Elizabeth Hardwick no utiliza clichés ni escribe con condescendencia. Tiene su propio estilo y si un supuesto ensayo de Hardwick resultara haber sido creado por la IA, probablemente la literatura habría llegado a un callejón sin salida.

Sean Sheehan
En «The art of the essay», la primera pieza de «The uncollected essays of Elizabeth Hardwick» se refiere a «la firma personal del solista que fluye a través del texto» y su propia voz muy distintiva se escucha en estos ensayos.
Nacida en 1916 en Lexington, Kentucky, creció con personas que «se imaginan a sí mismas sureñas, se imaginan a sí mismas blancas» en la cariñosa creencia de que ésta es una respuesta a la pregunta de quiénes son.
Ella los ve como los aztecas con su dios pájaro – «profecías que traían dolor incesante eran sin embargo un consuelo diario»- pero esto no agria sus recuerdos.
Su recuerdo del lugar roza la melancolía, en sintonía con la «música tranquila y triste de la humanidad» de Wordworth, imperturbable ante la banal mediocridad de la ciudad.
Maine era un lugar al que le gustaba escaparse, respondiendo a su lento despertar primaveral y encontrando «un remanente puritano en sus placeres»; aprende que «se puede esperar – y también se puede prescindir».
Hardwick se fija en la enigmática presencia que poseen determinados individuos: Faye Dunaway en la pantalla -piensa en Chinatown– «crea desasosiego, una dislocación de los sentimientos» por la forma en que la actriz atrae la atención a través de la negación: «Por lo que no es»: un rostro liso y plano; unos ojos que se resisten a la empatía del espectador; una voz que dice muy poco («muchos silencios, sombreros negros»); «que expresa una soledad insólita, antirromántica».
«The Émigré», un ensayo sobre las contribuciones a EE.UU. de los inmigrantes, fue escrito en 1983 y da un peso sombrío a su uso de la palabra «raro» en su frase final: «Lo que les ofrecimos y lo que recibimos a cambio se logró con un raro equilibrio histórico y humano».
Tres años más tarde, compone un desprecio visionario del racista sureño George Wallace: «Su retórica es astuta para comprender el resentimiento, pero no promete nada salvo el placer de ganar una pelea de bandas».
Entiende el atractivo del populismo, aprovechando las vidas descontentas e infelices: «Alguien tiene que responder por la falta de alegría».
Entiende el valor de la rutina y la repetición: sin ellas, cada nuevo día sería testigo de «una agotadora necesidad de descubrimiento y experimentación», y la mayoría de nosotros, supone, «no podríamos soportar levantarnos sin el suspiro de una bendita monotonía que nos lleve durante parte de cada hora».

Pero no cuando nos lleva a tener ideas fijas de nosotros mismos y de los que nos rodean. Pensar que ‘lo tenemos todo bien y colocado para siempre’ -dice alguien cuyo marido durante 23 años la abandonaría abruptamente por otra mujer- ‘es la muerte'». Hardwick no murió de un corazón roto y le sobrevivió 30 años.
«The uncollected essays of Elizabeth Hardwick», editado por Alex Andriesse, ha sido publicado por New York Review of Books.
(Traducido por Moncia del Pilar Uribe Marin) –











