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El horrible matrimonio de Sylvia Plath y Ted Hughes

Saber lo que ocurre entre dos personas que conviven está plagado de dificultades de por sí, y cuando la pareja resulta ser Sylvia Plath y Ted Hughes, una relación que acabó con el suicidio de ella, el problema del conocimiento seguro llega a un callejón sin salida.

 

Sean Sheehan

 

No podemos salirnos de nuestra mediación; no podemos, por así decirlo, pararnos sobre nuestros propios hombros y diferenciar entre lo que vemos y lo que podría ser realmente el caso. Existe una limitación intrínseca derivada de estar atrapados en un horizonte de significado concreto, y en el caso de Plath y Hughes hay más de un horizonte.

Unas memorias de la escritora A. Alvarez, que conoció a Plath y fue una de las primeras en reconocer su talento poético, establecieron un punto de vista que se convirtió en familiar: Plath fue abandonada por un hombre sin corazón que la maltrató y traicionó.

«El placer de oír hablar mal de los muertos no es desdeñable, pero palidece ante el placer de oír hablar mal de los vivos», una lancinante observación de Janet Malcolm que es característica de su magnífico examen de las interpretaciones y juicios contradictorios que rodean a Plath y Hughes.

Ya han aparecido cinco biografías de Plath y Malcolm considera que «Bitter fame», de Anne Stevenson, es la mejor de todas, a pesar de la forma en que Ted Hughes y su hermana Olwyn la desvirtuaron para presentar su versión parcial de la verdad.

Para complicar las cosas está la propia «no-bondad» de Plath que aflora en sus poemas «Ariel» y en su novela «The bell jar» y, además, una serie de cartas publicadas por la señora Plath de Sylvia a su madre que hacían que la relación madre-hija pareciera parte de la tragedia de Plath. Siguió un torrente de opiniones y memorias y Plath se convirtió en objeto de diversas autopsias por parte de quienes la conocían o creían conocerla.

Sappho. Ernst Stückelberg (1831-1903). Creative Commons CC0 License. Public Domain.

Otro comentario de Malcolm da en el clavo: «Una de las condiciones desagradables pero necesarias impuestas a cualquiera que escriba sobre Sylvia Plath es el endurecimiento del corazón contra Ted Hughes». Es una bonita subestimación. Su destrucción de los cuadernos de Plath, escritos hasta tres días antes de su muerte, parece imperdonable y su justificación -no querer que sus hijos tuvieran que leerlos- poco convincente. Su deseo de publicar «The bell jar» en Estados Unidos, en contra de los deseos de la señora Plath, con el fin de generar dinero para comprar otra casa deja un mal sabor de boca. El hecho de que la mujer por la que traicionó a Plath se suicidara más tarde y matara al hijo que tuvieron es demasiado horrible para contemplarlo. Hughes resulta tan antipático que -aunque Malcolm no llega a afirmarlo- resulta desconcertante saber que el poeta Seamus Heaney pudo entablar amistad con él.

El penetrante libro de Malcolm plantea el problema de escribir sobre quienes son incapaces de cambiar la percepción que los demás tienen de ellos. Plath sigue siendo una gran poeta y Ted y Olwyn Hughes siguen siendo dos personas que la mayoría de nosotros no desearíamos conocer.

«La mujer silenciosa: Sylvia Plath & Ted Hughes», de Janet Malcolm, es publicado por Granta.

(Traducido por Monica del Pilar Uribe Marin)

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