Durante cinco años, entre las fronteras difusas del exilio y la paternidad, un hombre respira, con las palabras como su única arma. No es un héroe ni una víctima, solo alguien cuyo deseo honesto de decir la verdad lo arrancó de su hogar, su familia, su país. Esta es la historia del sufrimiento silencioso, de aquellos invisibles que, aun así, siguen en pie.

Rola Zamzameh*
A veces una sola frase puede alterar el curso de una vida. No porque sea peligrosa en sí misma, sino por dónde y cómo se dice—o se escribe. Para mí, no fue un grito, sino un susurro de verdad lo que selló mi destino.
En Irán, fui periodista independiente desde 1998. Mi mundo giraba en torno a las historias: de literatura, arte y cultura, de artistas que empujaban los límites, de cómo la sociedad intentaba respirar a través de la música y la poesía, incluso mientras el ambiente político y económico nos asfixiaba. Escribía con esperanza. Creía que al destacar el arte y la cultura, podíamos reflejar verdades más profundas—con suavidad, respeto, pero con honestidad.
Esa honestidad, finalmente, tuvo consecuencias. Desde 2000, fui miembro oficial de la Association of Iranian Journalists (AOIJ), un gremio sindical profesional e independiente dedicado a defender los derechos de los periodistas y la libertad de prensa en Irán. En 2004, también me uní a la International Federation of Journalists (IFJ), conectando mi trabajo a una red global más amplia de profesionales de los medios.

Pero este camino profesional fue pronto truncado por la política. En el verano de 2009, tras las protestas masivas por las disputadas elecciones presidenciales en Irán, el gobierno iraní clausuró por la fuerza la Asociación de Periodistas Iraníes.
Los medios estatales acusaron a la asociación de “incitar disturbios”, aunque nunca se siguió un proceso legal transparente. Al mismo tiempo, decenas de periódicos y revistas críticas fueron prohibidos o suspendidos, muchos bajo la influencia directa del líder supremo de Irán. El entorno periodístico se volvió rápidamente represivo. Muchos de mis colegas fueron arrestados, acosados o forzados al exilio. En cuanto a nosotros—miembros de la asociación—perdimos no solo nuestras carreras, sino también nuestra seguridad y nuestra patria. Para muchos, el exilio se convirtió en el único camino hacia la supervivencia—y escribir, en nuestra forma final de resistencia.
Uno de mis últimos reportajes publicados abordaba los mecanismos invisibles de la censura estatal en las instituciones culturales. Era mesurado, basado en pruebas, y no incendiario según todo estándar internacional. Pero en Irán, incluso las verdades calladas pueden resonar demasiado fuerte. Poco después, fui citado. No una vez. Varias veces. Las llamadas se volvieron más frías, las amenazas menos veladas. Fue cuando lo supe: tenía que desaparecer antes de que lo hicieran conmigo. Así que decidí emigrar.
Cuando recibí mi visa de estudiante para Bélgica, sentí que la única puerta del mundo se había entreabierto para mí. Ser aceptado en una universidad europea fue mi única oportunidad tras meses de esfuerzo, solicitudes y rechazos.
Pero no se trataba solo de estudiar. Se trataba de que mi familia se reuniera conmigo después de que yo llegara a Bélgica.
Esa mañana, todo olía a despedida.
El nudo en nuestras gargantas se había asentado la noche anterior, pero nadie se atrevía a hablar. Cuando abracé a mis hijas, el tiempo se detuvo. Una se aferró fuertemente a mi cuello; la otra susurró: “Baba, ¿cuándo volverás?” No tenía respuesta, solo un beso tembloroso en sus frentes y unas manos que se negaban a soltar.
Mi esposa no dijo nada. Ella no había elegido vivir sola. Todo lo que intercambiamos fueron miradas, miradas que decían más que cualquier palabra. Una mirada que intentaba comprimir años de anhelo en unos pocos segundos. Detrás de mí, mi madre y mis hermanas siguieron la tradición: derramaron agua en el suelo, un deseo simbólico de que mi camino fuera seguro, y quizás, de que volviera.
De camino al aeropuerto, el silencio llenó el coche. Seguía mirando por el retrovisor—viendo cómo toda mi vida quedaba atrás. Mi familia. Mi hogar. Haciéndose más pequeños, más pequeños. Esa imagen está grabada en mi memoria como una fotografía rota. No sabía entonces que esa despedida se alargaría durante cinco largos años. Cinco años sin verles. Cinco años conteniendo las lágrimas.
