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Series The Prisma: Fascismo, ¿otra palabra para «represión»?

El término «fascista» suele utilizarse erróneamente para etiquetar a cualquier persona con opiniones de derechas, incluidas figuras como Emmanuel Macron, Donald Trump, Narendra Modi, Giorgia Meloni y Recep Erdogan. Definir claramente el fascismo es crucial; no podemos combatir eficazmente a un enemigo que no podemos reconocer.

 

 Yonatan Mosquera

 

Para derrotar al fascismo, primero hay que entender qué es realmente.

El término «fascismo» se originó en Italia en la década de 1920, pero el régimen de Mussolini no fue el primer gobierno represivo de la historia. Las sociedades humanas se han enfrentado a gobernantes opresores durante milenios; de hecho, la participación del pueblo en la política es un hecho muy novedoso, ya que el absolutismo fue la norma durante gran parte de la historia. Si definimos el fascismo simplemente como «represión», podríamos llegar a la conclusión errónea de que todos los gobiernos desde la antigua Sumeria, hace unos 6.000 años, comparten rasgos fascistas, y que Mussolini se limitó a ponerles nombre.

Esta conclusión, sin embargo, nos dejaría mal equipados para combatir el fascismo como una forma específica y moderna de represión, y representa un error crítico que pagarían con sangre las masas populares.

Entonces, ¿qué condiciones únicas de principios del siglo XX permitieron el florecimiento del fascismo que antes no existían? El cambio clave fue el aumento de la participación política de las masas. Aunque el derecho al voto seguía estando restringido en gran medida a los hombres y el rey italiano mantenía cierto grado de autoridad ejecutiva, los sindicatos empezaron a tomar forma en 1906, junto con la creación de partidos políticos en 1895.

En toda Europa se observan pautas similares. La democracia, aunque limitada, empezó a arraigar, introduciendo el nuevo concepto de que «el pueblo» podía tener voz en el gobierno de su sociedad.

Cuando no hay democracia, no hace falta el fascismo

Por primera vez, los gobernantes se vieron en la necesidad de tener en cuenta las opiniones y emociones de las masas. Antes de este cambio, las figuras autoritarias podían gobernar a través de sistemas elitistas como las monarquías constitucionales, las monarquías absolutas o los pseudoparlamentos accesibles sólo a los ricos. Las nuevas instituciones democráticas surgieron como herramientas para las clases dominantes, ayudándoles a mantener cierta estabilidad dentro de sus regímenes, al tiempo que actuaban como medio para calibrar el sentimiento público y ocultar la naturaleza subyacente de un Estado burgués que, independientemente de su fachada democrática, apoya intrínsecamente la supremacía de los intereses capitalistas.

El fascismo surgió cuando estas instituciones democráticas ya no pudieron enmascarar la verdadera naturaleza del Estado burgués ni convencer a la población de la «estabilidad» del statu quo. Las secuelas de la Primera Guerra Mundial y la devastadora crisis de la producción capitalista que la siguió obligaron a la clase dominante a actuar sin piedad.

Necesitaban exprimir los bolsillos de las clases trabajadoras y campesinas para mitigar sus crisis y prepararse para futuras guerras impulsadas por la competencia imperialista. Este cambio condujo a la exigencia de un control total sobre las masas; las instituciones democráticas se convirtieron en un obstáculo.

La «Era de la multitud», promovida por Gustave Le Bon, que influyó enormemente en Mussolini, se convirtió en un concepto relevante.

Para destruir la capacidad de las masas de resistir a los déspotas, ahora era necesario tener en cuenta «la multitud», la capacidad de pensar y actuar como un colectivo. Este era el nuevo problema, al que nunca se habían enfrentado los tiranos de épocas anteriores.

Destruir el alma de la multitud

Para explotar brutalmente el trabajo de campesinos y obreros en este paisaje democrático emergente, la mera represión de sus instituciones resultó insuficiente. Se hizo necesario disminuir su espíritu colectivo y sustituir las instituciones tradicionales por un modelo de «corporativismo», que Mussolini definió como «una alianza entre los trabajadores y la empresa bajo la dirección del Estado fascista». Esto requería no sólo la alteración, sino el vaciamiento de la esencia interna del pueblo, entregando todo el poder de las masas a las clases capitalistas y terratenientes. «El fascismo concibe el Estado como una entidad absoluta; todo individuo se define en relación con él».

Un régimen fascista se hace viable bajo dos condiciones críticas. En primer lugar, las masas participan activamente en la vida política a través de estructuras como partidos y sindicatos, acompañadas de una apariencia de democracia. En segundo lugar, esta democracia -inicialmente pensada para gestionar las luchas de clases en nombre de las clases dominantes- deja de ser una herramienta fiable para que los que están en el poder engañen a la población trabajadora.

¿Qué clase social está llamada por la historia a liderar la lucha para establecer este nuevo Estado? ¿Cómo reaccionan al principio las clases dominantes tradicionales ante la «revolución» fascista? ¿Por qué Mussolini procedía del Partido Socialista y por qué el partido de Hitler se llamaba «Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores»? Trataremos estas cuestiones en el próximo artículo, «El fascismo, una revolución plebeya».

(Traducido por Camila Márquez) – Fotos: Pixabay y Pexels

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