte de la sociedad a la cual contribuyen positivamente.
Gran Bretaña ni Europa no serían lo que son sin sus minorías. La recesión que experimentan sólo podría superarse con los migrantes, no sin ellos, ni mucho menos contra ellos.
El reconocimiento de una comunidad o minoría étnica no podría ser tal si no se produce el diálogo, sino se logra que las minorías hablen, se expresen y manifiesten su identidad. El reconocimiento del uno con el “otro”, se da en ambas direcciones.
Por lo tanto, el reconocimiento puede convertirse en un mecanismo eficaz de integración. De ser lo contrario, se corre el riesgo de la proliferación de los ghettos sin puentes de comunicación.
La clave está en la comprensión del problema, de la integración sin enmascarar la realidad con falsos retratos de las minorías, alimentados por sentimientos negativos contra los migrantes. Se trata de ser con el “otro” y no contra el “otro”.
El reconocimiento de las minorías redunda en beneficio de toda la sociedad y consolida la convivencia civilizada. La falta de reconocimiento y la falta de equidad conducen a las fracturas sociales (disturbios).
La integración no es homogenización, sino la convivencia de las diferencias bajo mínimas y máximas reglas que se orientan al bien común.
Se trata de que todas las comunidades aporten por igual a la narración de la nación (H. Bhabha) donde todos la escriben, la narran y cuentan su historia. El reconocimiento y la integración son dos caras de una misma moneda. No se le puede pedir a una minoría, a una comunidad o a una diáspora que se integre si no se la reconoce.
Contra los prejuicios de una mal entendida política liberal de la integración que confunde integración con asimilación, se hace necesario proponer planteamientos alternativos hacia una real integración.
(Fotos: Pixabay)