Cinco años extrañando los besos de buenas noches de mis hijas. Ese día, no fui fuerte. Solo fui un hombre que no podía dejar de llorar. Me fui. No por aventura. No por un nuevo comienzo. Sino simplemente para sobrevivir.
Cuando llegué a Bélgica, pude respirar un aire más libre, pero no era reconfortante. Estaba lleno de ansiedad. Solicité asilo casi de inmediato. En mi corazón, creía que cuanto antes entrara al proceso de asilo, antes podría reunirme con mi familia. Esperaba que las autoridades belgas comprendieran mi miedo, mi urgencia, mi anhelo.
Pero fue una esperanza falsa. Y, aun así, a pesar de todo, esa decisión fue tomada por amor—amor por mi familia, y la esperanza de que algún día, de alguna manera, pudiera abrazarlos nuevamente.
Solicité asilo creyendo que mi profesión, mis pruebas y mi miedo hablarían por sí solos. Me equivoqué. El sistema, como aprendí, no se rige por la empatía. Tres veces, mi solicitud fue rechazada. Las razones fueron vagas, a menudo burocráticas. “Riesgo personal insuficiente”, dijeron. Como si el exilio solo pudiera medirse en hematomas y balas, y no en la erosión de la voz, la dignidad y el sentido de pertenencia.
Cada rechazo me desgastaba. Perdí peso. Perdí sueño. Perdí años de la infancia de mis hijas. Ellas crecieron a través de las pantallas del teléfono. Me perdí cumpleaños, primeros días de escuela, incluso el cambio en sus voces. Mi hija menor una vez preguntó: “Baba, ¿alguna vez volveremos a estar en el mismo espacio?” No tuve respuesta.
Pero incluso en los momentos más grises, seguí escribiendo. Las palabras siempre han sido mi forma de resistir al olvido. Escribí ensayos, poemas, guiones para cortometrajes—la mayoría no publicados, pero todos profundamente vividos. Me recordaban que aún existía, aunque el mundo a mi alrededor fingiera que no.
A lo largo de todos estos años de exilio e incertidumbre, la única persona cuyo consuelo realmente tocó mi corazón fue el maestro Javad Alizadeh, editor en jefe de la revista mensual Humor & Caricature y uno de los caricaturistas más renombrados de Irán. Trabajé con su revista durante casi veinte años, y a pesar de cargar con sus propios dolores, fue el único que me ofreció constantemente un aliento genuino. Así como sus obras acompañan ahora esta historia, siempre me han acompañado—como aliados silenciosos en cada lucha.
Puede parecer increíble, pero cada vez que probaba una comida deliciosa, disfrutaba una bebida refrescante, veía un paisaje hermoso o respiraba aire puro, sentía una punzada de culpa. Porque mi amor y mis hijas no estaban allí conmigo.
Ni siquiera las celebraciones me traían alegría real, ni el Año Nuevo, ni mi cumpleaños, ni ninguna otra festividad.
Pero para mantener viva la llama del periodismo dentro de mí, comencé a escribir de nuevo, voluntariamente.
Escribí ensayos, reportajes y reflexiones con la esperanza de que algún día pudiera volver a trabajar en un medio libre e independiente, donde el periodismo no fuera solo parte de quien soy, sino mi única y verdadera profesión nuevamente.
Ahora, después de cinco años en el limbo, lo intento otra vez. Una nueva solicitud de asilo. Una nueva oportunidad. Porque no soy solo un inmigrante. Soy un padre, un escritor, un hombre que amó lo suficiente a su país como para decir la verdad, y fue castigado por ello.
Y si algún día, en algún lugar, puedo abrazar de nuevo a mis hijas—no a través de la pantalla de un teléfono móvil, sino en mis brazos—entonces cada palabra que he escrito habrá valido la pena. Hoy, aún conservo la esperanza.
*Rola Zamzameh: periodista sénior en la Comisión Europea y el Parlamento Europeo.
(Traducido por Camila Márquez) – Fotos e imágenes proporcionadas por el entrevistado y autorizadas para su libre publicación en The Prisma sin restricción de derechos de autor.
Algunas caricaturas de Rola Zamzameh:














